#BAFICI2015: Cine: Un asunto público

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En el marco del movimiento de la Perestroika, una reforma económica aplicada en Rusia alrededor de 1988 para conservar al por entonces inestable estado soviético, en 1989 se funda el Museo de Moscú dedicado a la conservación y exhibición de tesoros fílmicos. El lugar pronto se convirtió en una especie de santuario para los intelectuales, uno de los mayores foros de discusión de la ciudad. En 2005 es vendido en un movimiento del estado que nunca brinda una explicación oficial. Por ese entonces queda sin hogar y tiene que empezar a guardar en depósitos su enorme archivo, que corría el riesgo de perderse después de haber sido enviado a la calle. De todas formar el museo es apoyado por cineastas e intelectuales de todo Moscú y sigue sus actividades realizando proyecciones en distintas salas de cine, aunque esto no podía reparar el sentimiento de pérdida y el temor por las nuevas políticas aplicadas. El año pasado el director de cine Nikita Mikhalkov, ahora líder de la Unión de Cinematógrafos y un cercano aliado de Vladimir Putin, designa a Larisa Solonitsyna como la nueva directora del museo. Pocos meses después, todo el staff presenta su renuncia como respuesta a la falta de integridad y de criterio de la nueva cabeza del museo. Inherente a este reclamo era el pedido de que Naum Kleiman volviera a ocupar su anterior cargo.

Naum Kleiman es el curador del archivo Eisenstein y uno de los más respetados estudiosos del legendario director. A lo largo de Cinema: A Public affair, vamos a escuchar sus opiniones y la de otros cercanos colaboradores que lo aman y veneran. Al comienzo del documental Kleiman dice que el cine tiene la capacidad de despertar conciencia y de consolidar la sociedad civil de una forma que el estado nunca ha podido hacerlo. Hace hincapié en el hecho de que las políticas gubernamentales sufren sobresaltos y que su materia no es constante, contrario a la influencia del cine en la sociedad, que, como remarca otro de los entrevistados, durante la era soviética, las películas permanecían y se repetían durante tanto tiempo que distintas generaciones, madre e hija, a veces llegando hasta la nieta, habían visto la misma película a la misma edad. Esta continuidad histórica sostiene los valores a través del tiempo, dice Kleiman. A lo que agrega que el arte no tiene una función didáctica, y no puede tenerla, ya que es un puente entre la mente y el corazón del artista hacia la mente y el corazón del espectador, comunicación que se establece a través de “sentimientos metafóricos” que se gestan en lo que Eisenstein llamaba la post-lógica, el lugar de la mente en que trabajan las artes. Lo que sigue, el rol que cumplía el museo, es que “el film empieza cuando termina” en conversaciones, intercambios y discusiones, como los que compartía él con sus amigos a los 20 años, y sigue compartiendo con los mismos.

Lo que sucede en el Museo de Moscú, remarca Kleiman y su equipo, es un espejo de lo que ya empezó a suceder en toda Rusia. También para nosotros, en tiempos de cinismo, la voz de Kleiman es invaluable. Hacia el final del documental cuenta una historia sobre como los diez mandamientos no estaban terminados porque el número once nunca llego a ser escrito en piedra: “No tendrás miedo”.