Las obras de arte como mercancías del siglo XXI

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¿Por qué hay obras de arte que se venden por cifras millonarias? ¿Las crisis económicas afectan el mercado del arte igual que otros sectores? ¿Quiénes legitiman la construcción de precios sobre las producciones artísticas? ¿Existe relación entre el valor de compra y el estético? El curador Rodrigo Alonso, el coleccionista Ignacio Liprandi y la galerista Orly Benzacar reflexionan acerca de las obras de arte como mercancías del siglo XXI.

A días de la inauguración de una nueva edición de arteBA –del 4 al 7 de junio, en el Predio de La Rural–, la ya clásica feria de arte porteña pone de manifiesto no solo un panorama de la producción artística contemporánea, sino también los reveses del mercado del arte, poniendo en circulación obras, galeristas, coleccionistas y compradores de todas partes del mundo.

A principios de mayo de este año, Las mujeres de Alger, obra realizada por Picasso en 1955, se vendió por casi 180 millones de dólares en una subasta en Nueva York, la cual superó la venta del tríptico Tres estudios de Lucian Freud, de Francis Bacon, que se adquirió por 142 millones. Con aquella cifra multimillonaria, la obra de Picasso se convirtió en la más cara de la historia. Anteriormente, tuvieron lugar otras operaciones con obras de Munch, Cezanne, Warhol, Koons, entre otros artistas, que también alcanzaron precios astronómicos. Todas estas se concretaron luego de la crisis económica europea y norteamericana de 2008.

En este sentido, muchos comenzaron a preguntarse si el quiebre financiero y la incertidumbre del futuro de la economía afecta el mercado internacional del arte como sucede con cualquier otro tipo de mercado. Guillaume Cerutti, director ejecutivo de la empresa de subastas Sotheby’s en Francia, expresó que la crisis económica no afecta de la misma forma todos los mercados, ya que, en el campo del arte, se trata de “un mercado en el que solo hay individuos, coleccionistas, objetos particulares”. Cerutti explicó: “Frente a una crisis, las obras maestras, los grandes cuadros no están demasiado tocados por esta. Incluso se buscan más que antes. Hay un impacto diferente en función de la calidad y la importancia del objeto”. El curador de arte argentino Rodrigo Alonso opinó que “las crisis económicas afectan el mercado del arte como cualquier otro, pero de una forma contradictoria: en lugar de caer, parece repuntar”. Y señaló: “Alguien que necesita dinero se desprende de obras importantes que se venden a buen precio. Esto sucede en todas las crisis: algunos pierden y otros ganan. Las obras de arte, con el tiempo, son buenas inversiones. Sobre todo, si uno las sabe elegir”.

Entonces, ¿se puede afirmar que el arte funciona como refugio de valor? Alonso disparó: “El capitalismo incide en cualquier ámbito de nuestra sociedad, incluso en los estéticos. Hay artistas que aumentan su valor y otros que lo disminuyen. Como en cualquier transacción hay que saber un poco (o bastante). Si se toma la decisión correcta, el arte puede ser una buena inversión”. Por su parte, el coleccionista y galerista argentino Ignacio Liprandi destacó que “el arte es un refugio de valor, siempre y cuando el coleccionista no tenga necesidades de liquidez que lo lleven a vender de forma apresurada. Pero, históricamente, el arte ha tenido las mayores tasas de retorno de cualquier inversión”. A su vez, y a pesar de cualquier tipo de negocio sobre las creaciones artísticas y de considerarlas –o no– un refugio de valor, Liprandi clarificó que el carácter de mercancía de la obra de arte no le quita el atractivo artístico que posee, en oposición a lo que algunos –quizá erróneamente– suponen sobre la relación entre el precio y el valor estético a la hora de la inversión. Sobre esto, ejemplificó: “Ya en los años 60, Warhol entendió muy claramente el funcionamiento del sistema de circulación de la obra de arte y convirtió eso en parte de su propuesta artística. Poco años después, Joseph Beuys llegó a conclusiones similares”. Según el galerista, aquella interacción nunca se circunscribe solamente a una simple operación económica.

Otras de las preguntas que surgen, sobre todo a partir de las subastas, es por qué algunas obras llegan, entonces, a venderse por cifras superinfladas. Orly Benzacar, directora de la prestigiosa galería de arte Ruth Benzacar –a punto de cumplir cincuenta años de trayectoria en la escena artística argentina– hace hincapié en que este tipo de operaciones tiene lugar porque el mercado del arte es el menos regulado: las obras de arte no son piezas manufacturadas como sucede con otros tipos de productos, sino que se trata de algo totalmente único e irrepetible. A partir de allí, comienza la asignación de su precio. Benzacar respondió: “El arte, actualmente, es también un producto más del mercado, pero se juegan otros valores en relación con la construcción del precio como, por ejemplo y sobre todo, el currículum del artista, su trayectoria”. Luego, comienza una de las tareas más importantes de los galeristas: difundir la producción plástica de los autores en las muestras y ferias internacionales, para que los agentes legitimadores –críticos, curadores, directores de museos, etc.– los conozcan y se aproximen a un cierto panorama de la actualidad artística contemporánea. Después, tendrá lugar la propia realidad del mercado. “Si una obra no se compra por el precio estipulado, es porque claramente no lo vale”, aclaró Benzacar. Y agregó: “El arte es un valor de la condición humana sublime, pero cuando baja al mercado, es un producto más. Mi responsabilidad es que el artista esté representado y el coleccionista no sea estafado”.

Por lo tanto, ¿por qué una obra de Bacon logró venderse por un precio récord? Según la galerista –además de aquellos factores que hacen al propio negocio del arte y a los cuales se refirió–, porque se trata de un artista totalmente instalado y consagrado, y porque hay un producto único que, a su vez, es una pieza emblemática de ese mismo autor. Esto también conviene aclararlo, ya que no todas las piezas de un artista se venden igual. “A veces, las subastas envían mensajes confusos. Estas son eventos únicos que suceden con una obra, pero no se pueden generalizar para todo el arte ni para toda la producción de un pintor, por ejemplo”, resumió Benzacar. A su vez, destacó la importancia de poder contar con políticas estatales y culturales que sustenten la cultura como producto nacional e identitario del país, ya que es fundamental para establecer jerarquía y visibilidad sobre la propia producción artística, y lograr –tal vez, con algo más de facilidad– el establecimiento de los artistas tanto en la Argentina como en el exterior. Al respecto, sentenció: “Se puede generar muchísimo con el buen tratamiento de los bienes culturales. No solo es bueno para los artistas, sino para todos los que forman parte de las industrias culturales. Tener actividad cultural es un motor para la economía del país”.

Más allá de las distintas operaciones que se realizan en el actual mercado del arte y las empresas que sustentan cada uno de estos procedimientos, como las compañías de subastas, las propias galerías, los coleccionistas particulares, entre otros, se sabe que el negocio artístico se va definiendo a medida que se produce. Sin embargo, ni siquiera el capitalismo más crudo es capaz de extirpar aquello que sigue generando observar una buena pintura; interpretar los posibles símbolos y significados de un retrato, de un paisaje o de una instalación de lo más abstracta: la fascinación estética que produce el arte en cualquiera de sus formas. Y, esencialmente, mediante su más grande cualidad: la belleza, que a lo largo de la historia supo contar lo mejor y lo peor de la condición humana.