Idilio: la fragilidad del corazón humano

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Al director Nicolás Aponte Gutter le bastó ubicar una cámara fija sobre el rostro de Camila (Paula Carruega) para plasmar una película sublime. No hay más que eso. La vida no es más que eso, parece decirnos el realizador de esta, su ópera prima. Y hay allí una verdad insoslayable, la vida nuestra de cada día no es más que un conjunto de emociones que pueden salir a cuentagotas o desbordarse como verdaderas cataratas. Eso es lo que ocurre con la protagonista: un enamoramiento propio de cuento de hadas —al principio— que se va convirtiendo en algo insano e inexplicable, después.

No es fácil ponerse en pareja con alguien que ya tiene una novia oficial, una situación a la que Martín —su idealizado príncipe azul— le promete una futura y pronta solución. Ese transcurrir en el tiempo, de días, semanas y meses es lo que va atormentando a Camila a lo largo de toda la película. Martín no termina de separarse nunca y ella, lo que logra con esa confusa relación triangular, es apegarse a él cada vez más. Su amigo Sebastián (Manuel Novoa) está allí para contenerla, para aconsejarla de una manera casi ínfima pero firme. Es su interlocutor ausente, al que no vemos nunca —hay solo una secuencia en donde le podemos ver el rostro— y que es el que trata de paliar las marchas y contramarchas de su amiga mientras se va derrumbando.

Filmada en blanco y negro tiene algo de la nouvelle vague de Truffaut, de Chabrol, de Godard. Sin ir más lejos, la actriz de Idilio bien podría haber estado en la película Band a part (1964), de Jean Luc Godard. Hay un gran parecido entre Paula Carruega y Anna Karina, la actriz danesa que aparece en la película del director francés.

La película está separada en 7 segmentos en donde se intercalan, mediante la pantalla en un negro absoluto, temas de rock y pop acorde con lo situación que habíamos presenciado antes. Blondie, AC/DC y Janis Joplin, entre otros intérpretes, nos cuentan a través de sus canciones, una idea cercana a los acontecimientos narrados por Camila minutos antes. Una bien lograda reafirmación de la historia en donde puede verse la mano creativa tanto del director como de Fernanda Gasparini Rey, su productora.

Desfilan por la pantalla escenas divertidas (la secuencia de la comunicación por Skype es una de las más logradas por su naturalidad), escenas de incertidumbre, de esperanza y de puro y angustiante dolor. Para ello Paula Carruega se carga sobre los hombros la hora y media de película y logra hacernos sentir sus dudas, sus miedos, sus esporádicas visiones de que todo puede mejorar. Nos compenetramos tanto con su historia, ausente de epopeyas y heroicidades, que revemos en nuestras propias historias cotidianas y personales. Camila se convierte, de alguna manera, en nuestro espejo. Un espejo que nos muestra, a través de su cruel reflejo, la autoestima perdida cuando nos aferramos a lo que nos daña por el solo hecho de no estar solos.

Esto es lo atrapante y plausible de un cine que convierte el plano fijo, la estética del blanco y negro y el guion casi improvisado en una nueva corriente de aire fresco dentro del conjunto de producciones que apelan a las grandes efectos especiales en desmedro de lo esencial de toda historia: la que habla sobre el derrotero del corazón humano.

Idilio obtuvo la 2da. Mención de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina (ACCA) y una Mención Especial del Jurado de la Competencia Oficial Argentina en el 17 BAFICI. Un gran reconocimiento a una apuesta minimal, en cuanto al aspecto técnico, y enorme en cuanto a la propuesta narrativa y de contenido.

Un idilio es, según una de las acepciones del diccionario de la Real Academia, un coloquio amoroso. Algo de eso ocurre entre actor y espectador, un coloquio amoroso y artístico que nos conmueve y nos hace reflexionar hasta donde somos capaces de soportar el límite de nuestras propias carencias afectivas.