La danza de la realidad

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Para entrar a la danza de la realidad hace falta entrar a la ilusión. Esta es la primera consigna de una película que se presenta en los minutos iniciales, tambien, como la invitación a la danza de las paradojas. Paradojas entre el sufrimiento y el placer, el autoritarismo y el amor, el machismo y la maternidad, el color y la oscuridad, la libertad y la represión.

Fascinante en su despliegue visual, Jodorowsky nunca se desapega del artificio más abundante, alimentado por su interés estético por los comics, esas fábulas de dibujos chatos y llenos de sentencias sobre la vida y la felicidad que viene produciendo de modo sistemático desde 1966.

Hay mucho de fabuloso e irreal en este verdadero legado creativo de un hombre de 85 años que toca poéticamente las dos puntas de la vida: la vejez y la infancia. Nada muy nuevo en esa operación, sin embargo las formas que elige para decirlo parecen nunca vistas.

Es que para entrar a esa realidad hay que hacer convenios con un universo individual (el de El topo o La montaña sagrada) trasvasado hacia lo social y político del siglo XX (el stanlinismo, el nazismo), sin perder la perspectiva desde la historia dramática de Chile: el paisaje de Tocopilla, bien al norte de ese país, le va bien a esa dramaturgia alienada y de acuerdos entre lo político alucinado y la puesta en escena desconcertante. Qué diferencia hay en todo caso entre una y otra. Lo negro-ocre del paisaje generalmente vacío se repleta de colores puros, mayormente complementarios. Circenses, como el principio. La literatura postmisticista en alguna de las figuras mágicas: como la del teósofo, que reúne todas las religiones del mundo o el mismo José el carpintero y todas sus citas bíblicas. La voz de Jodorowsky de la que se escucha cosas tales como que no existen diferencias entre el dinero y la conciencia, tampoco entre la conciencia y la muerte, ni entre la muerte y la riqueza.

Pero Lo bello tambien puede ser paródico o terrible. Esa mirada absurda es la que elige Jodorowsky, confundiendose en esa voluntad de unir las dos puntas de la vida en la mirada de un niño trans, acosado por su padre, un stalinista autoritario que tras contagiarse de una extraña peste debe redimirse asesinando al dictador.

El problema empieza hacia la mitad de la pelicula cuando la voz enunciadora identificada con ese par niño-viejo es interrumpida por el viaje de Jaime (el padre) a la capital, “un mundo de perros disfrazados que da asco” y por las intervenciones mágicas de la madre, algo inconexas. El espacio para lo más terrible de la pobreza y la Dictadura y la idea peligrosa de que si se recupera la memoria se acaba el sueño o desaparece la vida. Toda esa segunda parte despues de la despedida de Jaime en el pequeño puerto de Tocopilla se torna densa por la innumerable cantidad de situaciones que terminan aislándose entre ellas.

La danza de la realidad es pura hermenéutica histórica delirante y un monumento autobiográfico que hay que atrapar con sus códigos, o dejar pasar.