“The Knick”, Steven Soderbergh y su mejor trabajo

0
11

Nueva York, principios del Siglo XX. El Knickerbocker Hospital intenta sostener su economía y sus políticas de trabajo mientras el nuevo jefe, el Dr. John “Thack” Thackery (Clive Owen) realiza procedimientos experimentales en pacientes graves con la esperanza de desarrollar nuevas técnicas que reduzcan la alta tasa de mortalidad en enfermos. A su equipo se suman el Dr. Bertram “Bertie” Chickering, Jr. (Michael Angarano), pupilo del Dr. Thackery, y el Dr. Algernon Edwards (Andre Holland), que destaca por su inteligencia, seguridad y trabajo teórico, pero lucha por un lugar en la práctica, que le es negado por ser afroamericano. También encontramos a la Hermana Harriet (Cara Seymour), que realiza abortos a escondidas en sus horas libres. Mientras tanto el manager del hospital, Herman Barrow (Jeremy Bobb), intenta mantener al día las finanzas del Knickerbocker a cualquier costo, desde endeudarse y terminar siendo amenazado de muerte hasta intentar sacar ventajas de la compra y venta de cadáveres para estudio.

Los primeros episodios de The Knick parecen moverse al ritmo de la mente del mercurial, conducido-por-la-cocaína Dr. John Thackery, del que conoceremos poco sobre su pasado, solo a través de flashbacks después de la llegada de una ex novia, Abigail Alford (Jennifer Ferrin), que arriba al hospital con un cuadro de sífilis avanzado para que su antiguo amante le opere la nariz destruida, en uno de los tantos espectaculares efectos especiales de tratamientos prostéticos que se van a ver a lo largo de la temporada. Thackery es considerado una eminencia de la medicina, lleno de instinto y pasión, sus trabajos y el desarrollo de sus técnicas son reconocidos por innovadores y geniales.

En otra de sus líneas narrativas The Knick sigue el principio de una serie de contagios de fiebre tifoidea, que en su tratamiento y resultado final ponen en evidencia la precariedad del momento histórico, al demostrar como una enfermedad puede desplegarse sobre todos los niveles sociales con peligrosa velocidad, revela los malos funcionamientos de la estructura de la ciudad y el juicio cargado de ignorancia de sus habitantes. De esta manera se empiezan a delinear los límites de la medicina con los de la justicia y la cultura.

También se hace presente la cuestión racial alrededor del Dr. Algernon Edwards, cuando es discriminado tanto por enfermos terminales que no quieren recibir tratamiento de su parte como por cirujanos respetables que eligen ignorar sus talentos y lo quieren fuera del hospital solo por sus orígenes. Este desplazamiento del primer plano en el Knickerbocker lo lleva a conducir una práctica clandestina en los sótanos del hospital, donde improvisa un consultorio, un quirófano y una sala de internación, trabajando a la par de costureras que transfieren su habilidad con las prendas a la de coser los órganos de los pacientes, todo armado con materiales comprados de los bolsillos de Edwards o hurtados al hospital, en una ocasión por Thackery. El reconocimiento de este último sobre las teorías de Edwards van a ser el primer paso hacia un progreso social, todavía poco auspicioso.

Hay elementos metaficcionales que relacionan a la medicina del cambio de siglo con lo que Steven Soderbergh está tratando de conquistar cinematográficamente. Dirige todos los capítulos con el mismo innovador estilo, regido por una contraposición deliberada: la precisión de la representación histórica y una narración de corte moderno. Con una composición de colores prístinos y el score atmosférico de Cliff Martínez, que acentúan los agiles movimientos de cámara, en los que parece haber una suerte de ética funcionando, por la forma en que la escena comienza observante detrás de un objeto y vertiginosamente se va desplazando hacia los, a veces intrincados, diálogos entre los personajes, hasta las manos del cirujano operando sobre los órganos de un paciente –procedimientos que fueron realizados en una forma impactantemente realista- que se convierten en el lugar donde sucede la acción. Todo esto realizado con mínimos cortes de cámara en continuidad, a veces directamente sin cortes, en largos planos secuencia, que en su energía contenida parecen a punto de estallar en clímax, convirtiéndolos en microfilms que dan una sensación de durabilidad y muerte que agrega un nivel de seriedad superior a cada escena, como un violento acercamiento al pulso de la medicina.

Pero no todo es innovación en The Knick. El tour de forcé que es la dirección de Soderbergh en los primeros capítulos se empieza a disolver en guiones crecientemente predecibles que no dan la altura de la técnica con que la serie es realizada. Después de ese principio oscuro en el que el mentor del Dr. Thackery, el Dr. Christiansen (Matt Frewer), se suicida después de fallar en una cirugía de placenta previa, la serie se encamina hacia un caso clásico de adicción sobre la figura de Thackery, haciendo que eso que en el principio parecía agregarle textura al personaje termine por ser parte de un diseño arquetípico de antihéroe que equilibra sus vicios y excesos con sus talentos, una característica de estos personajes, entre los que se puede incluir a Walter White (Breaking Bad), y también al más complejo Don Draper (Mad Men), entre otros. Pero hay un extraño contrasentido en como Soderbergh se aprovecha de los espacios comunes del guion para hacer gala de su realización técnica, como si le resultara más fácil ser mejor cuanto más insustancial se vuelve el guion. Así todo se lo encuentra en su mejor forma, quizá la mejor desde The Limey.

Soderbergh se esconde detrás de estilos y géneros. Esta característica de deslizarse de un proyecto a otro completamente distinto, cambiando estilos en el camino, ha sacado lo mejor y lo peor de él, a veces en la misma película (la trilogía de Ocean), porque la acumulación de trucos narrativos no siempre ha sabido contar buenas historias. Camaleónico, proteico, no pone su nombre al comienzo de sus obras. Ningún proyecto parece inadecuado para él. Pero así todo hay una ansiedad por figurar, una necesidad de salvar lenguas perdidas y de contar historias simples de formas lo suficientemente complicadas como para hacerlas lucir especiales aunque no lo sean. No hay un patrón discernible. Algunas pequeñas obsesiones, algunas contradictorias fijaciones en el eje de sus historias, como ese claro contraste entre las biopics que hace sobre personajes idealistas y esas otras sobre artistas del engaño (pudo fundir estas dos en Contagio). Soderbergh acostumbra ser el underdog de su propia apuesta, y cuando él gana nosotros también.

El problema podría ser que cuando uno va a ver una de sus películas, no está en búsqueda de la profundidad humana, en cambio, estás preparándote para una demostración de lenguaje cinematográfico, ya que su grandeza no está en lo dicho ni en lo dramático, sino en su manera y gesto.

El director, que se propone nuevas reglas para cada obra, como si fuera un George Perec, es dogmático, pero muta de una doctrina en otra, sin advertencias o avisos, a veces en beneficio de la historia, otras por su propio entretenimiento. Esta vez en The Knick encuentra un relato sobre un personaje que se pone a la altura de sus propias innovaciones. El Dr. John Thackery, desafiando su propio bienestar físico, cayendo en un espiral adictivo solo para dar con la talla que su ambición demanda, mientras que el mismo Soderbergh, pragmático y prolífico, es un ejército de uno que centraliza el trabajo de cámara, dirección y montaje sobre su única visión. Pero tal vez en Thackery haya encontrado de una vez por todas a su álter ego. El maestro de la edición y la eminencia de la medicina. Creativos, individualistas, absorben las fuerzas de sus colaboradores en tareas fragmentadas que solo tienen destino en el diseño final de sus mentes (Soderbergh filmo The Knick como se hacen algunas películas, saltando la cronología, no solo de escena a escena sino, en este caso, entre episodios, de manera que todos los actores debían entrar en personaje sobre distintas partes de un guion de diez horas, solo para satisfacer el acelerado ritmo del director, que no conoce otra forma de concentrar su energía que a contrarreloj). Comparten las victorias de un experimento exitoso y los fracasos en los quirófanos donde realizan sus montajes. Puede que ahora, después de anunciar su retiro –aunque lejos de ponerlo en práctica-, el director haya encontrado un modelo de narración que pueda sanar sus defectos, aliviando la ambición de la multiplicidad de ángulos narrativos cuando no es necesaria para así poder hacer girar sus relatos entorno a un personaje principal, con una historia que no necesite ser contada solo por el beneficio de describirse a sí misma.