Patricia Highsmith

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En mala hora se me ocurrió procurarme un sueño apacible comenzando la lectura de El temblor de la falsificación, de Patricia Highsmith. Había llegado a Zurich a las tantas tras un vuelo calamitoso; ni un hotel disponible y recién a medianoche había logrado registrarme en una pensión cochambrosa cuyos moradores – sería risible llamarles “huéspedes” – más parecían mutantes que seres humanos.

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¿Por qué “en mala hora”? Porque desde la primera línea la autora me trincó arteramente por la nuca y sólo tuvo a bien soltarme cuando le dio la gana, exactamente cuando arribé al punto final alrededor de las cuatro de la mañana.

Bien podría haberme impuesto cerrar libro y párpados, soy adulta y dueña de mis actos, pero me fue imposible. TENÍA que seguir, era un desafío obsesivo. Además, estaba completamente desvelada. O, con mayor propiedad, completamente fascinada.

He leído y releído la obra completa de Highsmith. La considero una escritora maestra en su género, de un suspenso muy peculiar, inimitable, marca de la casa. Su personalísima narrativa de estilo amodorrado y cansino es neutral sólo en apariencia, y su buscado – y logrado con fatídica precisión – laisser faire, es tan ingenuo como la paciencia de una araña elaborando baba para su tela letal.

P.H. es única. Genera una morbosa seducción psicológica que va despertando sibilinamente la violenta turbulencia de nuestras pasiones, nos guste o no, lo aceptemos o no. A lo largo de su producción, Patricia – me excuso por la confianza, pero la considero de mi familia – fue perfeccionando y recreándose en una complicidad soterrada, y sus historias devinieron más y más minimalistas, recortando personajes y situaciones, conminándonos a odiar, despreciar o vilipendiar con todas nuestras fuerzas a sus personajes.

Sus historias emanan atmósferas despóticas y opresoras que enredan y asfixian. Se boquea en busca de un soplo de aire fresco y se suplican treguas que, por supuesto, no llegan. Y todo ello sin mover un músculo, la dura texana: “eres tú la perversa, yo me limito a escribir”. Pérfida.

El temblor de la falsificación, a mi entender, es la culminación de un extraordinario fenómeno literario: la narración la crea más quien lee que la propia escritora, quien provoca deliberadamente una inusitada y originalísima inversión de roles y explica en parte por qué yo, cansada hasta el paroxismo, pasara una noche en blanco manufacturando con ansia El temblor… en una pensión hedionda de Zurich.

En esta extraordinaria novela la economía narrativa alcanza su máximo esplendor. Tres personajes: el protagonista que narra en primera persona no ya sus peripecias sino sus escasas o nulos avatares, y otros dos con los cuales traba amistad. O cierta relación. De acuerdo, dejémoslo en “compañía”. La acción – la inacción, con mayor propiedad – transcurre en la tunecina villa de Hammamet.

Con estos mimbres, Highsmith urde una trama donde el calor ambiental es amo y señor del espacio literario. El calor y la inanición, el sinsentido, la rémora exasperante de Howard Ingham – el protagonista – quien aguarda con desidia noticias de sus lejanos amigos de Nueva York a la par que intenta pergeñar un guión cinematográfico del cual, faltaría más, tiene poca o ninguna idea y menos ganas. Subyuga comprobar cuánto atraen las cuencas vacías de la nada…

Inmersa en esta situación, reitero, yo podría haber intentado conciliar el sueño. Pero me urgía sugerirle a Howard algún argumento interesante para su libreto, procurarle entretenimiento a su espera, acompañarle por las calles de Hammamet – ciudad que para mi infortunio conozco bien, otro condimento que me implicaba en la historia – , y, sobre todo, buscar febrilmente cómo inyectarle vivacidad a una quietud estatuaria que me ponía los nervios de punta.

En algo alivió mi creciente turbación el hecho de que Ingham matara a un vernáculo que le escudriñaba por donde fuera. Bien hecho, se lo merecía con creces. No quise que intervinieran las autoridades. La indiferencia y mutismo impuestos por los dueños del hotel ocultaron con presteza el hecho y al fiambre. Nadie había visto nada, nadie había oído nada, nadie sabía nada ¿Para qué comprometerme gratuitamente si el fisgón merecía morir por… fisgón? Uno menos a la mesa.

Por otra parte, yo estaba muy atareada bebiendo y comiendo la misma comida en la misma tasca ruidosa de la kashba y elucubrando invitaciones lúdicas para que el protagonista entretuviera sus horas muertas. Una partida de tenis, tal vez enseñarle a bailar tango o cualquier divertimento más emprendedor que su insensato deambular, incluso a sabiendas de que no aceptaría. Se hallaba paralizado, toda la trama estaba paralizada, era trastornador ¿O tal vez era yo quien se hallaba profundamente removida por emociones que no encontraban su catarsis? Fascinante: mi libro interior luchaba de continuo contra el verdadero, y confieso sin pudor que me ganó por varios rounds. Si eso no es literatura en estado puro, que baje la Diosa y lo vea.

Lo único que objeto a El temblor de la falsificación son sus secuelas. Adormilada, pese a los innumerables cafés engullidos a las nueve de la mañana, y observando el magnífico paisaje suizo pasar por la ventanilla del tren rumbo a las montañas, un pensamiento irritante se enquistó como un gusano en mi cerebelo. No estaba arrepentida por el insomnio ni por haber leído una obra fuera de serie. Lo que me turbaba sobremanera era una aguda sensación de ridículo por haber sido una marioneta en las manos expertas y tortuosas de Patricia, y, esencialmente, de haber hecho la tarea por ella. Pero… ¿Por qué tanto desasosiego?

Porque ya casi llegando a mi destino, Öber Egery, caí en la cuenta de que había fracasado estrepitosamente en mi empeño por insuflar energía e inspiración a Ingham. Pero más dramático todavía fue asumir que había perpetrado un crimen sin importarme un comino, aunque ello me liberara de la tensión extrema que Highsmith había sembrado en mi espíritu. Ahora me remordía la conciencia. Debí entregarme a la policía, sí.
Ya nada podía hacer, pero esa sensación de reconocerme como una asesina inmisericorde me acompañó durante días.

Muy bueno lo suyo, P.H. Usted con las manos limpias, cándida y ausente, y yo una amoral depravada. Pero se lo advierto: sus herederos abonarán hasta el último céntimo de la factura de mi terapeuta. Y no bromeo.

Susana Guzner es psicóloga y escritora. Autora de la novela La insensata geometría del amor, (cuatro ediciones en castellano y traducida a varios idiomas); Punto y aparte; Detectives BAM; 72 juegos para jugar con el espacio y el tiempo y Aquí pasa algo raro. Es asimismo coautora de Que suenen las olas, Mein Lesbisches Auge, Voces en Lilith, No sólo duelen los golpes, y otras. Su obra figura en numerosas antologías. Colabora con diversos medios y portales literarios, feministas y LGTB. www.susanaguzner.com.