#BAFICI2015: El cielo del centauro

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Debo aclarar que El cielo del centauro no es una pelicula afable sino más bien ríspida, inquietante, por momentos excesivamente distanciadora, autoreferencial, repleta de citas, de guiños y vueltas de hoja. Su elección como apertura de este BAFICI debería ser leída como una marca que señala la necesidad imperiosa de mirar el pasado del cine argentino, pero tambien como una proyección sin duda hacia el futuro.

Hugo Santiago (Las veredas de Saturno), es uno de los pocos directores del cine argentino que acceden a un panteón singular: el de los directores de culto. Con razones: su primera película “Invasión” de 1969 tiene la brillantez de justificar en sí misma la vanguardia cinematográfica argentina.

Algo de ese halo recupera esta última, una coproducción con Francia, hablada en parte en francés, en parte en “argentino” y que resulta, ademas, una mirada extranjerizante sobre esa ciudad a la que Santiago vuelve despues de casi 40 años: esta Buenos Aires es aquella Aquilea (o viceversa), pero ferozmente vacía, ferozmente monocroma, en un blanco y negro límpido sólo interrumpido por algunos objetos ocre o amarillos desplegados en la impecable fotografía de Gustavo Biazzi, que también se luce en ese minidocumental sobre la obra de Cándido López en el Museo Histórico Nacional. Único momento multicolor de la pelicula.

Salvando las distancias, ya no es Borges el que lo acompaña a Santiago en la escritura del guión sino Mariano Llinás, la nueva generación de cineastas, editores (Alejo Moguillansky), productores (Albertina Carri por ej) tambien hacen homenaje a esa porción del cine argentino, que insisto, es bueno recuperar.

La historia de El cielo del Centauro es la de un ingeniero naval francés que llega a Buenos Aires a dejarle un paquete a un amigo de su padre, el misterioso Zagrós, pero cuando pisa la ciudad porteña es asaltado por una banda de hombres que le arrebatan el paquete. A partir de allí, Buenos Aires se convierte en un territorio amenazador y laberíntico, una ciudad vacía que este extranjero deberá atravesar de punta a punta valiéndose de un mapa y una lapicera. Se puede ingresar al laberinto pero será dificil salir. Y el hilo de Ariadna parece tenerlo una mujer: Elisa, la joven que trabaja en el Museo Histórico y que dará pistas, huellas pero tambien lo insertará al mundo fascinante del pintor de la guerra del Paraguay: Cándido López, el que quedó manco. Un momento fascinante de la pelicula. Algo extraño se produce ahí. Esa referencia plástica, de pronto, resume una lectura del pasado instalada en este tiempo presente: el exterminio del pueblo paraguayo asediado por tres potencias unidas en esta guerra de fin del siglo XIX. El cine argentino recurre a la historia de las películas argentinas pero tambien a la de la historia argentina. Y todo parece atropellarse en un verdadero juego de espejos.

Decíamos al principio que es una película de citas: ese objeto imposible de ubicar que es el fénix, podría haber salido tranquilamente de El Halcón Maltes, las hamacas en las que duermen la siesta los hombres del personaje de Roly Serrano podrían ser las de los los marineros de El acorazado Potemkin. Y la gran cita, logicamente, es a Invasión y todo su universo paranoico: hombres enfrentados por la posesión de algo que no existe, en una territorialización sin centro, ni lógica. Ese territorio leído en un mapa que es mirado con astucia por Santiago desde una lejanía intensa con una dimensión sonora única, llena de cantos de pájaros, por momentos ensordecedor, y que pondrá su toque de extrañamiento de una Buenos Aires que dejó de ser Aquilea hace rato.