Las Catedrales del Futuro

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Las catedrales europeas fueron construídas bajo concepciones y prácticas muy diferentes a las de la arquitectura de hoy en día. En aquellos turbulentos y rancios años, el individuo (ese sujeto de derecho, ese ser biográficamente determinado como decía Alfred Schütz) no existía como lo conocemos hoy en día. Las veleidades de nuestro Yo burguesito son un invento de la modernidad. En la Edad Media los únicos Yo posibles eran los de la nobleza y los del alto clero. A lo sumo algún protoburgués, con muchas riquezas, podía acomodarse, merced a un vástag@ casader@, en alguna corte. El resto era un Todos que a Freud ni se le cruzó por la cabeza, ya que era un Todos inclusivo, un Todos sin un Yo. Las obras monumentales, fundamentalmente las iglesias, eran el trabajo de un gremio (un conjunto de talleres organizados de manera jerárquica) y allí no cabía la posibilidad de estampar una firma al final del trabajo. Eran construcciones que no se terminaban en el transcurso de una vida, sino de varias generaciones. Por lo tanto todo era dinámico, incluso los puestos que ocupaban los obreros. No existía la división actual entre arquitectos y obreros, las cosas eran distintas. En los gremios medievales se ingresaba como aprendiz y si se era perseverante se llegaba a Maestro.

Ahí están aún, como testigos de aquel pasado anónimo, las catedrales e iglesias de la vieja y ahora sí raptada Europa, una Europa que sigue protegida por el autómata de bronce Talos, cuyo nombre moderno es OTAN. En cualquier caso, las cosas cambiaron, o por lo menos eso pareció. El sistema burgués impuso su individualidad, sin la cual, hay que admitirlo, no seríamos lo que somos. Y así las obras, todas las obras artísticas (o casi todas) llevan hoy la firma del autor. Sea consagrado, novel o simplemente del montón.

Pero hay un nuevo mundo en donde aquel espíritu colectivo vuelve a manifestarse y si bien ya no existen los gremios medievales, las cosas en ese contexto tampoco se desarrollan de la misma forma que en las empresas capitalistas usuales. Ese ámbito no es, como se podria pensar, un espacio de nostágicos de la Edad Media, como aquel genial Ignatius Reilly de “La conjura de los necios”, dedicadas a roturar bosques en una comarca perdida. Nada que ver. Estamos hablando de la vanguardia tecnológica. Estamos hablando de software.

Muchos de los softwares que usamos todos los días están realizados bajo la modalidad de Código Abierto (en inglés Open Source). Sin ir más lejos, el navegador Mozilla Firefox, uno de los más usados en el mundo, está desarrollado bajo esa filosofía. Lo mismo que el procesador donde escribo esto, el OpenOffice. Esto quiere decir que muchos programadores anónimos alrededor del mundo escribieron su cuota de código, estamparon sus símbolos sobre el papel virtual y aportaron al desarrollo del programa. La mayor parte de los sitios web que navegamos están montados sobre un sistema que se denomina Apache. Esta aplicación está desarrollada bajo la modalidad del Código Abierto, es decir que aquí también aportaron su esfuerzo cientos de programadores de todo el orbe. Y lograron consolidar un software sumamente estable, de una complejidad notable y confiable en un cien por ciento. A su vez millones de sitios web a lo largo de todo el mundo están diseñados en sistemas tipo CMS (Content Management Systems), como el Joomla o el WordPress, que también y que valga la sagrada redundancia, son de Código Abierto.

Tal vez como internautas no somos conscientes de la enorme cantidad de trabajo que implica el desarrollo de los softwares mencionados. Son horas y horas de escritura y luego de prueba y debug (literalmente “sacar el bicho”, se refiere a la búsqueda de errores dentro del código fuente – el mito urbano sostiene que en las primitivas máquinas de la década del ’50, los insectos anidaban en ellas y causaban problemas -). La cantidad de horas y de personas involucradas no tiene nada que envidiarle a las catedrales medievales o a las pirámides, tanto del viejo como del nuevo mundo.

Una arquitectura de lo abstracto pero con consecuencias evidentemente prácticas. Una nueva clase de contexto virtual, que no sólo ya forma parte de nuestro entorno cotidiano, sino que amenaza en el futuro con ser el propio medio ambiente. Pase lo que pase en el mañana, el software ha llegado para quedarse. Una nueva forma de escritura que, de la misma manera que la vieja modalidad amanuense, parece estar dando forma al mundo cultural que los humanos nos construímos. Y en ese nuevo mundo hay un enorme espacio para el trabajo colectivo y por lo tanto para la esperanza.