Poco ruido y mucha música en una tarde de verano

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El espectáculo, que presencié el sábado 28 del mes pasado en la Catedral Anglicana, formó parte del V Festival Shakespeare, organizado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. El evento se desarrolló del 20 al 28 de febrero, constó de diversas actividades y tuvo escenarios muy variados y actores de prestigio como Michael Pennington y Norma Aleandro.

Ese sábado asistí a un espectáculo que se dividió en dos: la primera parte se llamó Mucho ruido en una noche de verano (con música renacentista ejecutada por el conjunto Laudate Dominum) y la recitación de la periodista Cristina Pérez, de distintos fragmentos de textos de Shakespeare. La segunda, dirigida y creada por Claudio Peña, con una impecable y contundente narración a cargo de Marcelo Delgado, se centró en una selección de textos de la obra Ricardo II, acompañados por los sonidos del ensamble de violoncelos Arre!, que incrementaba el dramatismo de lo narrado.

Cuando leo la definición de ruido, en el diccionario de la RAE, me encuentro con que es un “sonido inarticulado, por lo general desagradable”. Sé que el título elegido para la primera parte es un juego de palabras con dos obras del autor inglés: Mucho ruido y pocas nueces y El sueño de una noche de verano. Ahora bien, no puedo coincidir con que lo que escuché fue ruido porque no tuvo nada de inarticulado ni de desagradable; todo lo contrario, fue una obra bien lograda donde las palabras y la música se conjugaron en armonía. El ruido quedó afuera, en las calles, mientras los que estábamos adentro nos trasladamos a otros tiempos donde en lugar de escuchar las bocinas de los autos y los motores de los colectivos, se escuchaban los golpes de los cascos de los caballos contra el suelo.

Nos convocó el tiempo en aquella catedral colmada de gente esperando escuchar fragmentos de pasado resucitados en un presente aurático. Un señor que se sentó al lado de mí me preguntó: “¿Quién se casa?”. Antes de que yo pudiera explicarle que se trataba de un espectáculo, me interrumpió: “Era un chiste”. Es que yo no interpreto muy bien los chistes o reacciono tarde. Y sí, la verdad es que la catedral estaba llena como si se casara alguien importante. Y lo que se estaba casando aquella tarde era la música con la literatura.

La Catedral Anglicana San Juan Bautista ?ubicada en 25 de mayo 282?, preciosa pieza de patrimonio arquitectónico, se colmó de señoras y señores amantes de la cultura inglesa que ya habían estado en otras funciones y conferencias pertenecientes al Festival Shakespeare. De esto me enteré mientras estaba haciendo la cola e intercambiaba algunas palabras con estas personas que no querían perderse de nada, ansiosas por absorber hasta la última gota de un néctar exquisito que se acabaría ese mismo fin de semana. También, mientras estaba en la cola ?había dos, una para la gente que había reservado su localidad por Internet y otra para los que se presentaban espontáneamente? la vi pasar a Cristina Pérez, quien con su delgada figura, su prolijísima presencia y sus tacos altos, finitos (creo recordar que eran rojos pero me puedo equivocar) nos saludó a todos y se mostró sorprendida porque estábamos tan temprano formando fila para ir a escucharla. Es que Cristina ama a Shakespeare y ha estudiado sus obras. Su pasión se deja ver en unas palabras que toman cuerpo en sus labios e inundan todo su ser. Su expresividad y soltura al recitar conocidos pasajes de Shakespeare, tanto en español como en inglés, le permitieron captar la atención de toda la audiencia. Esta periodista, escritora y actriz sabe manejar tonos de voz, gestos faciales y corporales, miradas, sabe proyectarse.

Vuelvo a esta idea del tiempo como eje convocante: un viaje a la época renacentista y al teatro isabelino (donde también había música) y asimismo, una conjunción de dos tiempos: el lineal y el simultáneo. Pienso en el analista de los medios, Marshall McLuhan y en cómo oponía la cultura tribal a la del alfabeto. Una, la de la oralidad es auditiva y vive en la simultaneidad. La otra, la de la palabra escrita, sustituye el oído por el ojo y se vuelve secuencial, lineal. Pero aquella tarde la palabra escrita convivió con la palabra hablada, cantada y los sonidos de los instrumentos: la música invita a dejarse llevar, el texto invita quizás a ser releído en la intimidad para una mejor comprensión. La lectura es un acto individual; la recitación y la música implican lo colectivo, de algún modo, nos retribalizan.

Esta audición me permitió descubrir o redescubrir los siguientes pasajes:

Un texto tan poético y movilizante como el siguiente, de Ricardo II:

¿Oigo música? ¡Eh, eh, lleva el ritmo!
¡Qué amarga es la música dulce
cuando no se observa ritmo ni medida!
Así ocurre con la música del hombre.
Yo aquí tengo finura de oído
para advertir discordancias en la cuerda,
mas, respecto a la concordancia de mi reino,
no he tenido oído para oír mis disonancias.
Perdí el tiempo, y ahora el tiempo me consume,
ya que me he convertido en su reloj.
Mis pensamientos son minutos; con suspiros
marcan su andadura a la esfera de mis ojos,
adonde mi dedo, semejante a un minutero,
siempre apunta enjugándoles las lágrimas.
Pues bien, señor, los sonidos que indican la hora
son clamores que golpean mi corazón,
que es la campana. Suspiros, lágrimas, clamores
dan los minutos y las horas. Mas mi tiempo
corre apresurado en la alegría de Bolingbroke,
mientras yo tonteo aquí, muñeco de su reloj.
Esa música enloquece. ¡Que no suene!
Aunque ha devuelto el juicio a los locos,
yo creo que va a quitárselo a los cuerdos.
Sin embargo, bendito sea quien me la brinda,
pues es señal de afecto, y el afecto a Ricardo
es una rara joya en este mundo de odio.
Una canción de The english dancing master, editado por John Playford, que nos habla del canto como juego:

Heart’s ease

Cantemos despreocupadamente con diversión
y juego porque el pasatiempo es nuestro placer.
Si hacemos el bien no nos importa nada,
la alegría es nuestro tesoro.
Y un soneto clásico que confirma su belleza y su fuerza imperecedera ante mis oídos

Sonnet 116: Let me not to the marriage of true minds

Let me not to the marriage of true minds
Admit impediments. Love is not love
Which alters when it alteration finds,
Or bends with the remover to remove.
O no! it is an ever-fixed mark
That looks on tempests and is never shaken;
It is the star to every wand’ring bark,
Whose worth’s unknown, although his height be taken.
Love’s not Time’s fool, though rosy lips and cheeks
Within his bending sickle’s compass come;
Love alters not with his brief hours and weeks,
But bears it out even to the edge of doom.
If this be error and upon me prov’d,
I never writ, nor no man ever lov’d.

El tiempo de la música, aquel que enloquece o cura nuestras aflicciones, o el que nos hace danzar despreocupadamente y que se encuentra en oposición al tiempo que consume, descripto por Ricardo II. El tiempo fijo del amor que no se altera ni en las tempestades. Son todos tiempos que nos alejan de nuestra manera habitual de percibir el transcurso de los días y nos dejan detenidos, absortos, como una buena obra de arte debería dejarnos.