Terrenal, Pequeño misterio ácrata

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ADVERTENCIA: Desde su estreno, en septiembre de 2014, Terrenal ha suscitado una enorme y diversa cantidad de lecturas (filosóficas, políticas, literarias, etc.). Y se ha dicho mucho, tanto que no sé qué podría agregar de novedoso o de singular visión. Nada. Además acecha una certeza: todo lo que se dice se diluye ante la maravilla. Nuestro afán por interpretar pierde por goleada ante una materialidad poética arrolladora.  Sin embargo, la escritura se impone, como descarga o como olvido, para seguir transitando el mundo (y el teatro) con la esperanza de volver a repetir una experiencia vital de esa magnitud. Y entonces aquí va:

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Vi Terrenal dos veces. En ambas ocasiones se filtró, tras la función, un primer pensamiento absoluto: “Kartun lo es todo, es Dios, tiene el fuego entre sus manos y sabe exactamente qué hacer con él.” Días después, cuando ya bajaron los niveles de conmoción en sangre, pude pensar en el dramaturgo excepcional que es capaz de crear un dios a su imagen y semejanza para situarlo en un universo con leyes y funcionamiento propios. Porque la obra es un todo orgánico cuyas razones iremos vislumbrando según pasen los minutos. ¿Por qué los personajes hablan de ese modo? ¿A qué se deben esos telones raídos que pueblan el espacio?  ¿Por qué ese vestuario? Todo se encuentra anclado en el lugar preciso y todo es metáfora, juego y paradoja.

El dios de Kartun es un dios libertario, cotidiano, alejado de la culpa y el castigo, un dios músico, fiestero, un tanto chanta y un tanto inimputable (que recuerda un poco al protagonista de El Partener). Tatita es el dios que vuelve, que cumple la promesa de volver, que entra al precario Edén terrenal porque tiene llave. Llega, levantando polvareda, para evitar la tragedia pero sabemos (porque el mito nos persigue desde siempre) que no podrá y Caín matará a su hermano Abel y entonces dios volverá a ser ausencia.

La trama respeta la estructura de relato bíblico. Dios prefiere la ofrenda de Abel y eso desata la ira de Caín que brama por justicia, por una ley. Pero la versión kartuniana se configura, como resignificación, como parábola del mundo, de su devenir histórico y para ello recurre a la mezcla (se podría afirmar que la dramaturgia de Kartun, por lo menos la de los últimos años, es resultado de un mestizaje de ideas, obsesiones, lecturas, influencias, anécdotas personales que modelan el imaginario del autor): Terrenal es tragedia y comedia, es mito, tarimita de pasatiempo y Misterio Medieval, es el Martín Fierro y la Biblia, es Flavio Josefo, Robert Graves y Horacio Guaraní, es Theatrum Mundi y Varieté Mundi. Ese cruce variado y disímil  conforma, como ya dijimos, una organicidad con lógica propia, con un lenguaje, una puesta y un código de actuación acorde a su necesidad, un círculo cerrado que justifica, con inteligencia e ironía, su disparate.

La triada de Claudios (Rissi, Martínez Bel y Da Passano, como Tatita, Caín y Abel respectivamente) construyen sus personajes a partir de un registro propio del varieté. En el horizonte aparece la figura del payaso, el gag físico, el chiste con remate, los sopapos, etc. Los actores interactúan en la tensión extrema dada por sus caracteres (el payaso blanco, el tonto, el triste) y es notable lo que logran desde el gesto y desde los movimientos mínimos (mírelos con atención, no se pierda esa sutileza, ese encanto).

El espacio remite también a un escenario de variedades con sus telones rotosos y su utilería berreta (micrófono y arma de juguete, un alma en tiritas de papel, un balde). Espacio, vestuario (trajes que quedan chicos, sombreros de fieltro,  un traje de gaucho para Tatita) y registro de actuación remiten a la metáfora trabajada, refuerzan su intensidad poética,  es materialización de la palabra.

La austeridad de la puesta, asimismo, contrasta con la complejidad del discurso, como si sobrecargar fuera puro exceso innecesario. El lenguaje resulta también mezcla de citas bíblicas, dichos populares, dialectos regionales y palabras con gran peso ideológico y/ o histórico. Ese entramado no es para nada inocente (el lenguaje nunca lo es) y la aparición de frases como “descamisadito de los ranchos”, “Cabeza de negro cabeza”, “hacerse un capitalito”, “A combatir el capital”, “legítima defensa”, “Inseguridad” provoca una fuga del presente de la representación hacia el presente otro (ese que llamamos actualidad) y hacia el pasado, de un país, de una trayectoria política y cultural. El lenguaje además condensa en imágenes eso que la escenografía (hecha de simples luces y sombras) escatima por redundante. Así, vemos (sí, efectivamente) el terrenito baldío y polvoriento que Caín y Abel heredaron de Tatita; oímos bramar el viento, casi tocamos la tierra con Abel en busca de sus escarabajos torito. Todo está ahí, a nuestro alcance, como experiencia vital.

Vamos terminando con una cita:

CAÍN: ¿Siempre mirando y nos dejó pelear tantos años?
TATITA: Y quién te dijo que pelear estaba mal, idiota…Pelear es ser par. El bofetón es vida. Sin choque no hay chispa. Nada se mueve sin riña. 
CAÍN (reprocha): ¿Violencia, Tatita?
TATITA: No. Dialéctica, infeliz. La miseria no es pelear. Miseria es matar al par. El uno crece de a dos. El dos peleando es armonía. Es vuelo. El uno solo, crece monstruo. Pájaro de un ala sola. Te amputaste un ala. Juntos podían ser ángel y mirate, terminaste gallina bataraza. El uno es la tragedia, Caín…

El fragmento resume quizás el sentido profundo de la obra. Propone la dialéctica entre dos visiones del mundo,  entre el productor morronero y el pastor de escarabajos torito, entre el sedentario y el nómade, entre el hacer y el ser y estar (temática ya transitada en Salomé de Chacra), entre la derecha y la izquierda. Pero, lejos de estancarse en la dualidad maniquea, Kartun abre el juego y permite pensarnos un tanto Caínes aunque prefiramos y  nos hagamos los Abeles. Quiero decir: Esa dialéctica tal vez nos constituya y en esa lucha se crece, se debate, se dirime. El uno vive y vivirá en el otro aunque sea de polizón, aunque se intente dormirlo o exterminarlo.

La dialéctica planteada encierra también una concepción del teatro como lucha o campo de batalla, un territorio de violencia y sangre que nos mantendrá, sin embargo, vivos y en eterno movimiento.

Te dejo, Terrenal, me voy a seguir mi vida, a hacer como si todo siguiese igual, como si nada hubiese sido modificado. No sé si volví a tener fe pero es seguro que creo en el dios-mito y en la inefable belleza. Gracias.

 

Ficha técnica:

Kartun, Mauricio, Terrenal: Pequeño misterio ácrata, Bs As, Editorial Atuel, 2014.

Elenco: Claudio Da Passano, Claudio Martínez Bel y Claudio Rissi. Escenografía y vestuario: Gabriela A. Fernández. Iluminación: Leandra Rodríguez. Diseño sonoro: Leandra Liuni. Fotografía: Malena Figó/ Vivi Porras. Asistencia de escenografía y vestuario: María laura Voskian. Realización escenográfica: Gonzalo Palavecino y lucía Garramuño. Realización de vestuario: Mirta Miravalle. Asistencia de dirección: Alan Darling Prensa: Simkin & Franco Dramaturgia y dirección: Mauricio Kartun. Funciones: Jueves a las 20 hs, viernes a las 21 hs, sábados a las 22.00 hs y domingos a las 20 hs. Teatro del Pueblo, Avenida Roque Sáenz Peña 943, CABA.