Preciado Cyborg

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El año pasado, mi colega y amiga Kekena Corvalán, en una breve pero sustanciosa charla de pasillo de una institución académica, me comentó acerca de un libro de una tal (en aquel momento) Beatriz Preciado, que llevaba por título “Testo Yonki”. – No tengo ni idea, le advertí, pero me contagió su entusiasmo. Me dijo que me lo traía, que lo fotocopiara y que se lo devolviera en una semana. Acepté con gusto. Cuando me lo trajo, andaba medio corto de plata y no podía fotocopiarlo; por lo tanto me puse a leerlo; tal vez lo terminaba antes del plazo o negociaba una breve prórroga.

Me lo devoré en una semana. 300 páginas a todo vapor. El libro es vertiginoso y en ese vértigo me encontré surfeando literatura, sociología, filosofía y militancia. Pasé por todos los estados posibles de un lector: conmoción, enojo, alegría, concordia, empatía. La encontré anarka, sectaria, burguesa, comunista, pre, pos y mod. Una escritura con la potencia de una avalancha; un combate por el título; vuela como mariposa y pica como avispa. Un texto completamente yonqui, porque cuando lo terminás, te visita el mono. Te deja manija y querés más.

Todo gira (y claramente gira) alrededor de la industria farmacológica y la pornográfica. Acerca del crecimiento exponencial que tuvieron luego de la segunda guerra mundial y de la necesidad que tiene el capitalismo tardío de anestesiar y adormecer, utilizando su medio predilecto, el consumo. La crítica a las taxonomías morales rígidas, sobre todo aquellas con que se intenta cristalizar al género, se respira en todo el libro. Y la denuncia sobre la explotación a la que están sometidas, tanto las amas de casa como los/las trabajador@s sexuales. Último reducto de una esclavitud prácticamente legal, en un mundo tecnológico y postcapitalista. El próximo 6 de junio, por cierto, Paul Preciado, como quiere llamarse ahora, visitará Buenos Aires y dará una conferencia en el MALBA que, se espera, sea pasión de multitudes diferenciadas.

Una de las ideas centrales de su texto es la de cyborg. Tomando como referencia el “Manifiesto Cyborg” de Donna Haraway, Preciado hace su apuesta y en ella involucra a su propio cuerpo y no de manera metafórica.

Un cyborg es un híbrido de organismo vivo y máquina. Pero un cyborg no es un personaje de ficción. La humanidad es, a esta altura de los acontecimientos, toda ella un gran cyborg. Vivimos un quiebre tecnológico del dualismo cartesiano. No hay fronteras claras entre la mente y el cuerpo, entre lo material y lo ideal (¿que es un byte?), más clara aún es la confusión entre lo público y lo privado. Este manifiesto, redundantemente del año 1984, prefiguró la cyberrealidad en la que vivimos, ya entrados en el siglo XXI.

El quiebre de las identidades es perceptible con toda claridad en el uso que se hace de las redes sociales (Facebook, Twitter, etc.). No sabemos (la barrera sigue siendo la prueba de Turing) si quienes se comunican con nosotros son humanos o bots, adultos, niños, ancianos o un colectivo social. Cualquiera puede tomar la identidad que quiera y no únicamente como una forma de practicar la maldad; puede ser incluso una experiencia liberadora.

El malentedido cibernético puede comprenderse mirando a su definición laxa: estudio del control. En su significación más profunda el control encierra en sí mismo al descontrol, es condición necesaria de su propia existencia. El caos y el orden, como un espejo de una oposición binaria estructuralista, también nos constituyen como humanos. Todos somos Jekyll y Mr. Hyde, aunque a veces nos comportamos como Utterson.

Los organismos cybernéticos, por su propia naturaleza, se corrigen. Su corrección puede amplificar el error o ajustarlo. Ya convivimos con gente que por diferentes tipos de problemas, se encuentran con sus cuerpos paralizados. El caso de Jan Sheuermann es alucinante. Ella está cuadrapléjica, pero con la ayuda de la Escuela de Medicina de la Universidad de Pittsburgh logró mover con su pensamiento un brazo robótico que le permite tomar cosas, como por ejemplo comidas. Las señales eléctricas que envían las neuronas, cuando se piensa algo, son decodificadas y transmitidas a una computadora que acciona el robot. Si bien todavía es un prototipo experimental, marca el camino del futuro en cuanto organismos cyborgs cada vez más sofisticados.

En consonancia con lo dicho, podemos afirmar que no toda tecnología es liberadora. Mr Hyde acecha y actúa. Los drones son el nuevo demonio en las guerras del siglo XXI. Extensiones de soldados encerrados que señalan con precisión los objetivos; instantes después una bomba cae en el lugar exacto. Otros, directamente, atacan con fiereza, son las extensiones mortales de los soldados invisibles.

Ya todos somos cyborgs, con lo malo y con lo bueno. El mundo es ya un mega cyborg. Paul es un cyborg. Un Preciado Cyborg.