Whiplash, música y obsesión

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En una de las maratónicas sesiones de grabación del Álbum Blanco de Los Beatles, Ringo Starr, al término del tema Helter Skelter, tiró los palillos de la batería y gritó desaforado: “I got blisters on my fingers!”, es decir, “Tengo ampollas en los dedos”. Ese grito primal, de dolor, quedó grabado y no fue eliminado de la toma que finalmente llegó al disco. Es fácil comprobarlo, solo hace falta escuchar el final de ese tema que anticipó, de alguna manera, el punk rock. Esta introducción, algo arbitraria, es quizás el concepto que gira en torno a la película Whiplash (2014) de Damien Chazelle, un joven director de Providence, que con su segunda obra —la primera se llamó Guy y Madeleine en un banco de parque (2009) otro filme que trata sobre el jazz—, obtuvo el reconocimiento de los críticos en el Festival de Cine de Sundance y cinco nominaciones para los premios Oscar, incluyendo el de mejor guion.

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Ser el baterista de una banda como Los Beatles era un honor pero también una presión continua. Si bien Ringo Starr no era un virtuoso al estilo Buddy Rich, dentro del círculo del jazz, o demoledor como John Bonham, en el ambiente del rock, era consciente de la importancia del sitial que ocupaba. Las ampollas en sus dedos eran solo el efecto secundario de haber llegado a ocupar el lugar del baterista más envidiado de la historia. Estar en la cima es aprender a vivir con la tensión, con la exigencia constante. Ser bueno y reconocido es lo que todo artista, de alguna manera, anhela para sí mismo.

La película Whiplash nos dice que ser bueno puede estar bien, pero que ser el mejor es la cumbre a la que uno tiene que estar dispuesto a llegar con sangre, sudor y lágrimas. “No hay dos palabras en el idioma castellano más dañina que buen trabajo”, dice Terence Fletcher, el director de la orquesta de jazz del Conservatorio de Música Schaffer de la Costa Este—un papel increíble de J. K. Simmons por el que ganó el Globo de Oro al mejor actor de reparto— aludiendo a que la autosatisfacción y complacencia son enemigos del progreso artístico.

El héroe, tomado desde el punto de vista de alguien que sobresale por encima de los demás, es de por sí un ser solitario. Debe serlo ya que no puede desviarse de su meta ni de su única misión que es brillar en el firmamento de los elegidos. Esto parece sugerir el baterista Andrew Neiman (Miles Teller) cuando mantiene una charla con su novia Nicole (Melissa Benoist) en el que le advierte que no puede empeñar su tiempo en un compromiso sentimental con ella, porque eso supondría una distracción que él no está dispuesto a aceptar. Es por eso que decide dejarla y alejarse, para dedicarse al único objetivo que lo acecha —no olvidemos que obsessio, del latín, significa asedio—: ser un baterista perfecto, es decir, sin errores, sin fallas, sin defectos…sin afectos.

Hay una anécdota dentro de la película que tiene al saxofonista Charlie Parker como protagonista —estamos hablando de una película de jazz— en el que el despótico director le cuenta a sus alumnos cómo nació la leyenda de Bird, el seudónimo con que fue conocido Parker en el ambiente de jazz. Al parecer todo se reduce a llevar al genio, cuando se encuentra latente, al límite. Eso le pasó a Charlie Parker cuando, después de no convencer al director cómo estaba tocando, éste le arrojó con un platillo de la batería que casi lo decapita. Al año de ese incidente, nacía Bird. Nacía la leyenda. La historia cuenta que Parker utilizó esa afrenta para transitar durante un año interminable y en silencio el camino doloroso hacia la perfección. “Si no le hubiesen lanzado con ese platillo no hubiera sido lo que fue”, dice Terence a su banda de músicos a modo de comentario pedagógico y para demostrar que llegar a la perfección equivale a sufrir soledades y renuncias de todo tipo. El resto, los que no están de acuerdo con eso, pueden conformarse con un desempeño decoroso, pero nunca serán más que un grano de arena en una playa infinita.

La misión de Terence es descubrir esa gema para pulir, el oro dentro del barro, entonces estaría dispuesto a arrancar la costra de mediocridad, a despellejar la piel de complacencia y a arrebatar todo rasgo de sentimentalismo malsano para que esa máquina perfecta —descubierta por él— maniobre sus compases como un mecanismo de relojería. Trata de encontrar un próximo Bird, un próximo genio luego de frotar y frotar la lámpara, aunque tenga que hacerlo con una esponja de acero y un sinnúmero de maldiciones en la boca. Ahora bien, la pegunta es la siguiente: ¿Es bueno renunciar a todo con el propósito de ser el mejor? ¿Es bueno dejarse avasallar por la obsesión de querer llegar a ser lo máximo en una escala en la que no hay límites preestablecidos? ¿No existen otras cosas que puedan darnos la serenidad de espíritu para ser felices sin llegar a la competencia absurda y feroz? ¿Hay que salir de la manada y demostrar-se cómo uno puede ser superior a los demás? Las preguntas son absolutamente radicales, podemos optar por una respuesta, o por la otra totalmente contraria o —por eso lo contradictorio y complejo del tema— estar de acuerdo con las dos.

Para el padre del joven músico —al parecer un escritor sin muchas luces— no tiene sentido inmolarse como lo había hecho Parker, quién murió a los 32 años víctima de su adicción a la heroína —estaba convencido de que su uso elevaba su calidad musical—, aunque luego de su muerte haya sido reconocido como uno de los mejores músicos de jazz de la historia. Su hijo Andrew opina lo contrario. Para él es mejor ser recordado, aunque eso pueda llevarlo al fracaso emocional, a la aridez sentimental y al aislamiento, que llegar a los noventa años y que al día siguiente su nombre se pierda en el anonimato.
El tema del renunciamiento pareciera ser uno de los hilos conductores que sobrevuela todo el film. Otros podría ser la fuerza de voluntad, la lucha entre el macho alfa y el macho beta, la ambición, la desmesura y la supremacía del más apto. Andrew tiene que dejar la sangre, literalmente hablando, en los blancos parches de la batería, en los palillos, en el piso, en las heridas abiertas que produce su propia obstinación. No en vano whiplash significa latigazo. ¿O acaso los cristianos del siglo XIII no se autoflagelaban con látigos de cuero para ser más puros, más santos, más perfectos?

Del maestro y el discípulo, de eso también trata esta película. Solo que en ocasiones, como la que retrata tan crudamente esta historia, el maestro se convierte en el verdugo, el que no soporta flaquezas ni lágrimas, el que ostenta la masculinidad hegemónica al resto y que nos hace recordar al sargento Hartman de la película “Full Metal Jacket” (1987) de Stanley Kubrick. Es lo que piensa Terence: la única manera de sacar a luz la grandeza de una figura es mediante golpes de cincel, como hacía Miguel Ángel con sus bloques de mármol. “La figura ya está allí”, decía el artista del Renacimiento, “solo hay que sacarle lo que sobra”. Eso es lo que quiere lograr el director con sus alumnos en general y con Andrew en particular, sacar lo que sobra. Intuye que el genio de Andrew está dentro de esa piedra sin pulir, de esa corteza que oculta lo mejor de sí y a la que hay que erradicar. Tiene que sacarle lo sobrante, a latigazos, a golpes, a gritos y cachetazos. Terence no se amilana, acentúa su empeño, su sed de encontrar un nuevo genio de la música. Y Andrew tampoco se amilana, quiere ser el mejor, lo que demuestra que la obsesión, como acto compulsivo, está en los dos lados, en el maestro y en el alumno. ¿Tiene Andrew pasta para semejante empresa? ¿Logrará demostrar su fuerza, su espíritu de lucha, su seguridad y su desafectación sentimental? Bueno, hay que ver Whiplash. Pura adrenalina. Uno se acomoda varias veces en el asiento durante la proyección, intranquilo, incómodo. A veces se pone del lado del discípulo. A veces se pone del lado del maestro. Siempre se ubica del lado del arte. Este es un caso. Una película tremenda y, por si fuera poco, con una banda de sonido excepcional.