La vida no siempre es un milagro

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Sobre “Una suerte pequeña” de Claudia Piñeiro

Hay una clase de madres que llamo abnegadas. Son mujeres sin maquillaje, vestidas con lo que hay a mano, que conservan los kilos del embarazo. La madre abnegada, orgullosa de haber borrado el mundo en virtud de la maternidad, está dispuesta a satisfacer todas sus necesidades en la relación con su hijo. Las madres abnegadas tienen suertes inmensas, hijos perfectos y publicidades de jabón en polvo.

Claudia Piñeiro escribe sobre otras madres, las que conviven con “pequeños fracasos” cotidianos, las que pueden pensar que ser madre es, ante todo, abstenerse.

Una suerte pequeña avanza y se hace cada vez más grande e intensa, acumulando trama y sensaciones en el lector, conforme la historia se acumula en la espalda de la protagonista. Piñeiro es experta en tender hilos de expectativa de los que el lector siempre quiere tirar.

Es una novela atrevida y ambiciosa, como suelen ser las novelas de Piñeiro, cosida entre palabras, silencios y objetos que componen una prosa con capacidad de realidad. El rosal, la voz, el color de ojos, el nombre propio, la música de Piazzolla, “Las niñas se quedan” de Alice Munro, “La mujer rota” de Simone de Beauvoir, “Un tranvía llamado deseo”, de Tenessee Williams; todos ellos son elementos que construyen sentido desde el silencio propio de esta historia.
A veces se trata del silencio. Una suerte pequeña también es una novela sobre esos momentos en los que las palabras están de más, en los que el amor significa saber callar. ¿Cómo se narra el silencio? No tengo la respuesta. Probablemente Claudia Piñeiro tampoco. La respuesta es la novela: Una suerte pequeña, la prueba de que el silencio se puede narrar, incluso en primera persona. Se debería escribir en la lengua en la que se hace silencio, dice al comienzo y desde ahí se ocupa de situaciones ante las que se está completamente solo, escenas en las que aunque haya otros, no hay modo de escapar a una soledad seca y permanente.

Al igual que la protagonista, la novela se abstiene de juicios, autocompasiones y especialmente de panfletos sobre la maternidad. Una prosa clara y limpia que construye imágenes y deja a la vista que las decisiones no siempre son las mejores sino, simplemente, las posibles. Es un trozo de vida, un pedazo de mundo donde todos tienen un poco de razón y eso no significa ninguna garantía.

Una suerte pequeña es un paseo por el lado oscuro. La vida no siempre es un milagro. Muchas veces lo difícil es tener que seguir viviendo.