La patota (o el folletín de la obcecada Paulina)

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Quien esto escribe lo hizo por invitación de Alejandra Portela para Leedor.

Con rubros técnicos impecables, los códigos cinematográficos no logran que esta remake del guión de Eduardo Borrás filmado por Tinayre en 1960, traiga alguna novedad de importancia. Más allá de los juegos temporales que son un truco para distraer al espectador, la historia carece de atractivos. Cualquier noticia de policía, de ésas que pueblan la radio, la TV, los diarios e Internet, consigue mayor cantidad de escalofríos. Porque violaciones, femicidios y demás asesinatos son hoy moneda corriente.

La conversación entre la abogada Paulina y su padre, el juez que según ella es cínico y nada progre que inicia la película, define al personaje central y a lo que resta del metraje, un metraje en el que las peripecias se reiteran demasiado. Es curioso que el personaje central tenga la misma expresión desde que aparece en pantalla y hasta el final. Si está marcada de este modo o es un problema de la actriz lo sabrán quienes hicieron la película.

Podría haberse logrado un melodrama pero el relato nada hace por lograrlo. Siguiendo a Peter Brooks en The Melodramatic Imagination, nos encontramos ante un folletín donde no hay grises ni contradicciones. Todos parecen estar seguros de lo que quieren, como en un teleteatro de buena puesta y, por supuesto, sin la escena de la violación –aunque Armando Bó sabía hacerlas mejor-..

Decidida a un apostolado que carece de motivaciones, como no busquemos alguna en el enfrentamiento con una figura paterna rígida, la tal Paulina se va a enseñar a los bilingües adolescentes del interior de Misiones, algo así como difusas clases de ciencias políticas. Ella renuncia a la pompa y al boato y se entrega a una vocación que nadie le envidia. Sostiene que los políticos sirven a los ciudadanos. Se escuchan risas en la platea y también en el aula.

El guión de Mariano Llinás necesita convertir este folletín en un alegato político sin darse cuenta de que los sectores bajos de la población quedan como depredadores de los más acomodados. No se puede acusar a quien filmara aquellas fábulas sobre Villa Ocampo de entender una realidad ligeramente compleja. Se habla demasiado y se dice muy poco. Es difícil sacarse la careta en el mundo del espectáculo.

Paulina afirma no sufrir del síndrome de Estocolmo aunque tal vez experimente la psicosis de Oslo: se va al interior de la provincia, es abandonada por su novio luego de la violación, no acusa a los culpables. Una colega insiste en que les tiene lástima. Y es posible que esto ocurra y que se busque la complicidad de la audiencia. Es sabido que estos habitantes bilingües son peligrosos, en especial de noche.

La enorme cantidad de productoras que pusieron el dinero para que Santiago Mitre obedeciera a Llinás se llevarán un chasco a la hora del reparto de divisas. Hasta el momento sólo han logrado cubrir los costos y no se cree prudente realizar ninguna afirmación sobre el futuro económico del producto, a no ser que la plata venga de la venta a la televisión europea.

Nada impedirá que se la confunda con un alegato feminista y que sea candidata a premios varios, tanto locales como extranjeros. La Academia de Hollywood aguarda ansiosa esta muestra indígena. Telón