#BAFICI 2015: Miramar

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Es temporada baja en Miramar. La joven Sofía es la mano derecha de su madre en la hostelería familiar, que debería completarse con el padre, pero este está internado por una especie de parálisis.

Miramar es un lugar de temporadas, y a veces, lo único que pasa es el tiempo, dice Sofía. Ella tenía su grupo de amigas, con las que se había criado, pero todas ya partieron para estudiar, mientras ella sigue ahí, con una beca para irse a estudiar (¿a dónde?), pero entre su padre internado y su madre que quedaría sola ocupándose de la hostelería, y que no parece estar nada de acuerdo con que la hija se vaya, Sofía va a tener que tener que tomar una decisión que hace tiempo gira en su cabeza. En estos tiempos duros, ella se sostiene. Es difícil de decepcionar, aunque todos a su alrededor parezcan estar haciendo el máximo esfuerzo por conseguirlo.

A esta altura entra a la película Javier -en la segunda mitad de sus veinte años- a quien todos preguntan qué hace por ahí en esa época del año, y se encargan de aclararle que el lugar suele ser más concurrido, y una vez más, que es una cuestión de la temporada. A él no parece importarle, tomo la decisión, según dice, basándose en el hecho de que nunca había estado ahí. Aunque más adelante sepamos que la razón es una mujer.

Sofía hace intentos por acercarse a Javier y lo consigue. Aunque él, evidente y predeciblemente, tiene secretos y prefiere jugar a ser misterioso. Pero ella es abierta y franca, le gusta ser comunicativa y así se conduce, aunque pueda advertir que no es el estilo de Javier. Entre los silencios de él y las interrupciones de ella, lo hacen funcionar. El mejor, y único, regalo que le hace el director, Fernando Sarquís, a estos personajes, es nunca cuestionar a través de la diferencia de edad el interés que tiene uno por el otro.

Sofía le cuenta la historia de una perra que tenía la familia y que la tuvieron que sacrificar porque sus garrapatas supuestamente habían enfermado a su padre (el origen de la parálisis es psicosomático). En otra escena, esta vez con su padre, se cuenta algo parecido sobre un árbol. Sofía y Javier (y aparentemente todos) son solitarios en un lugar donde lo que contagia debe morir.

Durante los recorridos en los que Sofía le muestra el lugar a Javier, la película no parece encontrar nuevas metáforas sobre la geografía que tanto la determina. El habla costumbrista de los personajes intenta ser evocativo, pero no resulta del todo poético. Lo mismo sucede con los simbolismos que intentan unir a los personajes o mostrar su soledad. Por ejemplo, Javier y Sofía juegan al huesito (queman la punta de dos fósforos para unirlos y cada uno tira de una pata mientras pide un deseo, al que saque la parte más grande se le cumple el deseo) y ninguno de los dos gana. O cuando Javier le toca una canción con la guitarra a Sofía, a pedido de ella, que sabe reconocer que es un cliché, y él le canta un tema que es todavía más trillado que la escena misma. Sobre la decisión que aprieta el pecho de Sofía, la película es tan indeterminada que la ambigüedad no resulta ser una salida sana.

Se cree que contando la historia de una región se puede reflejar la del mundo entero, se cree lo mismo de las pequeñas relaciones. Pero confundir universalidad por espacio común es un problema diferente.