Breve ensayo sobre los cordones para sostener anteojos

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Durante mucho tiempo idealicé a los cordones para sostener los anteojos. Observaba a la gente que los usaba y realmente sentía envidia. Y no una sana envidia, sino una suerte de bronca silenciosa, no evidenciada más que por mis rojos ojos escudriñadores, ojos láser que absorbían datos relativos a su textura, materialidad, color, tamaño. Era casi una cuestión adolescente, pero con el agravante de las más de 4 décadas que llevo encima. La gente con lentes y cordones era gente seria. Que claramente se colocaba los lentes sólo en los momentos justos. Que cuando descansaban en su pecho, funcionaban como un sostén de un saber en reposo. Yo quería pertenecer a ese círculo selecto. Al mismo tiempo eliminaba de un cordonazo uno de mis más serios temores: perder los lentes y tener que andar mirando sólo la mitad del mundo.

El problema principal que tenía era que no sabía, ni la más remota idea, de dónde podían adquirirse. ¿Qué tipo de comercio era aquel en donde yo podía comprar el objeto de mis deseos? ¿Una óptica, una farmacia, un puesto de la calle?. ¿Hay casas especializadas en cordones para anteojos? o ¿todo formaba parte de un verdadero círculo secreto, una especie de masonería de los lentes, donde sólo a los iniciados se les permitía usarlos, como una especie de medalla o signo distintivo?. Cavilando estaba, padeciendo la duda, cuando decidí que lo mejor en estos casos era pedir ayuda. Uno no puede creer en la superioridad del individuo, sobre todo si estudia antropología. El ser humano es gregario y para su supervivencia es fundamental el grupo de pertenencia. Consulté entonces con mis seres queridos.

Con cierta discreción fui sacando el tema. Lentamente, como para no levantar sospechas. No fuera cosa de alertar al círculo y mi camino hacia los cordoncitos no fuera un lecho de rosas. Sin demostrar demasiado interés, se ve que el tema sólo me preocupaba a mi, me fueron dando indicaciones. Pero la solución no llegaba y en una desesperación interna (externamente me mantenía inmutable) pregunté a mi compañera si sabía donde se compraba esa maldita obsesión. La respuesta fue llena de simplicidad, pero a la vez profunda. Con su natural frescura me dijo: – ah, sí, yo te los compro.

Me resigné a no saber nunca cual era la fuente de mis deseos. Simplemente confié y como premio a la confianza, un día tenía los cordoncitos para mis lentes. La felicidad era completa. Andaba para aquí y para allá con mis anteojos amarrados. A veces colgando, otras veces puestos. Todo parecía ir sobre ruedas, pero, como sucede siempre con las idealizaciones, cuando comenzaron los inconvenientes, la cosa pasó de castaño a oscuro.

Noté algunos pequeños problemas, que me empeñaba en minimizar. En principio, cada vez que sacaba los anteojos del estuche, el cordón quedaban anudado entre las patillas y las ópticas. Para desenredarlo era menester tocar (al menos desde la perspectiva torpe que siempre me acompaña) los vidrios, con la consecuente mancha aceitosa. Por tanto, cada vez que intentaba retirar los lentes, luego tenía que limpiarlos o resignarme a ver al mundo entre manchas de mi propia grasa digital.

Otro de los inconvenientes surgía cuando escuchaba música por los auriculares. Todo andaba bien hasta que me los quitaba. Allí los cables de los auriculares se enredaban con el famoso cordoncito y las inocentes patillas se convertían en un arma mortal. Medio lente fuera de la cara y los ojos como una carnada cruel de un anzuelo óptico. Una lanza y una puntería que el mismísimo Herman Melville hubiera envidiado. El carácter revisionista del cordón (con su estúpida memoria), volvía hacia mis globos oculares como un resorte cegador.

Los ataques continuaban, si no eran los auriculares, era una lapicera que tenía en la mano. Mis movimientos manuales toscos agitan siempre el aire, como si dibujaran acentos o signos de interrogación o de exclamación. Como polilla en una telaraña, la lapicera se enredaba en el cordón y la flecha era arrojada con ánimo de volverme un Cupido cualquiera. El horror de las posibles tinieblas eternas.

Otro de los problemas aparecía cuando, por ejemplo, me lavaba los dientes. Allí triunfaba el asco. El cepillo rabioso chocaba contra el sucio cordón y entre ambos frotaban la dentadura. Esa promiscuidad fue intolerable. Enjuague bucal y enjuague mental. La tolerancia al cordón había llegado a su límite.

Para colmo de males, el cordón no cumplía su función principal, que era llevar siempre a cuestas los ojos artificiales. Cuando eso sucedía la probabilidad de que algún alimento rebelde quedara suspendido en esa hamaca óptica, crecía notablemente. Lo mismo con alguna ceniza suicida que no esperaba la comodidad del cenicero y se precipitaba (como las gotas cortazarianas) en un clavado directo a esa agua sólida que son los cristales de los lentes.

Decidido y convencido, dudo y creo que voy a abandonar esos hilos de Ariadna que me sostenían en la posibilidad de distinguir los detalles y escapar del laberinto oscuro. Me parece que prefiero ver el mundo como un cuadro de Pollock y usar los lentes sólo cuando es necesario, cuando debo recorrer, detrás de un significado, la miríada de signos que llamamos alfabeto. Tal vez, después de esta confesión, deshacerme del viejo objeto del deseo se haga más sencillo.