“Reparar el piano y otros compromisos” de Liliana Porter

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1.
La primera paradoja porteriana se expande por toda la galería: Las notas dulces que oímos al entrar a Ruth Benzacar provienen de un piano diminuto . Liliana Porter nos tiene acostumbrados a eso, a la perplejidad ante sus parábolas.
Desde los ochenta, Liliana comenzó a recuperar del mundo simbólico de los infantes, muñequitos con los que fue topándose casualmente en ferias y mercados de pulgas. Los ha puesto a conversar (en la serie “Diálogos”), los ha fotografiado en absoluta soledad en espacios vacíos y los ha filmado. Hoy los expone a grandes desafíos: como hace dos años, el hombre con el hacha destrozó el gran piano (Malba, 2013), en estos días la víctima tiene que ser reparada. En este quehacer reside la segunda paradoja. El tiempo que van a necesitar los pequeños obreros para cumplir esta desorbitante tarea es inversamente proporcional a su tamaño. Por este motivo, como mencionó la crítica Graciela Speranza, el tiempo en el microcosmos de Porter podría no ser lineal, sino más bien un ir y venir ambiguo, deudor de “la metafísica doméstica o la fenomenología aplicada”
Casi como una continuación de su serie “Reconstrucciones” (en las que combinaba, por ejemplo, la fotografía de un Mickey Mouse hecho añicos y su par, sano en un estante – juegos de ilusión que nos tiende Porter entre realidad y representación -), los liliputienses han puesto manos a la obra: uno pinta las teclas de blanco, otro quita astillas, y cuatro descansan. Si bien la referencia aquí podría ser Gadamer y su idea del arte como juego, cabe quitar el velo de inocencia a esta obra en particular.

2.
No podemos evitar sonreír al ver a los pequeños en acción congelada, esforzándose. Nuestra mirada es extremadamente afectiva, reminiscencia de nuestros juegos de antaño. Cierto. Pero también puede ser…cruel. Si nos concentramos un instante en el título de la muestra, “reparar” connota a un ritual de sanación, una “poética optimista”. Pero ¿y si detrás de este optimismo, se esconde una visión trágica? Aquí no hay un “espacio de pura posibilidad” donde los personajes pueden moverse con toda libertad, como estableció la curadora Inés Katzenstein (2003). Aquí nos hallamos ante “compromisos”. Los pequeños están atados al deber. No tienen más destino que el de trabajar. Por algún motivo, Liliana Porter llamó “Trabajos forzados” a piezas en las que, entregadas a tareas mecánicas y rutinarias, una señora barre enormes espacios y otra teje grandes piezas de lana. El trabajo obligatorio se contrapone a la libertad: el pintor pintará siempre; el barrendero, barrerá siempre, y no saldrán de ese rol societario, definidos solamente por su actividad. La alienación y una crítica visión del mundo laboral en envase chico.
En suma, valdría la pena preguntarnos el motivo de la reparación. En la charla que Liliana Porter brindó hace unos días en la galería Ruth Benzacar, mencionó que “Todo se puede reparar”. Todo. Querrá decir, entonces, que no sólo todo se puede mejorar, sino que…el mundo está roto y alguien, como el hombre del hacha, se encargó de hacerlo añicos.

3.
En “Reparar el piano y otros compromisos” nos topamos con personajes y temáticas ya conocidos: La vuelta a casa, los mencionados “trabajos forzados”, los reflejos congelados en espejos. El pato rosado, la señora que barre…y algunos nuevos, como las estatuillas orientales, que auguran abundancia en rituales ancestrales. A diferencia de las fotografías o los “Diálogos”, en ciertos sectores los pequeños seres se encuentran en comunidad, incluso en fiestas. El ocio en este caso se contrapone al panorama laborioso del piano.
Para finalizar, se han dispuesto en la sala una serie de figuras elementales que desbordan sus sitios de representación. Los liliputienses planean cerrar grandes abstracciones; círculo, triángulo e infinito. Como un retorno (y no retorno) a su período conceptual de los setenta (o a sus recreaciones del 2013), Liliana Porter busca una última paradoja: Los pequeños seres diseñando el infinito. Si en la mente de Borges la eternidad se dibujaba (por lo menos en su concepción platónica) en una simultaneidad unitaria de tiempos y por este motivo, descrita como inmutable, aquí el infinito aparece en movimiento. Lo inconmensurable es retratado por alguien diminuto que, a pesar de sus nobles esfuerzos, no logra un resultado perfecto. Porque la perfección y la eternidad, pueden ser pensadas pero… materializarlas sólo puede ser parte de una gran hazaña. No busquemos con esto tildar de inútil el cometido liliputiense…concentrémonos, más que nada, en cómo llevan a cabo su intento: las líneas de pintura parecen sumidas en una fuerza abominable, y las herramientas (baldes de pintura, rastrillos y pinceles) parecen expulsadas por los aires. En este último ejemplo, encontramos condensada una última parábola porteriana. Parábola que sobrevuela la ilusión de los pequeños objetos, dejándonos por siempre, perplejos.

Bibliografía consultada:
-Alonso, Rodrigo. Imán: Nueva York: arte argentino de los años 60. Buenos Aires: Fundación Proa, 2010.
-Borges, Jorge Luis. Historia de la Eternidad. Buenos Aires: Debolsilo, 2011.
-Herzog, Hans-Michael et al. Las horas: artes visuales de América Latina contemporánea. Zürich : Daros-Latinamerica AG, 2005.
-Speranza, Graciela. “A Contratiempo” en Liliana Porter: El hombre con el hacha y otras situaciones breves. Buenos Aires: Fundacion Eduardo F. Constantini, 2013: 10-15
-Katzenstein, Inés. “Diálogos perplejos” en Otra Parte, N° 1, primavera-verano, 2003, p. 37 – 42.

En: Galería Ruth Benzacar (Juan Ramírez de Velasco 1287)
Horario: 14 a 19 hs
Hasta: 09/05/2015