The Look of Silence

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Después de ganar la Beca MacArthur, Joshua Oppenheimer estreno The Look Of Silence, un documental que trabaja con las mismas fuentes que su maestra The Act Of Killing, donde puso a actuar a los perpetradores de los crímenes, en los años 60 en Indonesia, una brigada paramilitar, en lo que fue una autentica cacería de comunistas. En el nuevo documental, la historia es descubierta desde otro punto de vista, el de Adi, un optometrista que viaja por sus tierras visitando a algunos ancianos que necesitan atención. Algunos de estos son los envejecidos asesinos de su hermano, que Adi conoce a través de las filmaciones que hizo Oppenheimer con ellos, relatando sus crímenes, haciendo una dramatización[1], como se ve en el primer documental. Recorren detalle por detalle, sin arrepentimientos, sobre como torturaron y dieron muerte.

La misión de Oppenheimer en Indonesia no es mesiánica, no es la figura del hombre-blanco-salvador, tampoco una búsqueda por redención, aunque nos haga pensar en ella, y es porque mira al Mal en el hombre de la misma manera en que Werner Herzog ve en los osos salvajes de Grizzly Man, la misma mirada que clavó el oso asesino a Timothy Treadwell, “sin parentescos, sin entendimiento, sin piedad. Solo veo la abrumadora indiferencia de la naturaleza”. The Act of Killing fue la historia contada por los osos.

En la literatura y las películas acerca de la segunda guerra mundial se recorre por las ruinas de Europa, en The Look of Silence, Oppenheimer, en cambio, recorre junto a Adi una tierra prístina, un espacio donde el tiempo no pasa como una forma de presente sino como una encarnación falseada del pasado, que, como su contemporaneidad es impenetrable, no puede ser borrada porque todavía no ha terminado. Los nativos sobrevivientes no pueden salir de ahí porque donde encuentran es un estado mental de negación. Es un lugar con gente vieja y memorias quietas, no por el orden mitológico, sino a causa de una violencia fundacional y la postergación de la verdad. Oppenheimer filma con un inquietante sentido de composición que sería descuidado llamar belleza sin sentir el poder de una callada devastación en su inmaculada geografía. Fue el sitio de atrocidades, como las dramatizadas por los propios perpetradores en The Act of Killing, pero una de ellas, quizás la última, sea no hablar sobre eso.

Uno de los elementos más llamativos y evocativos de este trabajo es que no se trata de una búsqueda de la verdad a través de la recolección de hechos, porque estos ya son conocidos. Lo que Adi intenta conseguir en sus entrevistas es el reconocimiento de lo que paso, ni siquiera les pide que se arrepientan, y esta es una diferencia crucial entre el ideal de verdad y la realidad del consenso, conformidad, legitimidad y poder. “Que es la verdad, sino una mentira que todos acordamos” escribió Nietzsche, o en su versión retroactiva, expresada por Bob Dylan, “toda la verdad del mundo se agrega en una gran mentira”. En la práctica diaria, como escribió el psicólogo Daniel Kahneman, la familiaridad no es fácilmente distinguible de la verdad. Aseguran no saber o no recordar “quien mato a los comunistas”, como si las teorías o las interpretaciones no fueran una opción para hablar sobre lo que sucedió.

Mientras que el tiempo hacia delante es sustituible y agotable por definición, el silencio puede ser un arma coercitiva de la autoridad para detenerlo, que no solo hace daño por lo no-dicho sino porque el consentimiento de la sociedad que lo legitima ha constituido un nuevo orden en el que todos se hacen con una parte de la culpa -por ocultamiento-, de manera que el castigo y la justicia no pueden encontrar forma en ninguno de sus miembros. Pero la vida útil del pasado es eterna –ya que en la represión de su memoria es irredimible-; el futuro se convierte en la negación de la transitoriedad del presente, que en sí mismo no es posible porque la negación de su pasado es su propia muerte. El espacio puro e intemporal del paisaje no revela las impresiones en la memoria lesionada de sus habitantes, el arruinamiento se deja ver en los cuerpos de los ancianos padres de Adi, en la forma de la naturaleza, cuando la vejez es un castigo a la longevidad. Ambos tienen más de cien años, aunque el padre reconoce tener entre 15 o 16 años y no puede explicar cómo su hijo está en los 40. “Uno se puede hacer adicto a contar los cumpleaños”, dice la madre. Sobre el anciano, Oppenheimer exhibe una de las más dolorosas escenas del cine, llena de desesperación y pérdida, una oscura e inhumana imagen sobre un hombre viejo extraviado en su propio cuerpo y desorientado en su hogar.

[1] El director insiste en que las escenas escritas, actuadas y dirigidas por los homicidas en The Act of Killing deben ser llamadas “dramatizaciones”, ya que son las fantasías presentes que estos hombres se cuentan a sí mismos para poder vivir con sus actos, de forma que llamarlas “recreaciones” de los eventos como sucedieron sería una imprecisión.