Fiamma Vigo: una argentina en el paraíso

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Como un colibrí palpitante, así era Fiamma Vigo. Pero al descompás de su frágil impronta física, esta ítalo- argentina potente y movilizada por una energía de mágica intensidad, signó una etapa del arte contemporáneo europeo creando escuela como galerista de vanguardia en Italia y Francia y como editora de la revista Numero. Arte e letteratura.

Hija de genoveses inmigrantes, Vigo nació en 1908 en Bahía Blanca, cuando esta ciudad se consolidaba tras el exterminio de la población originaria de la denominada “Campaña de Desierto”.

En 1912, progenitores y sus cinco hijos regresaron a Italia y se establecieron en Florencia, donde Fiamma inició cursos de pintura. En 1926 murió su padre y se trasladó a París con su madre, Anita Pisano, donde perfeccionó sus estudios. Tras varios años de residencia alterna entre Florencia y la capital francesa, regresó a Italia en 1936, prosiguiendo con su intenso trabajo como galerista, organizando exposiciones de carácter nacional e internacional. No obstante, mantuvo activa una pequeña galería en una cave parisina en la cual, entre otras, exhibió una de sus primeras muestras la pintora Hélène de Beauvoir (‘Poupette’, hermana menor de Simone).

Finalizada la guerra, Vigo se unió al Club de Arte – asociación independiente de arte internacional -, y en 1949 fundó la revista “Número.El arte y la literatura.” Dejó de lado su propia creación y se dedicó apasionadamente a la difusión de las artes plásticas y la literatura.

Como propietaria de la galería Número, en Florencia, se especializó en el arte abstracto, promocionando artistas de escasa notoriedad pero cuyo talento apreciaba y descubría al público, en una apertura notable a la investigación de vanguardia, interdisciplinaria y con un marcado carácter internacional. Mexicanos, italianos, estadounidenses y un amplio elenco de creadores ignorados por la crítica, fueron catapultados a la fama merced a su exquisita intuición.
Ha escrito el multifacético artista plástico Francesco Guerrieri: “En los años 50 la galería Numero era un crisol de juventud intelectual, inquieta y poco convencional, abierta a las experiencias y a la investigación artística, literaria y musical, muy de avanzada. Baste recordar nombres como Li Yuen-Chia, Giuseppe Capogrossi, Flora Wiechmann, José Guinovart, Sanguineti, Arnaldo Pomodoro, Vedova, Antonio Bueno, Alberto Moretti, Enzo Faraones, Vittorio Tolu, críticos de arte como Gillo Dorfles y Pierre Restany y tantos otros… Se hablaba francés, Inglés, alemán (también la revista), para enfatizar el clima decididamente internacional”.

Vigo fue expandiendo su arriesgada apuesta y en 1961 sumó una galería del mismo nombre en Roma y más tarde otras tres en Venecia, Milán y Prato, activas durante períodos dispares. En 1970 Numero, de Florencia, cerró sus puertas. Se trasladó entonces primero a Roma y luego a Venecia, donde mantuvo abierta su última galería hasta 1977, en un distinguido palazzo, última expresión veneciana del Stile Liberty (Art Nouveau).

Allí conocí a Fiamma en 1980, a sus setenta y dos años. Era menuda, plácida, luminosa. Fue una amistad tan súbita como intensa. Habitaba en la que fuera la oficina privada de Numero, desmantelada y decadente.
“Recibo una pensión para indigentes. Los acreedores expropiaron todos mis cuadros y el resto me lo robaron –comentó una tarde como al pasar, vertiendo té en las únicas tazas de primorosa porcelana escamoteadas al expolio – Es la vida, cara, es la vida”.

Surgió el proyecto común de que yo escribiera sus memorias. Desde mis primeras notas descolló su asombrosa retentiva mientras narraba retales de su existencia.

La casa natal en Bahía Blanca, vasta y algo aislada, que describía al detalle, como su primer viaje en tren, el olor a cuero y lana de las incipientes factorías… “Mi padre nos obligaba a resguardarnos al menor alboroto en las cercanías. Yo tenía mucho miedo de los indios –reía – y me escondía debajo de la cama”. Secuencia tras secuencia, iba emergiendo un universo fascinador habitado por personajes de su entorno histórico (Camus, Sartre, Boris Vian, Dalí, Peggy Gughenheim – con quien aún se visitaba esporádicamente -), decenas de semblanzas de seres, sucesos, sensaciones y emociones.

Fiamma era vidente, un ser que en su última etapa había devenido prácticamente inmaterial, al punto de que, al fotografiarla, el negativo se velaba al momento y su rostro se esfumaba. Durante la Segunda Guerra colaboró activamente con el maquis italiano localizando con su péndulo a partisanos desaparecidos. Hubo de buscar a su propio hermano José y lo detectó en Alejandría, malherido. Fue intercambiado por prisioneros y trasladado a Londres, donde murió en cuestión de días.

Nuestra última y extensa charla en su casa fue en vísperas de Reyes, la Befana italiana. Quise saber si esperaba un regalo. Los ojillos le brillaban como a una niña traviesa: “he pedido el peine más bonito. Quiero que mi cercano tránsito me encuentre bien peinada”. Y lo tuvo.

Tres meses más tarde, poco antes de retornar a Venecia, recibí una postal de nuestro común amigo, el pintor Aldo Bresciani. La habían hallado muerta el 5 de abril de 1981. Fiamma decidió marcharse de puntillas mientras dormía apaciblemente.

Tuvieron que transcurrir bastantes años para que recibiera un más que merecido homenaje. Mediante una laboriosa tarea de reconstrucción de su archivo, investigación y divulgación para rearmar su biografía, en el 2003 se inauguró en Florencia “Fiamma Vigo, una vida en el arte”, una muestra homenaje organizada por los Archivos del Estado de Florencia en colaboración con la Región Toscana y el Archivo de la memoria y la escritura de las mujeres.
Fue, según sus curadores, una tarea casi ciclópea, rastreando de múltiples fuentes dispersas documentos, revistas, programas impresos, artistas de su época, patrocinios y obras sobrevivientes.

Entre los documentos más valiosos destacó un portafolio con correspondencia de su madre y de “sus” artistas, que Fiamma consignara en mano a Bresciani (“cuídalo cuando yo haga mi tránsito”), y que éste aportó a los Archivos del Estado de Florencia.

Arrojaron luz sobre la vida de esta mujer extraordinaria, quien se elevó al Paraíso del arte a imagen y semejanza de su esencia inherente: la de un vertiginoso colibrí palpitante.

*Susana Guzner es psicóloga y escritora. Autora de la novela La insensata geometría del amor, (cuatro ediciones en castellano y traducida a varios idiomas); Punto y aparte; Detectives BAM; 72 juegos para jugar con el espacio y el tiempo y Aquí pasa algo raro. Es asimismo coautora de Que suenen las olas, Mein Lesbisches Auge, Voces en Lilith, No sólo duelen los golpes, Etc. Su obra figura en numerosas antologías. Colabora con diversos medios y portales literarios, feministas y LGTB. www.susanaguzner.com.