De «Brasil» e insectos que se comen

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En el pueblo de mi padre, donde pasé muchos ratos de mi infancia, había cualquier cantidad de insectos, bichos raros que no eran extraños en un pueblo de pescadores rodeado de agua y monte. Una vez, caminando por un sendero muy arenoso, me sorprendió un animal parecido a una libélula gigante con alas verdes y ojos rojos, era casi del tamaño de mi pie, y, por suerte, estaba muerto.

Había olvidado el episodio hasta que leí un artículo reciente sobre comida a base de bichos. Comer insectos pareciera ser una tendencia cool en la alimentación. Langostas y gusanos se procesan en harina para consumo humano, mientras que tarántulas y grillos se sirven como aperitivos. Los indígenas de nuestra América hace mucho que fundaron la entomofagia, sin siquiera pronunciar la palabra. A ese bicho que vi, de alas verdes, ojos rojos y casi del tamaño de mi pie, no lo hubiese comido nunca.

Brasil, la novela de Paula Brecciaroli, tiene ilustrado en la tapa un tábano gigante. Se trata de una mosca grande que abunda en las tierras húmedas y ataca en grandes grupos. En la novela, estos bichos acompañan gran parte del recorrido que hace una chica que acaba de separarse de su novio y huye en tren hacia ninguna parte.

El viaje, que desde principio no parece ser muy placentero, va convirtiéndose en una  pesadilla, en un túnel sin salida al mejor estilo Hitchcock, que cambia el temperamento de los personajes.

Situaciones desorbitantes, una tierra húmeda perdida en un mapa, un viejo misterioso, un vagón de gitanos, un chofer invisible, una madre y tres niños terribles y Martín. Martín que no es el novio, si no el límite entre la locura y la sensatez  en este tren… y los tábanos. Insectos que suenan sobre la chapa del tren y luego sucumben ante el humo improvisado.

“Entraron algunos tábanos más por los conductos de ventilación que hay en el techo. Uno me picó en el brazo. El ardor se va expandiendo ramificado por todo el cuerpo y al rato desaparece. Los hijos de Ludmila se pusieron a llorar. Ella quiso ir a mojarlos al baño, pero el viejo no quiere que salgamos. Puso el jarrito del té en un rincón para que hagamos pis ahí. A Martín y a mí nos obligó a fumar. Los bichos se quedan atontados con el humo. Cuando caen al piso, los aplastamos. Les sale un líquido amarillo”.

Novela fragmentaria y paródica de situaciones imprecisas, suspenso y angustia. Pero también humor, tragicomedia. Paula Brecciaroli brilla con su primera novela, publicada en 2011 por Conejos Editorial.

 Buena lectura!

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Colofón. Mientras buscada información sobre tábanos leí un titular en el diario La Tercera de Chile: Joven que sobrevivió 22 días comiendo tábanos y zancudos en Chiloé bajó 15 kilos. Ni aún así me provoca comer insectos.