“Arturo Peña Lillo: un editor de raza”, entrevista a Alejandra Giuliani

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Leandro de Sagastizábal y Alejandra Giuliani son los autores de Un editor argentino. Arturo Peña Lillo. Ellos recorren los textos de la propia producción escrita de Arturo Peña Lillo, expresada en dos libros, en sus archivos personales, en los libros que editó y en entrevistas a quienes trabajaron con él. Tuvimos en enorme placer de charlar con Alejandra que nos adelantó algo del libro antes de su presentación este lunes 16 a las 19 en el Museo del Libro y de la Lengua.

¿Cuáles son los ejes sobre los que se articula el libro?

Es la historia de una editorial conocida para la gente de ciencias sociales que no estaba trabajada desde la historia de la edición. Se la suele identificar con Arturo Jauretche, su principal autor. La primera sorpresa fue que su catálogo era mucho más complejo de lo que suele pensarse, asociado a un grupo acotado de autores pertenecientes a una línea considerada más nacional. También tiene autores de otras corrientes y de la divulgación del ensayo de ciencias sociales. Las fuentes de nuestro trabajo fueron los libros, aunque no estaba armado el catálogo completo de la editorial. Con Leandro de Sagastizábal, trabajamos desde diferentes lugares. Leandro, que pertenece a una generación un poco anterior a la mía, tiene otra perspectiva ya que él es editor, además de historiador. Él conocía a Arturo Peña Lillo desde la edición, tenía presente que era un editor reconocido, buen profesional, serio. A mí Peña Lillo me llamó la atención por omisión. Yo entré a la facultad hacia el final de la dictadura, en el 83. Los libros de Peña Lillo prácticamente no existían en los programas, salvo como bibliografía optativa. Tengo memoria de no haber leído nada de él en la carrera. Sí en mi casa, hogar de clase media donde estaba El medio pelo en la sociedad argentina, de Jauretche, y otros libros de Peña Lillo. La dictadura había logrado cortar ese puente entre Peña Lillo y lo que vino después.
Con Leandro tuvimos la enorme suerte de poder llegar a la hija, Laura Peña que generosamente nos abrió su casa y pudimos ver que había un material muy rico como fuente para los historiadores: contratos con autores, cartas con Jauretche o Abelardo Ramos para mostrar la política que se desarrollaba con los autores, documentos comerciales de la empresa. También notamos que la trayectoria de este editor había comenzado mucho antes que la editorial. En la segunda mitad de los sesenta, esta editorial era ya conocida ?El medio pelo es del 66?. Nos encontramos, además, con una colección muy valiosa, La Siringa, editada del 59 al 66. Otra de las bases de este trabajo, y que nos llamó la atención es que, a diferencia de otros editores, Peña Lillo no solo dejó sus memorias como testimonio con mucho sobre su historia, sino que también escribió Los encantadores de serpientes, más rico que las memorias. Es un libro que establece su posición de confrontación con el núcleo de las editoriales de mediados de los sesenta. Entonces también pudimos hacer una interpretación de la trayectoria editorial de Peña Lillo, del catálogo y de los vínculos con la coyuntura política y con los cambios en el campo intelectual.

Además de los objetivos que se habían planteado, ¿surgió algo que los sorprendió durante la investigación?

Nos sorprendió la complejidad de la empresa. Muchos de sus libros más conocidos no sustentaban económicamente la editorial. La caja diaria estaba dada por libros técnicos, por ejemplo manuales para arreglar automóviles, manuales de secundaria, de terciario, la Colección Ciencia y técnica. Hay un libro inicial La historia argentina de Ernesto Palacio, que él editó con su editorial previa, Alpe. Nos sorprendió también su militancia editorial, su decisión deliberada y consiente de confrontar desde los márgenes con el sector editorial de esa época. La militancia consistía en publicar lo que el público lector necesitaba para formarse, aunque no le diera beneficio económico. Esto le confirió respeto a Peña Lillo porque editó lo que tenía que editar. Es fácil encariñarse con este personaje, aunque no era la idea del libro. No quisimos centrarnos en el personaje, pero el título apunta al editor porque era una editorial personalista. Trabajamos con entrevistas a la hija, a gente que trabajó en la editorial, a Rogelio García Lupo, el editor de libros políticos de otra editorial que era más central, de más creatividad en el libro político de la época. La entrevista con él nos sirvió para corroborar que Peña Lillo estaba por fuera del llamado boom editorial. Más bien enlazó discursos del nacionalismo popular y del revisionismo histórico.

¿Qué relaciones se pueden establecer entre Peña Lillo y los editores actuales?

Él era un editor proactivo. Veía libros donde otros no los veían. La consolidación de Jauretche como autor es un trabajo en común entre él y Peña Lillo. Una conferencia, una charla, se puede transformar en un libro; una charla en un viaje en tren se transforma en El medio pelo. Para quienes son editores hoy en día, eso es un modelo, dado el éxito comercial del libro. Además, es central su idea de más libros para más lectores, una visión sumamente popular de la edición. Con la Colección La Siringa trata ?y de hecho lo hace? de formar una comunidad de lectores. Muchos se formaron a partir de esta colección que enlaza hacia atrás con el libro barato, popular de la década de 1910 en adelante, pero que con él se expande. Peña Lillo no busca que lean por leer; su impronta es esto de leer para formarse, para ser una persona con una solidez política. Una de nuestras hipótesis es que sus libros sirvieron también como herramienta de resistencia política. Otra cuestión importante es esto de la conexión entre editor y lectores. Nos llamó la atención también la materialidad de los libros, el papel, el diseño de las tapas, los paratextos. Pudimos comprobar en lectores reales que realmente existió esa comunidad de lectores y en diferentes escalas sociales.

¿Esto no era común en la época?

Hubo otros editores como Antonio Zamora de la editorial Claridad, Jorge Álvarez, pero en Peña Lillo lo peculiar es que tiene en mente un tipo de lector más parecido al de Zamora, el autodidacta, el que no pasó por la universidad. Es una editorial que forma integralmente al lector. Hoy en día esto no se da porque la formación no viene solo de los libros.

¿El catálogo como sello de una editorial era algo común ya en la época?

La editorial de Peña Lillo no fue una editorial tan prestigiosa como otras: Losada, Sudamericana; y más pequeña que otras del libro histórico y político, como Plus Ultra. Nuestro libro no busca colocar a la de Peña Lillo como “la” editorial de la época ni mucho menos. Sí era una editorial con una coherencia clave en su catálogo: de 1957 a 1973, confronta con el poder. Además, hoy que está de moda hablar de editoriales independientes o diarios independientes –aunque siempre hay que plantearse el grado de independencia de qué tipo de poder o institución?, la de Peña Lillo editó libros políticos, en su mayoría, pero se mantuvo independiente de los poderes políticos, económicos y partidarios. Lo importante es que esto lo hizo buscando calidad. Buscaba buenos autores, buenos traductores al comienzo, cuando intentó dedicarse a traducciones; buscó su espacio. Cuando arranca, era un momento crítico de la edición. Estaba la competencia de las grandes editoriales que van creciendo. Los emprendimientos como el de Peña Lillo más bien eran dependientes de otros poderes o sectores, pero no en el caso de él. Se sustentó como empresa en las ventas; era una empresa familiar pero sólida, y recién pierde solidez cuando en la última dictadura se termina la posibilidad de una editorial de ese tipo. Finalmente vende la editorial en 1979.

¿Cuánto tiempo les llevó la investigación?

La nuestra es una investigación independiente de las instituciones académicas, y como tal nos propusimos nuestros propios tiempos. Comenzamos por leer lo que ya había de Peña Lillo. Nos llevó claramente tres años, y uno de esos años fue solo de lecturas y de conexión con las fuentes. Tardamos un verano en armar el catálogo. Recorrimos bibliotecas pero no estaba todo ahí porque el Estado no compró todos los libros, así que muchos los encontramos en librerías de viejos. En las memorias encontramos algunos de los que no teníamos conocimiento. Consultamos con colegas, rastreamos por Internet. A partir de otros libros, fuimos reconstruyendo el catálogo. Un dato importante que no era conocido y que encontramos en los propios libros como fuente es que Peña Lillo siempre buscó socios que aportaran capital, básicamente imprentas. Rijeiro, por ejemplo, fue uno de los imprenteros más importantes que trabajó con él, y eso lo encontramos viendo que muchos de sus libros figuraban como impresos en sus talleres gráficos; luego lo confirmamos con la hija y con uno de los trabajadores que entrevistamos, José Capeto. Los propios libros como objetos nos dieron datos: son interesantes las contratapas, por ejemplo, que escribía el propio Peña Lillo o Jauretche. En la historia de la edición los libros, en tanto objetos materiales y en tanto bienes intelectuales, son las principales fuentes, y eso es lo apasionante.

¿Desde que se plantearon esta investigación, fueron cambiando los objetivos?

Yo tuve la suerte de hacer este trabajo con un historiador que a su vez es un gran editor. Yo en un inicio solo veía un trabajo de investigación en el que puedo decir que aprendí mucho del contacto con Leandro, alguien que para mí es un maestro en todo lo relacionado con la edición. En un momento, yo pensaba en un artículo en una revista de Historia y él me dijo: “Me parece que da para un libro”. Tuvimos, además, dos colaboradores de una enorme riqueza, que estaban en nuestras casas: la esposa de Leandro que es escritora, Patricia Sagastizábal, que hizo una lectura y una corrección, no de estilo, sino analizando cada palabra. Nos hizo reflexionar y enriqueció enormemente la escritura. El otro fue Nicolás Javaloyes,  historiador del arte, mi esposo, que además fue militante político y un interlocutor permanente. Luego hubo una lectura sumamente generosa del doctor Alejandro Parada, que tuvo una mirada brillante sobre el trabajo y nos dio sugerencias que lo enriquecieron. Va a ser presentador en el Museo del libro el lunes. Los otros presentadores son el doctor José Luis de Diego, de la Plata, y el director de Eudeba Gonzalo Álvarez.

¿A qué lectores puede interesarles el libro?

No quisimos hacer un libro estrictamente académico. Quisimos también que la escritura fuera lo más ágil posible, más cerca de la divulgación, quizás más cerca de lo de Peña Lillo, en el sentido de la escritura, si se quiere. Pensamos en principio en nuestros alumnos, en nuestros colegas, en los interesados por la política y por la historia de las décadas de 1960 y 1970. Hoy en día se está abriendo mucho la investigación del campo editorial. Este libro es uno más dentro de la serie de libros que desde diferentes focos investigan todo lo relacionado con la edición. Yo trabajo en historia de la edición; parte del libro fue probada en clase, en seminarios, trabajamos partes con alumnos. Hay un público también relacionado con la política, gente a la que le va a interesar ahondar en Peña Lillo. Quien además pensó en los lectores, por supuesto, fue Eudeba –en especial Silvina Simondet– que transformó nuestros escritos en libro. Este es uno de los dos primeros de una colección que va orientada a un público también ligado al sector editorial, pero también del sector editorial. Después, el lector puede ser cualquiera. Como le pasó a Peña Lillo ?muchos de los libros que él no pensaba para la universidad, después sí fueron leídos allí?, siempre habrá lectores que uno no piensa de antemano.

Analizando un poco la situación actual y desde tu perspectiva acerca de la edición, ¿no considerás que los editores hoy en día van cobrando cada vez más relevancia dentro de lo que abarca el mundo del libro?

El editor va cobrando centralidad. Como en otros procesos, la variante económica pesa por sobre otras variables, por ejemplo, culturales. La participación de los editores se ve también en los procesos de escritura. El editor representa, además, a un conjunto de trabajadores en una editorial; se puede pensar en el editor o en la editorial como empresa que toma decisiones, que busca al autor. Esto es lo que editaba Peña Lillo: libros de autor. Otros, como Jorge Álvarez, también crean libros de editor, por ejemplo, antologías de cuentos sobre alguna temática. En la actualidad, cobran fuerza en el campo de la investigación, Robert Dalton, Roger Chartier, que desde el exterior son referentes que vienen insistiendo en estudiar la historia del libro, la publicidad, las lógicas empresariales; en una editorial se cruzan muchas variables. También son relevantes los procesos de transnacionalización. Un autor necesita un editor para tener legitimación y proyección; además a esto se suman otros actores de la edición que tenían un lugar marginal, pero que ahora adquieren protagonismo. En el debate actual acerca de si el editor es necesario en la era de la informática y del libro electrónico, creo que se ha demostrado que sí. Los textos que no tienen un responsable no tienen tanta trascendencia ni prestigio, en general. La función de la legitimación de la que habla Pierre Bourdieu la da la editorial. En nuestro libro, como decía antes, Eudeba puso en materialidad nuestro Word, por decirlo de alguna manera, y eso hace a la identidad y a la circulación del libro.

¿Peña Lillo hace explícita referencia al papel del editor en sus libros?

Uno de los elementos que nos sorprendió en Los encantadores de serpientes es la claridad que tiene Peña Lillo sobre lo que es un editor, para qué está, la diferenciación con el librero, el imprentero, las variables por tener en cuenta al publicar un libro. Eso gusta de él a los editores o a los estudiantes de edición. Eso no es frecuente a mediados de los 60. Losada era otro editor que tenía todo esto muy en claro, incluso como algo corporativo desde la Cámara del libro y con una presencia mayor dentro del campo intelectual, pero no dejó escritas sus memorias. No hay un testimonio directo de él en formato libro sobre el editor. Si uno lee los obituarios cuando murió Peña Lillo, en el 2009 –incluso el nombre del libro sale de las palabras que Daniel Divinsky dice acerca de él? hablan de un editor de raza, de alguien que tenía olfato editorial, que reflexionó sobre su oficio y que tomó partido; siempre tuvo presente las competencias del editor.

Ficha técnica

Leandro de Sagastizábal y Alejandra Giuliani, Un editor argentino. Arturo Peña Lillo, Eudeba, 176 págs.

Leandro de Sagastizábal es profesor de Historia por la Universidad de Buenos Aires. Fue profesor asociado de esa universidad en la facultad de Ciencias Sociales y en el CBC y director de la carrera de Edición.

Alejandra Giuliani es profesora de Historia por la Universidad de Buenos Aires. Es profesora Adjunta de esa universidad en el Ciclo Básico Común y docente en la Carrera de Edición.