Trash

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Richard Curtis, el exitoso escritor de comedias románticas británicas (“Notting Hill“, “Cuatro bodas y un funeral“), adaptó la novela juvenil de Andy Mulligan sobre tres chicos, Raphael, Gardo y Rat, de una favela en Rio de Janeiro que encuentran una billetera que vale millones de reales por su conexión con la mafia y la policía corrupta de la ciudad. Los trucos de Curtis han surtido su encanto en el género que lo hizo conocido, pero trabajando con un material juvenil que al cine se traslada como un thriller de acción con un toque de moral y justicia, resulta un tanto superficial y prefabricado. Stephen Daltry dirigió la película, Rooney Mara y Martin Sheen tienen papeles secundarios que deben haber asegurado la financiación norteamericana de la película, también facilitando su distribución.

Sucede todo tal como uno podría imaginárselo después de leer la sinopsis: la gente pobre parece no tener nada que perder pero en verdad todavía tienen su dignidad y sentido de lo que es justo; la policía son los malos sin matices -la violencia se extiende hasta los chicos de catorce años-; al mismo tiempo el Padre extranjero (Martin Sheen) es la autoridad moral del lugar, el hombre a quien recurrir cuando hay problemas, pero que pronto va a recibir una lección sobre qué es lo correcto dada por el joven del que menos se espera; la Hermana Olivia (Rooney Mara) es la reivindicación de la ingenuidad; el sentido inocente de juego, de búsqueda del tesoro, de los tres chicos protagonistas es la clave para enderezar las normas corruptas. La metáfora, como es expresada por uno de los chicos, es que ellos mismos son para la sociedad unos indeseables a los que nadie se les quiere acercar de la misma manera que a la basura por ser un desecho, el giro sucede cuando en la basura encuentran un tesoro, de la misma manera que nosotros, espectadores, deberíamos descubrir en ellos, los chicos, por su espíritu y lo valioso de sus actos.

No soy de lo que estoy hecho, pero soy en su aceptación. Ese sería el lema filosófico detrás de los chicos. Es importante y es lo único que sostiene a la película en los valores que propone, solo si no fuera porque el tratamiento es exactamente lo contrario: es lo que es. Hasta cuando trata de hacer un comentario social resulta inofensiva. El guion de Curtis y la dirección de Daltry son ciertamente oportunistas, se aprovechan de todas las salidas fáciles priorizando las escenas de acción, el sentimentalismo, el carisma de los jóvenes actores y el final feliz, mientras tanto dejan pasar todas las preguntas importantes que el contexto de marginación social necesita para dejar de serlo, si fuera posible (pero esta esperanza es el motor de la película, lejos de la realidad). Primero, la idea de que el hábito puede hacer que el individuo se acostumbre de prácticamente cualquier condición de vida, una popular teoría en la psicología (Viktor Frankl), pero el problema es el injustificado y poco elaborado intento de encontrar algo bello detrás de eso. Segundo, la necesidad de una circunstancia extraordinaria que embarca a los personajes en el camino casi religioso que comienza por una intuición de fe y que deriva en el bien mayor después de una serie de sacrificios. Para una película que supone un espíritu de revolución social y mediática hacia el final, parece por lo menos contradictorio que esto no pueda ocurrir si no es por un deus ex machina (la nena que inexplicablemente vive en el cementerio), que revela que el verdadero beneficio de la película está en la acción y no en el mensaje. Tercero, también religioso, una idea estereotípica, la de que los fuera de ley, después de romper todas las reglas en nombre de su libertad individual, obtienen el retorno al paraíso -playa de arena blanca y agua cristalina-, que vendría a ser como unas preciosas e interminables vacaciones burguesas que serían la envidia de tus amigos en Facebook. El significado religioso de este procedimiento narrativo merece un mayor análisis, pero un final ejemplar, y grotesco, de este tipo es de la película Salvajes, del políticamente comprometido director Oliver Stone, que incomprensiblemente (recordemos que es el mismo que director se propuso, satisfactoriamente, trabajar una de las teorías más controvertidas del asesinato de Kennedy en JFK), y como tantas otras películas del género al que pertenece (jóvenes, drogas), apela al hedonismo para redimir a sus personajes. El fallecido Tony Scott estuvo tan poseído por esta misma idea que cambio el final trágico del guion de True Romance, escrito por Tarantino, porque se había enamorado de los personajes y sentía que no podía hacerles eso. Volviendo a Trash, la ideología terminal es que el tesoro es tan grande como el espíritu de los chicos, y todos parecen sentirse bien con eso.