“Siempre es buen momento para el teatro”, entrevista a Marcelo Savignone

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Todos los domingos en La carpintería teatro, Marcelo Savignone dirige Ensayo sobre La gaviota, en la que también actúa. Nos encontramos en El Belisario Club cultural donde él da clases de formación actoral y tiene su propia productora teatral. Marcelo es rosarino; ya lleva dirigidas más de veinte obras y actuó en alrededor de treinta .

¿Por qué esta obra de Chejov?

Yo vengo trabajando con este autor desde el 2006: El vuelo, que era una combinación de Tío Vania con La Gaviota, luego hice Un Vania, y Matrioska en el IUNA donde combiné diferentes textos y personajes chejovianos. Después me inspiró montar La gaviota con la posibilidad de cruzarlo con El cuaderno de Trigorin de Tennessee Williams. La obra de Tennessee me dio la relectura de Chejov y me inspiró mucho. Chejov, además, es un autor que me permite hablar de mi presente. Siento que él tiene algo reconocible que trasciende una época.

Seguramente, Chejov tiene muchos temas con los que te identificás que son, además, los que recorren tu obra en general.

Sí, la frustración, el desamor ?que es un tema tan de ahora?, la infelicidad, la esperanza de parte de algunos personajes, ese lugar de la comodidad que no lleva a nada (algo muy de Chejov) son los primeros temas que me provocan. También esto de que nadie se hace cargo de su destino, de que se culpa al otro de lo que nos pasa. Eso es tan presente. Lo bueno del teatro clásico es que se vincula con cuestiones esenciales que no cambian. A mí no me interesa hablar de Rusia cuando elijo a Chejov ni hablar de Dinamarca cuando hago mi versión de Hamlet. Son cuestiones de vida, no de un lugar ni de un tiempo.

La gaviota se estrenó antes en España, ¿qué comparación podés hacer de las dos experiencias?

Estrené en diciembre, en una coproducción con España y con el apoyo de Iberescena. Fue la misma puesta, la misma escenografía y los mismos actores. Incluso el público mantuvo la misma reacción. Se conmovió lo mismo que acá. Eso me llamó la atención. Hay algo de la pieza, entonces, que trasciende la geografía y penetra en lo esencial. A veces no pasa eso con el teatro; en este caso también, al no tener humor, conmueve desde el mismo lugar. Eso es provocador e interesante.

¿Qué te aporta ser actor y director?

Me aporta la posibilidad de crear. Todo el tiempo hago modificaciones, miro los videos y cambio cosas porque el teatro se repite siempre para profundizar. Una obra se mejora con el tiempo. La obra, entonces, adquiere su punto más justo. Actuar y dirigir me conectan con el comienzo de la profesión de actuar, cuando los actores creaban sus propios textos. El teatro moderno, al separar los roles, hace que el actor olvide su arte y se transforme en alguien que, por ejemplo, termina vendiendo una sopa en una publicidad. El actor piensa, le pone el cuerpo a la experiencia. El cuerpo es un instrumento de creación. Empecé como actor pero la dirección surgió como una posibilidad de no esperar a que me llamen. Uno debe transformarse en alguien que genera sus propias obras porque el teatro es acción, son hechos.

Esta obra requiere cierto estado físico, ¿cómo te preparás?

Yo entreno el instrumento físico y el vocal. Canto, soy músico. Me baso en la ideología del cuerpo como instrumento y del ensayo diario. Hay danza, hay una coreografía, pero es un movimiento que viene del interior. La base está en lo que les pasa a los personajes internamente.

¿Hay improvisación en La gaviota?

No hay nada de improvisación. Yo improviso todo o nada; cuando trabajo con máscaras, sí; pero en esta obra, todo está milimétricamente calculado. Las coreografías son mías. Tuve una formación integral, no me baso en una sola técnica.

¿Definirías tu teatro como de experimentación?

Creo que va madurando. A veces uno siente que está haciendo una única obra y cada cosa que hacés forma parte de esa única obra. Uno va entendiendo cada vez más, agregando saber a partir de la experiencia. Lo que uno piensa del teatro se mejora cuando uno lo practica.

¿Creés que es un buen momento para el teatro?

Como siempre hay cosas para decir, cosas para mostrar, cosas para oponerse, entonces siempre es un buen momento para el teatro. El teatro puede decirle algo a una sociedad que quiere asomarse a la felicidad, pero también uno tiene hijos y siente que puede dejarles algo a ellos a través del teatro.

¿Qué te interesa transmitir como docente?

Me interesa que cada artista encuentre su camino. La tragedia, la comedia, el melodrama son solo pretextos para que cada uno se pueda encontrar a sí mismo. No me interesa una escuela donde todos actúen igual. Quiero que cada actor encuentre su propia expresión, que busque quiénes es en este mundo, dentro de lo que se pueda.

¿Tenés algún método especial?

No sé si un método especial; hay cosas que voy descubriendo, alimentado por lo que pasa en las clases. Todavía no tengo ninguna verdad y espero no tenerla. El método que pueda llegar a construir será cercano a lo que cada actor pueda construir por sí mismo. Me gusta la pedagogía del descubrir.

Y todo eso podría culminar en un libro.

A veces hay ganas, pero mi sensación es que todavía no tengo mucho que decir. En mis clases siempre hay alguien tomando nota. Estamos pensándolo, pero ya va a haber tiempo para el libro. Me encantaría poder compartir mi experiencia con los que no pueden venir al espacio de las clases. Cuando esté claro en mí, seguro que voy a escribir un libro. En este momento prefiero crear una obra nueva, en todo caso.

¿Cómo surgen tus obras más allá de aquellas en las que tomás textos clásicos?

Las obras salen de lo que se hace en el espacio. Me gusta ver lo que está detrás del juego, de las apariencias. El teatro me enseñó que, cada vez que entra un personaje, este esconde algo y que el personaje es una acción. Escribo mis pesadillas, mis miedos, mis sueños. Escribo con el cuerpo, en el ensayo. No escribo sentado a la computadora. A la dramaturgia teatral la hago ensayando. Me graban, me filman, registro los ensayos y de eso sale la obra final.

El intercambio con los actores es muy importante.

Hay un placer grande en la actuación cuando alguien da con algo más esencial, más sincero. Siempre en el espacio de ensayos surge algo porque las charlas que nos inspiran son sinceras. Al comienzo de cada ensayo, me gusta situar el día, hablar de cómo estamos, de lo que pasó el día anterior. Siempre sirve el dialogar y, por sobre todas las cosas, probar. Los actores somos los “brutos” en el buen sentido, no somos intelectuales, y esto significa que tenemos mucho que aprender. El teatro es aprendizaje constante. Hay una pulsión por aprender. En la medida en que podemos probar nos acercamos a lo que queremos lograr.

¿Qué repercusiones tuvo La gaviota?

Gustó mucho, tenemos críticas hermosas. %

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