Diderot y la Wikipedia

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El Iluminismo (o Ilustración) fue un movimiento cultural y político surgido en Europa en el siglo XVIII, aunque con raíces claras en los acontecimientos que se sucedieron anteriormente, al menos desde el Renacimiento. El iluminismo es uno de los pilares de lo que se ha dado en llamar “Modernidad”, que no es otra cosa más que la consolidación del modo de producción capitalista, primero en Europa y luego en el mundo entero. Dicho en estos conceptos deterministas suena a poco, pero no lo fue ni mucho menos. Derrumbó al mundo medieval, dominado por la incandescencia férrea de la Iglesia Católica y consagró la libertad de investigación científica y la libertad de expresión (que no es sólo libertad para la prensa, sino que es la posibilidad de expresarse que tienen todos los ciudadanos).

Uno de los fundamentos de este movimiento fue, sin lugar a Dudas, la Razón (lo cual es, a todas luces cartesianas, una contradicción). Reemplazar la doctrina eclesiástica por el dogma de la Razón es, en algún sentido, “cambiar de collar, pero no de amo”. Durante la Revolución Francesa se ocupaban las iglesias y se las transformaba en templos de la razón, donde no necesariamente primaba lo racional. El post estructuralismo del siglo XX criticó esta idea de Razón Total, sobre todo luego de Freud y de ciertos acontecimientos históricos, como los genocidios que enlutaron la centuria y que mostraban claramente que la Razón no siempre gobierna.

Pero que se critique a la Razón, no quiere decir que el uso de los razonamientos no sea válido o que haya que abandonarse a la irracionalidad; mucho menos que no pueda existir un conocimiento consolidado y acumulativo. Pero volvamos al siglo XVIII y a sus ideas cargadas de un optimismo progresista. A diferencia de la Edad Media, donde el conocimiento se consideraba una obra casi demoníaca y por lo tanto no todos tenían derecho a él, en este convulsionado siglo de las luces, el saber era considerado prácicamente una necesidad física (en algún sentido, un derecho). La difusión de las imprentas (el invento oriental había llegado a Europa a fines del siglo XV) y la creciente alfabetización (que aún se encontraba lejos del alcance al que llegaría en el siglo XX), impulsaron a un grupo de intelectuales a intentar compilar todo el conocimiento humano existente en lo que iba a llamarse La Enciclopedia.

Uno de los más entusiastas enciclopedistas en Francia (porque en el Reino Unido también había un proyecto semejante), fue Denis Diderot. Él fue uno de los que convenció a filósofos de la talla de Rousseau o Voltaire para que colaboraran en la magna obra. Diderot fue un espíritu completo; poseía una mentalidad sistémica, es decir estaba interesado por todo. Escribía literatura, ensayos filosóficos y documentos científicos. Participaba también en actividades políticas, emprendió un guerra declarada a favor de la libertad y en contra de la opresión tanto de la Iglesia como del Antiguo Régimen, que iba a desmoronarse 5 años después de su muerte, durante la Revolución de 1789. Incluso sufrió la cárcel, a raíz de la publicación de su “Carta sobre los ciegos para uso de los que ven”, donde trata de la constitución del ser a través de los sentidos (y no de algún supuesto soplo divino), pensamiento que en su época se consideraba subversivo y que le valió el encierro.

En los siguientes 200 años, luego de la muerte de Diderot, el conocimiento de la humanidad pegó un salto explosivo, más allá de que fuera acompañado de la implantación de la sociedad industrial en casi todo el mundo (es decir que no resolviera el problema de la desigualdad). Un profundo conocimiento de la naturaleza fue desplazando al viejo dogma religioso y si bien todavía existe (sobre todo en Estados Unidos) gente con poder que cree las zonceras bíblicas como si fueran reales, lo cierto es que la ciencia fue ganando, por derecho propio, su lugar como fuente de saber.

Parecía entonces que la idea de la Enciclopedia, como la concibió Diderot, había quedado atascada en el pasado. La cantidad de conocimiento era tal, que se tornaba imposible compilarla en formato libro, más allá de editar un número indeterminado de volúmenes que debían ser siempre revisados. Pero la tecnología llegó al rescate y gracias a la Internet y al trabajo voluntario de miles alrededor del mundo, la Wikipedia hizo realidad el sueño iluminista. La particular dinámica de esa plataforma permite, no sólo la incorporación de nuevos artículos, sino, principalmente, la corrección de todo lo que aparece publicado. El conocimiento es dinámico y esa es su principal virtud. Ahora es posible que su representación, para que muchos puedan aprender, también lo sea.