Basta de restar. Sobre una época violenta

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Las oposiciones fundamentalistas se basan en la idealización o la demonización, es decir negar una parte y exacerbar la otra. Son los niños los que necesitan pensar en términos de buenos y malos porque la capacidad de complejización del pensamiento está en curso. En términos sociales, el pensamiento binario, es insuficiente para la heterogeneidad de componentes. Meter en dos bandos lo que en realidad es múltiple, implica una simplificación forzada, restar, dejar elementos en el camino.

Llevamos años en la cultura del boca-river, la “corpo” y el gobierno, los ricos y los pobres. Años basados en la idealización de un único líder, un único proyecto posible y la legitimación para degradar y descalificar todo lo que no adhiera con fanatismo. Descalificar sin más razones que el desacuerdo es violencia. Cerrar la puerta al diálogo, también. Discriminar al que no tiene es tan violento como discriminar al que tiene. En esa división en la que sendos grupos se fanatizan ridiculizándose mutuamente, hay otros que sí se empachan de llenos y se sacan fotos repudiando la violencia cuando son ellos mismos quienes la fomentan.

Vivimos en una época en la que es cool descalificar a los hippies con osde, como si fuera divertido no tener cobertura médica en coyunturas como un embarazo que depende de unas inyecciones que salen siete mil pesos por mes y es cierto que los laboratorios deben hacer plata, pero también es cierto que no podrían ser gratis; porque para que existan hubo que pagarle durante años a científicos para que las desarrollen; y si estudias y sos científico, querés y mereces que te paguen. La cultura de la gratuidad es la cultura de los hijos. Para crecer hace falta hacerse padre o madre, en el sentido simbólico del término, como función.

Se ha cambiado el foco de la discriminación en lugar de aprender a convivir en la diversidad. A nadie se le ocurre discriminar por la elección sexual, pero está legitimado el descrédito a los que piensan diferente. Por qué no replantear la sociedad toda, en donde por supuesto esté incluida la idea de erradicar los femicidios, pero no dejemos que nos hagan creer que los femicidios suceden solo porque hay hombres malos. El debate tiene que ser sobre la sociedad que genera, posibilita y produce. Se trata de saber escuchar el ruido y mirar de dónde viene. Ocuparse del ruido y de su causa. Y me anticipo a las lecturas binarias: no se trata de desculpabilizar al responsable, ni de culpabilizar a la víctima, nada más lejos de esta posición. Se trata de mirar la escena entera, de tener en cuenta que nada sucede en el vacío.

La violencia siempre es respuesta, cuya causa no necesariamente está a la vista. Esto no quiere decir que no haya que castigarla. Hay que combatirla, sí, pero no se puede creer que ahí se resuelve el problema. Si existen programas como el de Tinelli, donde la mujer acepta ser un objeto y nada más, se perpetúa el lugar obsoleto de la mujer como un cuerpo y no me vengan con admirar la belleza. Admirar la belleza femenina es otra cosa. Mientras eso tenga lugar para ser considerado humor o entretenimiento, va a seguir habiendo violencia contra la mujer. De esto son responsables los hombres y las mujeres, la sociedad como conjunto, la cultura que nosotros mismos no terminamos de cambiar. Mientras haya un gobierno que fomente el odio entre clases, que hable de los de arriba y los de abajo, los trabajadores y los empresarios, seguirá la violencia. Seguirá habiendo pibes que sientan que cuando le meten un tiro a alguien para robarle la camioneta están haciendo justicia.

Por supuesto que hay que marchar contra la violencia llamada de género, pero también hay que marchar para lograr que no haya más mujeres que cuando el marido lava los platos o se ocupa de los chicos diga “me ayuda”, marchar para erradicar la buena prensa de la madre que se queda en casa, para que las madres y los padres a quienes les toque criar un hijo varón, le enseñen a también a jugar a cuidar a los peluches como si fueran sus hijos. La cultura machista y violenta empieza con los juguetes de cocina para las nenas, con los cuentos en los que el oso es malo y la niña indefensa, en lo que le decimos que “es de varón” o “de mujer”.

La verdadera revolución se hace con mujeres y hombres que puedan asumir la responsabilidad de la autocrítica y la circulación de lugares como la base de la democracia, en el gobierno y en casa.

Basta, por favor, de restar.