Una de las perlitas del #OSCAR2015: Ida

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La libertad de elegir
Estrenada en el 2013 y habiendo obtenido innumerables premios en Europa, Ida – el film del polaco Pawel Pawlilowski se reestrena el jueves, y es uno de los valiosos trabajos que compiten con nuestro Relatos Salvajes– como mejor película extranjera en habla no inglesa, y como mejor fotografía. Y es de hecho una competencia muy leal.

Ida es una novicia a punto de tomar los hábitos, que fue depositada desde niña en un convento, porque sus padres fueron asesinados en la segunda guerra mundial. Antes de ordenarse, la madre directora le pide que vaya a conocer una tía, que en realidad en todos estos años nunca fue a visitarla. Por lo que parte de ese lugar de paredes grises, y de un minimalismo pictórico -a lo Pickpocket (Robert Bresson, 1959), o a lo Andrei Rublev (Andrei Tarkovsky, 1966)- en busca de ella. El encuentro con la mundanidad resulta en principio muy frío. Esta le explica que sus padres fueron asesinados, y le comunica a su vez su verdadero nombre y su origen judío. A la vez le demuestra que no le interesa estar con ella. Sabemos del sustrato católico un tanto severo en ese contexto, tanto en el exterminio, como en la apropiación de sus bienes a posteriori.
Wanda, la hermana de su madre, es una mujer hostil de una honestidad brutal, que ha sido jueza y a la cual la marca de la guerra le hizo perder un hijo -que casi no conoció- acontecimientos que no ha podido superar. Tan beatnick, como amante de la música de Coltrane. No obstante, a medida que estas dos mujeres se van conociendo la relación evoluciona emocionalmente, hasta que llega a un punto en que deciden ver dónde se encuentran enterrados sus muertos. El resultado de ese viaje al pasado, que es una road movie ética y espiritual, les permite alcanzar una unión afectiva con escasas y significativas palabras, que luego remitirán al giro determinante que tomarán sus existencias.
Rodada en blanco y negro, con una fotografía impecable, una ambientación fina y delicada, que remite a la Polonia de los 60 y con dos excelentes actuaciones, Ida, podría devenir como una competidora inteligente, sensible y profunda, que bucea en los sentimientos y sus ambigüedades. Las que remiten todo el tiempo a la posibilidad de hacernos cargo de nuestros actos y del camino que elegimos para vivir. Y allí la fe juega un papel más que preponderante. Porque supuestamente, todos estamos en este mundo para tomar decisiones correctas, porque tenemos ante todo el derecho de elegir, la responsabilidad de elegir, y los resultados de elegir. Pero en algunas ocasiones parece que no existen razones para vivir, aunque todos sepamos, que lo único irremediable es la muerte.
Ida es un film sin pretensiones, que es a su vez una cuidada y relevante propuesta estética, que reconocemos desde su primera escena, con una más que austera estrategia narrativa, tan poética como reflexiva. Tanto en el ámbito de la excelente recreación de su contexto histórico- político- social, como en la espiritual que lo atraviesa.