Leopardi, el joven fabuloso

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Un día despues de finalizada la intensa semana dedicada al cine italiano se estrenó en Buenos Aires un verdadero tanque (si puede llamarse asi) del cine italiano con credenciales nada desdeñables: compitió en selección oficial en Venecia y viene de romper la taquilla en Italia. El film de Mario Martone Leopardi, el joven fabuloso tiene una serie de componentes que lo hacen sin duda candidato al éxito: un famoso personaje literario del siglo XIX con deficiencia física y denso mundo espiritual, los paisajes de las ciudades italianas trasladados con una cuidada fotografía, sin termerle a la bruma, a los cielos brillantes ni a alguna escena surreal donde la naturaleza toma la forma de una gigantesca mujer de barro.

Leopardi, el joven fabuloso, es una película digna de verse, producida en un país subsumido en una larga historia de corrupción política pero que parece pedir a gritos desde sus productos culturales un recordatorio a mostrarse como la cuna del clasicismo (aún estando bien avanzado este siglo XXI): Giacomo Leopardi, el poeta, se debate precisamente entre esa pertenencia a la tradición romana, florentina, y napolitana mas tarde, haciendo notar que todas ellas son diferentes y que su educación en la bella ciudad de Recanati (Martone filma momentos subyugantes en la biblioteca de la familia Leopardi, hoy casa-museo) fue poco más que un encarcelamiento. Martone lo confirma: “Hacer hoy una película de época probablemente se trate necesitar analizar un país enfermo, para buscar las causas, como si fueraun viaje de regreso a reconocer los traumas para tratar de curarlos”.

Precisamente entre el neoclasicismo de fin del siglo XVIII (simbolizado en la relación del padre) y el romanticismo de principios del XIX (simbolizado en la relación con su amigo Antonio Ranieri, representante de la salud y la belleza nunca alcanzada) Leopardi construye una literatura de transición hacia la modernidad. Atravesado también por los debates entre la tradición religiosa y las ideas revolucionarias que asoman a comienzos del siglo, suficientemente anotadas por el guión hecho en colaboración con Ippolita Di Majo, esposa del director que germina en la puesta en escena del teatro de los Cuentos Morales de Leopardi

Martone aparece en Leopardi… como un obediente cineasta institucionalizado. Antes que romper la estructura fílmica o la imagen misma, elige una estética segura: una composición canónica que prevalece, y la belleza de la fotografía con muchos momentos de claroscuros que imponen las velas en la noche o el reflejo de la luna. En ese sentido es un film convencional que además se relata en tiempo que sigue linealmente desde la infancia de Giacomo y sus estancias sucesivas en las ciudades que mencionamos, con momentos clave como la relación epistolar con el poeta Pietro Giordani, primero al que le confiesa su “desmesurado e insolente deseo de gloria”, la discusión con sus pares y la defensa acérrima de sus versos excesivamente melancólicos.

Leopardi no es Caravaggio, claro. Si Derek Jarman se atrevía a algunas sugestivas intervenciones de pastiche postmoderno en aquella version de la vida del pintor barroco, Martone estrecha los lazos entre la época que pinta y la época en la que la realiza.

En definitiva: el cine de Hollywood también está en Italia y tal vez Martone sea uno de sus más fieles representantes.