#BAFICI 2015 P’tit Quinquin – un boleto de ida al infierno… del absurdo.

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P’tit Quinquin es originalmente una serie de televisión y la que vimos en el festival de Mar del Plata y ahora en el Bafici es una adaptación fílmica sin los separadores clásicos para las tandas de comerciales. Lo obvio es decir que se parece en su historia y hasta en su forma lateral de contarla a Twin Peaks, aquella magistral serie de David Lynch, pero a diferencia de ella elige un humor recargado y físico que hace de esta metraje un disfrute permanente.
Una comunidad rural muy cerca del canal de la mancha en la zona de Calais, con sus casamatas costeras de cemento como testimonios de la segunda guerra mundial se ve sacudida por la aparición de trozos de un cuerpo de una mujer dentro de una vaca muerta encontrada en el interior de aquellos monumentos de guerra.
Para aclarar u oscurecer más el caso se hace cargo un comandante de la gendarmería llamado Van der Weyden ( Bernard Pruvost ) y su asistente el desdentado Carpentier (Philppe Jore) ambos con algunos tornillos más que sueltos. Por otro lado una bandita encabezada por el Pequeño Quinquin del título (Alane Delhaye) y su novia Eve (Lucy Caron) van detrás del dúo de inspectores disfrutando de todas sus estupideces.
Una historia marcada por autonomías, la de los chicos con sus padres, la de las familias entre sí, la de los discapacitados con sus cuidadores y la de policías que se independizan de toda idea de justicia . Nadie cumple su función, nadie es, ni cerca, “normal”.
Como un geólogo, Dumont nos muestra capas, por empezar la histórica: los recuerdos de la segunda guerra a través de viejas granadas, casamatas, veteranos; las sociales y raciales (todo parece explicado por un crimen pasional interracial) y la generacional: los niños frente a los adultos.
Frases como “Estamos en el corazón del mal. Nunca había visto algo así” o “Es la bestia inspector, la bestia” que le dice el alocado y “pistero” conductor Carpentier a su jefe Van der Weyden, como si fueran personajes de novela, a veces de Zola otras veces de Conrad , la diferencia filosófica y estética es que en este film no hay héroes, no hay ´corazón, no hay centro, no hay enigma, son todos disparos al aire (hace unos cuantos nuestro “Comandante”) todo inútil.
ptitquinquin
Una comicidad psicótica, física y absurda, con escenas hilarantes como la misa de la primera víctima o la particular forma en que el abuelo pone la mesa para comer, y toda la gama de tics de un increíble Bernard Pruvost y de su “acelerado” asistente el desdentado Philppe Jore.
En sí la historia puede ser interpretada desde la tierna historia de amor de una pequeño Quinquin que se parece a un aniñado Marcel Cerdan (si aquél novio trágico de la Piaf), con su encantadora nariz aplastada, su labio leporino y su sordera incipiente que a pesar de no parecer muy sano físicamente lo es a nivel emocional en su relación con Eve.
En la filmografía de Bruno Dumont la comicidad no era ni siquiera insinuada, por eso el asombro de ver esta miniserie absurda y brillante, no por nada Cahiers du Cinema la eligió como la mejor producción audiovisual del año 2014, por encima de obras cinematográficas de la talla de Adiós al lenguaje (Jean-Luc Godard) entre otras.
Si bien dura 200 minutos no se pierdan esta joya, aún quedan dos funciones domingo 9 a las 14hs en Village Caballito y el Viernes 24 a las 20hs en el mismo cine.