Sylvia Plath y la generación silenciosa

0
44

From the bottom of a pool, fixed stars Govern a life.

Nacida en Boston en 1932 y muerta en Londres en 1963, la poeta y narradora norteamericana recibió el Pulitzer en 1982. Tarde pero seguro. Su fama había alcanzado tal proporción que hasta Hollywood se interesó por su accidentada vida y filmaron algo llamado Sylvia (Christine Jiffs-2003). Naturalmente, una banalidad mayúscula. Pero esta mujer, a quien le dolía no ser perfecta, es prácticamente inasible. Casada en 1956 con el poeta inglés Ted Hughes, de quien tuvo dos hijos, jugó a ser perfecta.

Educada primeramente en el Smith College, una institución para mujeres, formó parte de aquella generación silenciosa de mujeres que en los años 50 no tenían otro destino que un casamiento ventajoso. Crecieron escuchando las noticias sobre la Segunda Guerra Mundial y se sumergieron luego en la Guerra Fría sin emitir sonido alguno. Tal vez sea muy arriesgado decir que ni ella ni sus compañeras tenían idea del contexto y que ni siquiera les importaba.

Ahí tenemos a Plath posando incluso como modelo luego de haber frecuentado una clínica psiquiátrica post intento de suicidio a los veinte años. Necesitaba ser perfecta. Y en Harvard conoció a Ted Hughes, poeta inglés de primer orden con quien se iría a vivir a Londres. Hughes la abandonaría por Assia Weill (1927-1969). Las dos mujeres terminaría suicidándose del mismo modo: con la cabeza en el horno. La diferencia reside en que Plath no mató a sus hijos, tal como Weill hizo con la suya –posiblemente hija de Hughes-.

La larga historia de horror culminaría con otro suicidio: el de Nicholas Hughes Plath en 2009, luego de haberse desempeñado como catedrático universitario en Alaska. La sobreviviente es Frieda Hughes Plath (nacida en 1960), que en 2014 a través Faber and Faber publicó una colección de dibujos de su madre. Y, por supuesto, la mujer con quien Ted pasó los últimos veinte años de su vida, concluida en Londres por cáncer a los 69 años, en 1998: Carol Orchard.

OH, FUCKING FIFTIES

El epíteto corresponde a alguien, lector del imdb, con respecto a la película Sylvia. Luego lo borraron. Suponemos que este impaciente se refería a una época en la que las adolescentes tenían modelos tales como Grace Kelly. El feminismo de los años 60 la emprendió contra Ted Hughes y hubo quien llegó a afirmar que Plath no se hubiera suicidado de haber pertenecido a ese movimiento. Sin embargo, en The Bell Jar/La campana de cristal, Esther Greenwood, que no es otra que la propia Plath en esta novela autobiográfica, admite que desde la muerte de su padre jamás había vuelto a ser feliz. Sobrevienen entonces las explicaciones psicologistas sobre el abandono paterno. En síntesis, se buscan culpables y razones de cierta lógica para explicar lo inexplicable. Nadie saber por qué alguien se suicida, aunque no tenga un centavo y se encuentre con dos hijos pequeños. Es probable que Plath haya querido librarse de todo, en especial de su propia frustración: lo había conseguido todo y encontraba que ese todo no significaba nada para ella. Había creído en lo que practicaban las mujeres de la generación silenciosa –o silenciada- y se dio cuenta tarde del error.
Poco antes del desenlace, había escrito a su madre Aurelia desde Londres: “Todas las mañanas, cuando los somníferos dejan de hacer efecto, me levanto a las cinco y me instalo en mi estudio, escribiendo como una loca. Consigo un poema diario antes del desayuno. Son poemas para un libro. Hermosos. Siento que la vida doméstica me ahoga”.

I inhabit
The wax image of myself, a doll´s body.
Sickness begins here.

Hay quienes transitan el difícil sendero de la adolescencia y logran atravesarlo. Otros no pueden y, si son plenamente conscientes, intentan el suicidio. Plath lo hizo por vez primera a los 20 años y fue a parar a una clínica. Se la creía recuperada –para qué no se sabe- y tuvo varios escarceos sexuales no siempre agradables. No carecía de audacia, pero era una audacia inútil que ocultaba su verdadero deseo: la escritura. Los poetas, especialmente los poetas, no pueden dejar el vicio absurdo del que hablaba Cesare Pavese.

THE GOLDEN CAGE

Encerrados en una celda dorada, algunos poetas se adueñan de la lógica, de la música y de la matemática del lenguaje. Plath no fue una excepción: prisionera de si misma, vendió la imagen de la muchacha que lo había conseguido todo. Nada menos que en los años 50. Luego de su muerte, hubo quejas por la manera en que su viudo compaginó su obra poética y continuó viviendo en medio del escándalo mientras criaba sus dos hijos con la segunda mujer con la que se casó. No se atrevió a decirle a Nicholas cómo había muerto su madre hasta que el niño se transformó en adolescente.

Ya a punto de morir, entregó a Carol las Birthday Letters que intentaban un exorcismo: ahuyentar el fantasma de Sylvia. En Last Letter escribe:

What happened that night? Your final night
Double, treble exposure
Over everything. Late afternoon. Friday.
My last sight of you alive.

Durante treinta años Sylvia había convivido con Ted aún luego de muerta. Nadie pudo iluminar aquella relación. Las explicaciones sobre Plath y su personalidad resultan superfluas cuando no risibles. Sencillamente, no pudo aprender las reglas de una sociedad en un álgido momento de su historia: el asesinato de un presidente, el suicidio callado de otro escritor, la dudosa muerte un símbolo sexy. Aunque residía en Londres, no podía desconocer lo que ocurría en su país de origen. Tal vez desconociera las presiones a que era sometida su frágil personalidad. El abandono, la huida de Hughes, la vida cotidiana y su incapacidad para lidiar con ella se encargaron del resto.

Las explicaciones que quieren ver la ruptura con Hughes como la repetición de la primera muerte, la de su padre, han sido ya lo suficientemente explotadas.

the wind
Pours by like destiny, bending
Everything in one direction.

Su propia realidad la devoró y, en este aspecto, Plath había tenido en Hughes un aliado que le permitía un cierto autocontrol. ¿De qué se libró con el suicidio? De si misma. Rompió la jaula dorada y se hizo pedazos contra aquellas estrellas fijas que habían gobernado su vida.