La Patria de las mujeres, Elsa Drucaroff

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La Patria de las Mujeres. Una historia de espías en la Salta de Güemes. Elsa Drucaroff.
Editorial Marea. 265 páginas. 2014

Se trata de una novela histórica con rasgos del relato policial a la que no le falta romanticismo. A partir de la relación amorosa entre una joven casadera de la clase dominante —Mariana Molina Inhierza— y el mestizo Gabriel Mamani, Elsa Drucaroff recrea con rigor histórico la Salta de 1814, donde un grupo de mujeres espías —“bomberas”— busca recaudar información para el comandante Güemes, caudillo al mando de la guerrilla contra el ejército realista.

Damas de la alta sociedad, niñas casaderas, negras esclavas e indias encarnan diferentes intereses por los que participar en la guerra de la independencia. Benita se alía a su ama en pos de una patria en la que pueda liberarse de su condición de esclava. Mariana, en cambio, lucha por construir un lugar en el que le permitan elegir su hogar. Por su parte, Loreto Sánchez de Peón de Frías, jefa de las bomberas, defiende la idea de una patria en la “que todos pudieran crecer con la misma dignidad”.
Pero el programa patriótico independentista no tenía ninguno de estos objetivos.

Y, Mariana, la “pecadora” capaz de dejar su castidad en manos del mestizo Gabriel, luego de las extorsiones del fray Hernando, sabe que a la patria por la que lucha “no le importa la injusticia por la que está pasando”.
Mientras tanto, la heroína revolucionaria de la historia, doña Loreto, lucha para el bando que heredó de su marido, que está en la guerra junto con uno de sus hijos. Paradójicamente, en su caso, defender la patria es defender su hogar.

La novela es un tablero en donde se mueven actores sociales que ponen a jugar intereses y perspectivas sobre el concepto de patria: la idea revolucionaria se enfrenta con la tradicional —“la guerra es asunto de hombres”, se justificará Javiera Molina y Gallo al responder que no colaborará con las bomberas, “el hogar es la patria de la mujer” —; la perspectiva del blanco se opone a la del indio —en boca de Gabriel Mamani, al que no le importa la guerra, pues “tanto criollos como españoles pelean por una tierra que no les pertenece”—.

Pero, además, es un paisaje de la guerra de la independencia hecho a trazos poéticos, donde las violaciones de soldados a indias conviven con el erotismo de una primera vez entre un mestizo y una niña de alta alcurnia, sobre la humedad de la hierba.

Escuchamos pensar a cada uno de los personajes, y nos reímos cuando la negra Benita se fastidia de la rigidez de los cuerpos de los indios al bailar, o cuando la india Juana se queja de cómo habla la negra Benita; y se nos retuerce el hígado con las elucubraciones de fray Hernando.

“¿Cuál es la patria que debe fundar una mujer?”, merodea en la cabeza de las protagonistas de la novela y resuena en la nuestra: ahora más que antes, como un plan de acción que hace de la utopía, una meta cada vez menos distante.