Hacete Hombre, Gonzalo Garcés

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Pienso que, al terminar de leer un libro, no hay que decir nada sobre él. Al contrario, hay que dejarlo reposar en el subconsciente para que al amparo de la distancia tome forma concreta. Solo después, si la reflexión lo amerita, vale la pena intentar explicarlo para que alguien más acceda a la trama que se formó en nuestra lectura. Por eso me asombra cuando me encuentro con críticas o comentarios sobre un texto que leí y no lo reconozco. Siento que me dieron otro libro o que por esta costumbre de ser un idiota nunca lo entendí.

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Es que la literatura tiene eso: muchas veces, se completa para bien o para mal según bondad –o pericia, mejor dicho–, del lector de turno. Mi problema en todo caso es que carezco de dicha pericia, y en el encuentro pugilístico con críticas ajenas tiendo a entregar toda la razón al forastero, sin importar que yo mismo –como cualquier lector– pueda llegar a tener más herramientas que el crítico de turno. Estimo que esto mismo le pasa al resto de los lectores de los diarios: creen en la autoridad del que les cuenta. Sin embargo sucede, sin embargo, que hace meses vengo leyendo comentarios variopintos acerca de Hacete Hombre, la novela ensayo de Gonzalo Garcés. No es el hecho de que conozca personalmente y en cierta profundidad –la profundidad de las charlas animadas– al autor del libro. No es tampoco la convicción de que creo conocer sus pensamientos sobre algunos temas. Es simplemente que el libro que leí yo, Hacete Hombre, insisto, pareciera ser otro libro completamente distinto al que reseñan, por ejemplo, Betina González y Bárbara Alvarez Plá (esta última, en forma de entrevista). En sus críticas, pareciera que Garcés habla solo sobre género en el sentido hombre-mujer, machismo-feminismo.

González le achaca a Garcés que solo dialogue con Simone de Beauvoir, a la cual considera, si no obsoleta, anacrónica en relación a estos temas, o al menos insuficiente o “rancia”, según la palabra que utiliza para describir sus textos. Dice que debiera recuperar otros estudios sobre género y profundizar en relación a tal o cual tesis más moderna, o simplemente abandonar la intención argumentativa en favor de la narrativa. Esto último parece más atinado, dado que la potencia de la historia que tan solo se sugiere deja inconclusas las expectativas que provoca. En cuanto a la falencia argumentativa, me parece un atributo más acorde a la crítica citada que al libro en sí. Basta decir que, en extremo sincrónico a mi gusto, Garcés habla largo y tendido sobre la hombría no solo en la literatura moderna sino también en las nuevas series de televisión, Breaking Bad y Mad Men, entre otras. En el colmo de lo actual, retoma a Beauvoir y la pone a discutir esta vez con Walter White. Pero de vuelta, toda reflexión puede ser reducida a una lectura equivocada, y al final de cuentas pareciera que el narcotraficante y la mujer de Sartre (sabrán perdonar el machismo de este epíteto), solo se dedicaron a ver quién paga la cuenta en el Flore.

“¿Es casualidad que hoy, cuarenta años después de esas derrotas memorables, cuando la llamada edad de oro de las series de TV entra en su tercer lustro, no haya entre las más populares una sola que no trate de la herida del macho occidental? ¿Qué veo en la primera escena de Breaking Bad? A un hombre que perdió los pantalones. Literalmente.”, dice Garcés en su primera exposición sobre esta serie. A partir de ahí, la hombría.

Volviendo a la crítica, en otra página aún más confusa, la periodista Alvarez Plá hace de su entrevista una forma del repudio. Pareciera que, ante la antipatía obvia que siente por su objeto de estudio, usó su espacio no para abrir un debate sino para darlo por concluido. Dice que el autor hace cualquier cosa por generar escándalo, y reduce las respuestas de su entrevistado hasta una brevedad no menos escandalosa que, por cierto, nada aporta sobre la discusión de género.

En lo personal, creo que Hacete Hombre no es tanto un libro sobre el machismo y el feminismo sino una exploración sobre géneros de otro tipo. Es una crónica que busca, en todo su recorrido, su propio lugar. Inscripta en la tradición (aun no tradicional) inaugurada por Bolaño, el libro intenta tener color de enciclopedia, de road movie, de novela tradicional y de ensayo. En este aspecto, el recurso de apéndices que iluminan de manera diagonal la historia prolonga el recurso que utiliza el chileno, por ejemplo, en “Los sinsabores del verdadero policía”, donde es el lector el que arma a su gusto el avance de la historia, basándose en narraciones, cartas, listas, etcétera. En la novela de Garcés, esto se ve en los capítulos en los que el protagonista/autor envía e-mails a distintos medios despotricando sobre todo (Capítulo 9: “Cosas de mierda -Borradores-“), o en los anexos donde hace listas arbitrarias o juega con sueños e ideas semi históricas (Capítulo 5: “El hijo del dictador -Notas para una novela-”). Ahí se encuentra otra de las hermandades de Garcés con Bolaño, en el fanatismo de ambos por las guerras o la historia bélica. De algún modo, en ese campo semántico se encuentra también el germen de la hombría tradicional, eso que, según la trama clásica, se ganaba en la batalla, superando las pruebas y volviendo a reclamar el amor de una mujer. Todos estos temas, por más que Alvarez Plá proponga que le interesan solo para generar escándalo, están en el universo filosófico del autor desde hace mucho antes.

En su novela anterior, El miedo, un Garcés recién divorciado ya se lo preguntaba: “¿Qué es la hombría? Vuelvo a preguntarme esto ahora que el oleaje de las emociones reales de los cuerpos me ha dejado desposeído de todos los atributos que alguna vez pensé que eran los de un hombre: familia, sentido del deber recompensado, resistencia, coraje frente a la violencia, sacrificio, remordimiento, insomnio. (…) La hombría –temí entonces– requería prescindir de algo que yo no podía permitirme perder, porque era el lenguaje en el que mi vida ahora se contaba, y yo había olvidado hasta la existencia de cualquier otro. Si el verbo se hizo carne y descendió hasta el sufrimiento de los hombres para quedar bien con los hombres, entonces Cristo no era un hombre. El metódico pigmeo de los arbustos que acecha a su venado, lanza en mano, con su estratagema calibrada de principio a fin, no es un hombre. El padre de familia que se revienta el lomo de sol a sol y entra, con paso desmejorado y virtuoso, a su casa a oscuras, no es un hombre. El cogedor compulsivo no es un hombre, como tampoco lo es el santo que se masturba por cortesía. El escritor argentino que mueve con cuidado sus piezas por el damero, sin desatender el reloj que hace tic-tac en la pared, y se pregunta qué habrían opinado Lamborghini o Walsh, no es un hombre. El visigodo que empuña la espada por su jefe, el hombre de tal y tal, el que perfora con paciencia la pared para meter un tarugo, el montonero arrepentido, el que no se arrepentirá, el acordeonista de barrio que se vigila los dedos, el adúltero que busca en el cielo raso del telo un espejo para mirarse el pito, el chequeador compulsivo de emails, el impaciente, el sordo, el creador de sitios web para fanáticos del ping-pong, el afilador de cuchillos que bendice cada noche la foto de su padre, no son hombres. Yo creo que esto es así. Pero qué cosa es un hombre era un problema que en nuestra vida de la rue du Chevalier de la Barre había quedado para otra vuelta”.

Y esa otra vuelta, un tanto más lejos de la ficción, llegó ahora en su siguiente libro, pero de modo tal que las ventanas siguieran abriéndose en vez de cerrarse. Es la intención de los hombres inteligentes, la intención que también quería atribuir a su literatura Roberto Bolaño, a quien Garcés honra con maestría y con pluma aún más filosa. Como definió algún lector en Facebook, al libro se lo podría llamar novelayo, si es que el neologismo no fuera tan estrictamente horrible. De todas formas, está bien la intención. Si la novela se hubiera llamado como el autor cuenta que le propuso Abelardo Castillo que la llame, “Hacerse Hombre”, sí podríamos hablar de una novela clásica de educación sentimental. El autor sin embargo se decidió por la versión más chocante, casi violenta, de Hacete Hombre. Ahí marca la distancia, en su primera y fundamental renuncia estilística. El título es el primer gesto ensayístico, polémico, con claras intenciones de indagar. Porque si de algo sirve la incomodidad es que despierta, que nadie se queda dormido con un codo en la cara. A partir de ahí, la búsqueda. ¿Qué es mi libro?, se habrá preguntado Garcés mientras lo escribía. Tenía su respuesta a mano: es una exploración. Como la hombría, los géneros literarios tradicionales también desaparecieron; como la hombría, uno también se tiene que preguntar qué son sus libros.

Ninguno se ciñe a lo que los códigos originales le indican, entonces un ensayo no tiene por qué prescindir de la ficción, ni la ficción del ensayo. Por este camino mis aportes no pueden ser más que obvios, los de Hacete Hombre sin embargo son más fructíferos. ¿Cómo ilumina una historia la interrupción del largo postulado sobre Breaking Bad, propuesto aquí no al estilo de las exposiciones de Cortázar o Kerouac sobre el jazz por ejemplo, sino en un claro ejercicio de obsesiva reflexión? Solo lo pueden responder de a uno los distintos lectores. Lo que es yo, prefiero la versión narrativa, primero porque no vi Breaking Bad, segundo porque la potencia poética de la prosa de Garcés me parece concluyente de por sí. Ya lo dijo Bolaño, hay libros bien escritos, y libros mal escritos. Qué cosa es cada uno de ellos importa menos. Hacete hombre es definitivamente un libro bien escrito, que además, sino multitudes, contiene lenguajes diversos. Como la hombría, que ahora usa perfume francés y se depila las cejas, este libro ayuda a la literatura contemporánea argentina a dejar atrás la obviedad.

Ficha técnica

Gonzalo Garcés, Hace hombre, Marea Editorial, 184 págs.