Alan Turing vs Steve Jobs

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Una reivindicación de Alan Turing, padre de las computadoras, hombre de ciencia y humanista de principio a fin.Alan Turing y la manzanita de colores de Apple

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Cuando falleció Steve Jobs, el fundador de la empresa Apple, los medios de comunicación reflejaron con mucho pesar su desaparición y ponderaron positivamente su papel activo en la importancia que posee la computadora hoy en día. Incluso he visto con mis propios ojos a conductores de noticiero conmovidos por su muerte y lamentando la gran pérdida para la humanidad que significó la partida del magnate.

Steve Jobs pasó el último año de su vida tratando de destruir el Android, un sistema operativo para dispositivos móviles, de código abierto, es decir gratuito, que competía con el de su producto iPhone. Steve Jobs era un empresario y su moral era similar a la de Arturo Ui o a la del señor Peachum, ambos personajes de dos obras teatrales de Bertolt Brecht, “La evitable ascensión de Arturo Ui” y “La ópera de tres centavos”; la primera que muestra el ascenso de Hitler y la segunda que trata de un burgués que posee una empresa de mendigos. Es decir un claro ejemplo de la moral capitalista. Steve Jobs tuvo problemas hasta con el nombre de su empresa ya que era similar a la famosa productora musical de Los Beatles; allí también tuvo una derrota en los tribunales.

Con respecto al logotipo de Apple, la manzanita de colores mordida, se tejen muchas historias sobre su significado. Las referencias apuntan a un homenaje a Newton, al símbolo del conocimiento en la biblia o al mordisco de Eva. No podemos saber cuál de la causas es la verdadera o si todas concurrieron o si ninguna de ellas tuvo vinculación. A mi la que más me gusta es la que remite a Alan Turing, ya que no sólo nos trae el recuerdo de uno de los padres verdaderos de la computación, sino porque su biografía es también la de un héroe. Un héroe del siglo XX. Su final, ignominioso, tuvo hace pocos años, un poco tarde, una disculpa pública del primer ministro inglés Gordon Brown, por el trato inhumano al que fueron sometidos él y tantos otros, debido a las leyes homofóbicas que aún tenían vigencia en la década del ’50.

Alan Turing fue uno de los científicos más importantes de todos los tiempos. Británico, nacido en la segunda década del siglo XX, fue un matemático, un deportista casi profesional, un héroe de guerra y un mártir de los derechos de las minorías. Tal vez no tenga tanta publicidad como Albert Einstein, pero su influencia en la vida actual, cotidiana, es aún mayor.

Dentro del campo del deporte, Alan Turing compitió por un lugar en el equipo olímpico de maratón para los juegos de Londres de 1948. No pudo clasificar, pero el sólo intento habla a las claras de alguien para quien el deporte era una actividad realmente importante. Para este reconocimiento ya existe un movimiento que reclama que la maratón de los juegos olímpicos del 2012, que coinciden con el centenario de su nacimiento, lleve su nombre.

Como científico sus logros fueron múltiples y en muy diversos campos. El desarrollo teórico de la máquina de Turing, en la década del 30, implicó la descripción formal del proceso de computación. Fue como una suerte de semilla matemática para todas las computadoras que se construyeron realmente, incluyendo las actuales. El dispositivo ideado era simple pero muy poderoso, tan poderoso que todo lo calculable y lo computable caía dentro de sus funcionalidades.

Una idea que parece salida de un cuento de Borges. La máquina de Turing consta de una cinta infinita, dividida en celdas, con un cabezal que tiene la habilidad de leer lo que hay en la celda, borrar, escribir o moverse para adelante o para atrás. Las acciones del cabezal están dadas por una tabla de valores o estados, externa a la cinta, que utiliza para compararlos y para realizar cualquiera de las acciones descritas.

Lo que probó Turing, mediante una serie de teoremas, fue que con este sencillo mecanismo es posible realizar cualquier tipo de cálculo o computación, tanto en el orden de las matemáticas como en el de la lógica. En términos técnicos definió la computación universal y así abrió el portal que llevó al mundo conectado como lo conocemos hoy.

También fue uno de los pioneros de la inteligencia artificial. Reflexionó sobre la posibilidad o no de distinguir a las máquinas de los seres humanos, escribiendo, en la década del ’50, su célebre Test de Turing. Allí, en base a un juego de preguntas y respuestas que anticipa en 40 años al chat, se intenta averiguar si del otro lado el que responde es un ser humano o una máquina. Este tipo de cuestiones son las que dieron pie a la inteligencia artificial y al duro debate interno entre los partidarios de los sistemas expertos y los militantes del conexionismo. Cuando se piensa en robots vienen a la memoria los replicantes de Blade Runner o la robotina de los Supersónicos o tal vez C3PO o R2T2 de la Guerra de las Galaxias. Sin embargo, los robots son, esencialmente, piezas de software. La Internet está llena de ellos. La principal dificultad para su construcción radica, como dijo Marvin Minsky del MIT en la Feria del Libro de Buenos Aires en 1996, en que piensen como seres humanos y no en que expresen los sentimientos. Citando a Aristóteles sostuvo que los sentimientos se comparten con el resto de los animales, al menos con los mamíferos, mientras que la razón es exclusiva del Homo sapiens.

Pese a su corta vida, Turing tuvo tiempo para desarrollar formalismos matemáticos que hoy en día son parte de la base de las teorías de la complejidad y del caos. Su interés estaba puesto en las formas que adquiría el desarrollo celular o en su forma más sistémica, en la morfogénesis.

La recurrencia de la serie de Fibonacci en las estructuras vegetales lo intrigaba profundamente. Esta sucesión surge de tomar como punto de partida al 1 y al 1 (dos veces el 1, se repite) y a partir de allí, cada número se va componiendo como la suma de sus anteriores. Por ejemplo: 1, 1, (1 +1)2, (2+1)3, (3+2)5,(5+3)8, etc. Si se toma cada número y se lo divide por el anterior, a medida que crecen, la función se acerca al número áureo, 1.618(…). Este número fue muy importante en la arquitectura antigua de Grecia y aún hoy gobierna nuestras proporciones. Turing dedicó los últimos años de su vida a esta clase de desarrollos, que permanecieron inéditos hasta la década del ’90.

Por si esto fuera poco, durante la Segunda Guerra Mundial, participó como parte del equipo de encriptólogos que trabajaban para las fuerzas armadas británicas. Su trabajo ayudó a decifrar al Enigma, la máquina para mandar mensajes encriptados del ejército Nazi. Su descubrimiento se transformó en una de las piezas clave para la derrota fascista, ya que los aliados podían, merced a este logro anticipar las jugadas de los ejércitos del Eje.

El final es propio de la inquisición trasladada al siglo XX. Casi de cuento de hadas sin final feliz. En una denuncia por robo que realiza en el año 1952, tenía 40 años, admite su homosexualidad, por lo que es inmediatamente procesado por la justicia del Reino. Luego del juicio fue condenado a la opción de elegir entre ir a la prisión o someterse a un tratamiento químico para bajarle la líbido. Escogió las inyecciones de estrógenos, lo que le provocó cambios perjudiciales tanto en lo físico como en lo mental. Un año después de comenzado el tratamiento murió a causa de una manzana que mordió. La fruta estaba completamente envenenada con cianuro, apenas dio un mordisco. La justificación oficial habló de suicidio. No fueron pocos los que plantearon la hipótesis del asesinato, por la exagerada cantidad de cianuro que poseía la manzana. Poco antes de morir escribió un falso silogismo, una especie de haiku que resume su postura con respecto a la sociedad, a su trabajo científico y a su condición de homosexual: 1 Turing cree que las máquinas piensan. 2 Turing se acuesta con hombres. 3 Las máquinas no piensan.

Con algunas de estas ideas, Steve Jobs hizo dinero, mucho dinero. Por suerte, somos muchos más los que con esas ideas, seguimos haciendo ciencia.

Publicado en Leedor el 16-1-2012