Thomas Pynchon, “Al Límite”

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“En la formulación de Joyce, la Historia es una pesadilla de la que estamos tratando de despertarnos. Para Pynchon, la Historia es una pesadilla dentro de la que nos debemos convertir en soñadores lucidos.”

Jonathan Lethem

Thomas Pynchon, el iconoclasta, el autor de cuatro obras maestras (V., El arco iris de la gravedad, Mason y Dixon, Contraluz) y otros cinco idiosincrásicos e inolvidables libros, ya con 77 años de edad, acomete otro momento histórico dándole el tratamiento pynchoneano: un trabajo realizado sobre las concupiscencias y la aleatoriedad, no secuencial, de la Historia adyacente. Su última novela, Al Límite, es sobre los tiempos previos al atentado del 11 de septiembre en la ciudad de Nueva York.

Bleeding edge es el título original de la novela, y se refiere a un tipo de tecnología novedosa de la que se cuestiona su utilidad y puede resultar de alto riesgo. En la novela se contrasta el optimismo juvenil con que fue concebida la noción de internet libre y democrático contra la posibilidad de que acabe sirviendo a una masiva e incontrolable red de control y vigilancia.

La acción detectivesca de la novela comienza cuando Maxine Tarnow, una investigadora de fraudes que perdió su licencia como examinadora certificada, madre de Ziggy y Otis, y nunca del todo divorciada de Horst Hoeffler, recibe información de Reg Despart sobre unos movimientos sospechosos en las finanzas de Hashlingrz, una empresa de seguridad para la que él trabaja, que tiene por CEO al ubicuo Gabriel Ice, quien para Maxine solo huele a malos asuntos, después de haber encontrado que parte de su dinero gira subrepticiamente hacia conexiones en el Medio Oriente y hace transacciones con páginas web extintas.

Gabriel Ice también tiene intenciones de comprar DeepArcher, un software que vendría a representar a la Deep Web, “un santuario virtual para escapar de las muchas variedades de disconformidad del mundo real”, un programa cabalístico y misterioso del que se llega a sugerir que podría ser el hogar de los fallecidos del atentado, todavía por suceder. Su tecnología de punta fue diseñada por Lucas y Justin, que es el marido de Vyrna McElmo, la amiga de Maxine que también la involucra en esta parte del asunto.

Debajo de la aparente personalidad mundana y de madre convencional de Maxine, yace, en contraste, una curiosa (sobre si misma) y funcionalmente autodestructiva mujer, débil por sus intereses de doble filo y atracción por los casos perdidos, que van a hacer que en ella se despierte su “madre judía” interior por los personajes más inapropiados casi tanto como su mera presencia va a despertar inconvenientes erecciones en el público masculino. Mientras tanto, y bajo los efectos del éxtasis paranoico, Maxine -como Oedipa Maas en La subasta del lote 49 encontrando el símbolo de Trystero en los lugares más dispares- va a enfrentarse a la confirmación tanto de su intuición como de su desconcierto al encontrar a Gabriel Ice detrás de todos los hilos de la trama. En medio del nuevo caos de información que es su vida, Maxine acude regularmente a las sesiones con su terapeuta orientalista, Shawn, que ante la creciente confusión de Maxine solo apela a distintos k?ans que poco le dicen a su paciente y la llevan al punto más alto de su exasperación y sensación de abandono. Shawn, a su vez, también se atiende con su propio terapeuta, un expatriado argentino de la escuela lacaniana:

“… el terapeuta de Shawn, Leopoldo, es un psiquiatra lacaniano que se vio obligado a dejar el ejercicio honesto de su profesión en Buenos Aires hace unos años, debido en no poca medida a la injerencia neoliberal en la economía de su país. La hiperinflación con Alfonsín, los despidos masivos de la era Menem-Cavallo, más la obediente sumisión del régimen al FMI, debieron de parecerle una Ley del Padre lacaniana fuera de control, y, tras aguantar lo que pudo, Leopoldo acabo viendo poco futuro en la ciudad encantada que amaba, así que dejó la práctica de su profesión y su suite de lujo en el barrio de los psiquiatras conocido como Villa Freud…”

La situación de Leopoldo se parece a esa otra que se plantea sobre los habitantes marginados de la Nueva York de Giuliani, mientras que Pynchon reconoce que a veces lo que es marginal es lo que te trae devuelta al origen.

Nueva York es uno de los personajes principales de Al Límite. Sobre clima psicológico de sus habitantes se alude un retroceso a la niñez. Pero volver a la infancia no solo implica desaprender todo, sino también volver a aquel estado frenético de nuestro cerebro, dispuesto a realizar masivas asociaciones, mientras todavía no es un instrumento útil de evaluación y análisis, el procesador que será en la madurez, sino una herramienta de aprendizaje que, en el testimonio de la novela, se alimenta de la desinformación; tan ahogado en la superabundancia de información que no alcanza a sintetizarla, mientras es acometido por estímulos que descontextualizan las acción de sus propias funciones intuitivas, deja a la conciencia en un estado de inopia. (Inestabilidad, esto es. ¿Y qué terreno más fértil para el poeta de la entropía?) “Los tiempos de gran idealismo llevan igualdad de oportunidades para una mayor corruptibilidad”. Nueva York hace de sus ciudadanos la fachada perfecta para que se cometan los crímenes del capitalismo tardío y de aquellos que lo predican.

“La paranoia es el ajo en la cocina de la vida, nunca podes tener demasiado”, dice Maxine en uno de los primeros capítulos de la novela.

El planteo de hipótesis, la abstracción de patrones, la búsqueda de pruebas y asociaciones interdisciplinarias también son una forma de pensamiento paranoico.

Tanto se ha escrito sobre el misterioso Thomas Pynchon, a quien con mucha justicia se lo cataloga como el escritor recluso más famoso, que la idea de llevar sus novelas al cine pronto se transformó en la idea de llevarlo a él a la pantalla. Se imaginó que era un equipo de escritores repartiéndose el trabajo, que era el sabático J. D. Salinger, que era Wanda Tinasky (resulto ser un veterano escritor beat), el Unabomber. En más de una forma, quienes intentaron resolver el acertijo se convirtieron en encarnaciones de aquello sobre lo que Pynchon escribía. Si su escritura era intrincada, a veces incomprensible, tanto mejor. Las décadas de esta desesperada meta-búsqueda de una atribución literaria han sido un vano, aunque entretenido, intento de desentrañar a uno de los personajes que más ha despertado admiración entre sus pares y cuyas obras superaron cualquier expectativa acerca de su personalidad para aquellos que lo han leído.

El trabajo de Pynchon ha sido reverenciado por las figuras más importantes de la literatura contemporánea. “Cabalista juguetón” lo llamo Harold Bloom. László Krasznahorkai en su novela Seiobo There Below cita una cita falsa con la que Pynchon abre Contraluz. Salman Rushdie -uno de los ejemplos más relevantes de la camada de escritores influenciados por Pynchon- especuló sobre la importancia de la letra V en la obra de Pynchon y se lamentó por no haber recibido un llamado del autor después de haberse juntado a cenar con él. El gran Don DeLillo también reconoce en Pynchon un antes y un después: “Fue como si, en un golpe cuántico extraño, Hemingway murió un día y al otro Pynchon nació. Una literatura gira hacia otra. Pynchon hizo de la escritura americana una fuerza más extensa y fuerte.”

También aquella casi oximorónica denominación de “maestro de la novela”, que siempre se correspondió a una idea análoga a la importancia del silencio en la música minimalista, y que ha sido mejor expuesta por otro talentoso escritor y admirador de Pynchon, Michael Chabon, en su lucida e incisiva reseña de Al Límite:

“Uno ya debe estar acostumbrado, para ahora, a que Pynchon deje sus misterios sin resolver, o al menos preparado para darle el crédito de haberlo hecho apropósito. La incompletitud es el vicio propio de las teorías paranoicas de la historia, las limitaciones de tales teorías que Pynchon siempre reconoció libremente. Las críticas sobre su forma descuidada de construir el plot desatienden el énfasis con el que él siempre ha trabajado el doble significado de la palabra plot. Desde V. en adelante, casi todas sus novelas han sido fundadas en las bases de las ficciones detectivescas e intrincadas por la ciencia ficción, aventuras, westerns, ficción de espías, y otros géneros que recaen, como las teorías de conspiración, en el plot. Sus quebradizos plots exponen las rupturas epistemológicas de los sistemas paranoicos, que son, después de todo, no otra cosa que intentos, más grandes pero por eso no menos condenados que los de cualquier otro, de darle sentido a un mundo quebrado.”

Inclusive ha sido homenajeado en otras novelas, como en esa ingeniosa ironía de Jeffrey Eugenides en La Trama Nupcial al hacer un cameo de aquel a quien no conocemos cuando Mitchell, uno de los protagonistas, carga “un Pynchon” entre unos pocos libros que lleva para viaje espiritual o esa otra de Jonathan Franzen cuando menciona que uno de sus personajes lee un libro con una gran letra “V” en la tapa. Cameos tales como los que el mismo Pynchon hace en sus novelas, como esa solapada aparición de Groucho Marx en Contraluz, y que ahora se rumorea que hizo él mismo en la película de P. T. Anderson, la adaptación de Vicio Propio. Aunque eso de “primera adaptación” sea solo un título, porque la influencia de Pynchon también ya se puede ver en Kill Bill de Tarantino, en la que se invierte la búsqueda de una hija por la madre de Vineland por la búsqueda de la hija realizada por la madre de Kill Bill, mientras en el viaje utiliza solo un poco menos que la totalidad de Vineland, desde la figura de Bill, la estructura de los fantasmas del pasado, las estelas kármicas, hasta la Five-Point Palm Exploding Heart Technique de Pai Mai, etc.

Al límite queda envuelta en referencias del fin de siglo que hacen ostensible la perspicacia de la memoria de Pynchon a la hora de reunir las distintas jergas y todo el argot del zeitgeist del fin de siglo. Desde referencias al corte de pelo Jennifer Aniston, que incluyen discusiones al respecto y un personaje que se disfraza como la actriz en forma idéntica, hasta el nombramiento de ya viejas websites que fracasaron (y todos ya olvidamos) y letras de Britney Spears. Todo a la par de sus propias invenciones liricas y cinematográficas, como las biopics de deportistas que Horst Loeffler mira compulsivamente, o la historia de los comienzos de Reg, un artista de video que empezó como un simple vendedor de películas piratas que filmaba él mismo en el cine, mientras su cámara “se daba un paseo por el fotograma” haciendo planos sobre los planos originales de la película, hasta que un profesor de una Universidad de Nueva York compra por casualidad uno de los videos y considera el trabajo como “de la vanguardia más vanguardista de esa forma de arte post-posmoderna” con una “subversión neobrechtiana de la diégesis”. Elementos que en las manos del maestro pueden ser parte de magníficos pasajes como este al final de una fiesta cuyo tema oficial es “1999” que “tiene un subtexto más oscuro de Negación”, ya que la celebran después del pasado Y2K, o Efecto 2000, como si este aun no hubiera sucedido:

“Como música de retirada, suena Closing Time, de Semisonic, una despedida de cuatro acordes al viejo siglo. La antigua y la futura nerdistocracia va saliendo –mirándoles, se diría que con reticencia-, de vuelta a la calle, hacia el largo septiembre que lleva con ellos de forma virtual desde hace dos primaveras, y que no deja de intensificarse. Vuelven a ponerse sus caras de calle para hacerle frente. Caras ya sometidas a una agresión silenciosa, como si algo les aguardara más adelante, un Y2K de la semana laboral que nadie acaba de imaginar del todo, mientras la multitud se dispersa por las legendarias callejuelas y los colocones empiezan a disiparse, desvaneciéndose entre los velos que caen ante la luminosidad del alba, un mar de camisetas que nadie lee, un clamor de mensajes que nadie recibe, como si esa fuera la verdadera historia del texto de las noches en el Alley, un griterío al que hay que prestar atención y que no debería ignorarse, las entregas de kozmo a las tres de la madrugada para veladas de codificación y fiestas dedicadas a destruir documentación que alargaban toda la noche, compañeros de cama que iban y venían, bandas en los clubes, canciones cuyos pegadizos estribillos todavía esperan una hora ociosa para emboscar la memoria, trabajos fijos con reuniones sobre reuniones y jefes que no tienen ni idea, series irreales de ceros, modelos de negocio que cambian de un minuto para otro, fiestas de start-ups todas las noches de la semana, y los jueves, más de las que puedas llevar la cuenta; ¿Cuál de estas caras tan castigadas por el tiempo, por la época cuyo final han estado celebrando toda la noche, cuál de ellas puede anticipar, ver más adelante, entre los microclimas del código binario, abarcando la Tierra entera, llegando a todos los rincones a través de fibra oscura y cable de par trenzado y ahora ya sin cables por espacios privados y públicos, en cualquier parte entre las agujas de los talleres de ciberexplotación, que centellean sin parar, incesantes, en ese agitado tapiz inmensamente hilvanado y deshilvanado a cuyo servicio todos se han sometido alguna vez y por el que han ido quedando lisiados, cual puede asomarse a la forma del día inminente, un procedimiento que espera su ejecución, a punto de revelarse, el resultado de una búsqueda sin ninguna instrucción sobre cómo buscarlo?”

Mientras el mundo se va haciendo pynchoneano, donde la paranoia es una suerte de presente, el estilo y los enfoques del autor siguen siendo tan visionarios, contemporáneos y quiméricos como siempre, y Al Límite podría servir como la novela introductoria a la obra de Pynchon, que en su universo de referencias es la más accesible.