El viento en un violín, de Claudio Tolcachir

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“No busco consuelo, busco entender que la vida pende de un hilo, pero que si ese hilo aguanta qué importa que penda de un hilo.” Pablo Ramos

Lo trágico puede ser tan cómico. Que esos dos términos se choquen (comploten, se confundan) es más que un gesto, es una decisión dramatúrgica, un registro de actuación, una búsqueda en los bordes de lo posible y también un riesgo. El viento en un violín es definida como “la comedia feroz de Claudio Tolcachir” y como tal logra moverse con ritmo y solidez por los intrincados caminos de la carcajada confusa o de la risa nerviosa. Esa contrariedad se impone porque lo que ocurre en escena es tan terrible, doloroso y patético que reír es (casi) la única salida.

En este juego de contrarios que se desarman, la obra oscila también entre su profunda intensidad poética y su anclaje en el lenguaje cotidiano, en un verosímil crudo y arraigado a los sentidos del espectador. Va desde “Todo lo que veo está en tus ojos” a “¿No querés un sanguchito?”, de un haiku a una puteada. Ese vaivén no resulta forzado sino, más bien, armónico y colabora con la belleza total de la pieza.

En el espacio también podemos verificar esa dualidad. Desde el comienzo confluyen en escena dos territorios, en principio, claramente delimitados: La casa de Mecha (Miriam Odorico), una mujer que clase media que hará cualquier cosa para que su hijo alcance la felicidad, ligada al consultorio del psicólogo (Gonzalo Ruiz) de Darío (Lautaro Perotti) y la casa de Dora (Mimí Rodríguez), la empleada doméstica de Mecha que hará lo propio para proteger a su hija Celeste (Tamara Kiper) y quizás también a su pareja (Inda Lavalle). Lo notable es que todos esos espacios coexisten simultáneamente y la ausencia de paredes visibles que los dividan (Darío observa: “Es rarísimo. Porque no hay paredes que nos separen.”) parece anunciar otro tipo de cercanía. No son tan distintos. Están igualmente desesperados, igualmente dolidos. Su accionar pone en jaque cualquier estamento social porque lo que prima es el deseo y la carrera desenfrenada (pero también amorosa) por alcanzar su satisfacción.

En varios pasajes se hace alusión a la “normalidad”, a la necesidad de serlo, de que los demás (los nuestros) lo sean.  Pero qué es ser normal cuando el mundo se muestra hostil y la vida pende de un hilo. En esa cornisa, en la fragilidad, se mueven los personajes y son enfermos, lesbianas, incapaces, violentos, brutales. Viven a destajo porque las supuestas reglas los arrojan del mundo. Pero ellos quieren pertenecer y ser felices aunque esa felicidad sea imperfecta y en esa búsqueda se les va la vida. Felices los anormales…

El viento en un violín, entonces, desbarata las oposiciones tajantes, se mueve con soltura por la contradicción, por el miedo, por el sinsentido. Nadie es ni tan bueno ni tan malo. Todos son lo que pueden construir desde su propia fortaleza o fragilidad.

Una última cosa. Una última virtud (aunque quedan, seguro, muchas otras). El viento en un violín logra una rareza (que comparte con su hermana mayor, La omisión de la familia Coleman): llevar lo mejor del llamado teatro alternativo al teatro comercial, no sólo el trabajo cooperativo sino también la potencia de los cuerpos, de la actuación, de la dramaturgia, una fuerza inusitada en ese circuito. Sin duda, hacen la diferencia. Ojalá sea contagioso.

 

 

Ficha Técnica

Actúan: Mimi Rodríguez, Tamara Kiper , Inda Lavalle, Miriam Odorico, Lautaro Perotti , Gonzalo Ruíz ,Libro y dirección: Claudio Tolcachir,Asistencia de dirección: Melisa Hermida,Diseño de luces: Omar Possemato, Diseñadora gráfica: Johanna Wolf, Escenografía: Gonzalo Córdoba, Prensa: Marisol Cambre, Equipo de producción Timbre4: Carolina Fischer, Natalia Mesía, Producción: TEATROTIMBRe4 // Maxime Seugé y Jonathan Zak. Funciones: Viernes 20hs | Sábados 22.30hs | Domingos 21.30hs, Paseo La Plaza | Sala Pablo Neruda | Corrientes 1660 | CABA. Entradas a la venta a través de  Plateanet | www.plateanet.com | 5236-3000. En Facebook: El viento en un violín – Oficial