Sobre “76 Un clásico + dos cuentos nuevos” de Félix Bruzzone

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¿Qué conocía yo del autor, antes de este libro? Prácticamente nada. Bah, lo venía siguiendo por Facebook en sus impagables crónicas pileteras (me había llamado la atención el título de su novela “Barrefondo” y ahí me enganché) y también de las otras, las del tren, acá o acullá, o sea lo venía siguiendo en su escritura. Y también en el hecho de que el señor (va para los 39, recién o ya, depende) dicta talleres para que una, que aspira a escribir para que otros tengan ganas de leerlo, vaya. A mí me quedan lejos y me dan miedo, además. Si es cuestión de confesar, como dice la colombiana…El asunto es que, habida cuenta de que Momofuku es una editorial que me interesa (autores bastante jóvenes y noveles argentinos, temáticas diversas de las que no quiero quedarme afuera) y que justo, justo, salió esta nueva edición del viejo libro de cuentos del hombre, me lo compré. Y lo leí. Claro, no son las breves crónicas que una lee por estos lares. Son unos señores cuentos. Digo, hay un estilo que te lleva. No me preguntes cuál es, o cómo es. Descontracturado. Desenfadado. Tierno a veces. Muchas otras, cruel.

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El primer cuento, fijate, “En una casa en la playa”, es el discurso directo de un chico de ocho, nueve años, contado en presente, y también es la historia de tres chicos de entre nueve y doce años. O un texto donde se habla de padres muertos. Varios. O del despertar sexual de estos chicos a través de la metáfora de una revista porno…También está la abuela, que hace las veces de madre. Y de golpe, siempre, irrumpe y te hace un nudo en el estómago:

“Cuando mi abuela me contó lo de mamá, que ella y la mamá de Ramiro eran tan amigas, que averiguar lo que les pasó es muy difícil, pero hay que hacerlo, que hay tiempo, que tengo toda la vida para eso, yo me puse así, nervioso, porque toda la vida puede ser algo muy largo”.

 

El segundo es “Unimog”, sí, así se llama, y el protagonista, que perdió al padre (en Córdoba, ponele, ca. 1975), se obsesiona y se lo compra, sí, un Unimog porque su padre había manejado uno y emprende un periplo del héroe en busca de…Y el registro es distinto, esta vez hay una narración muy mechada por los diálogos y una especie de esperanza, al final. Por ejemplo:

 

“Después, él intentó explicar que su padre había manejado un Unimog y que el Unimog que él había comprado era, en cierto sentido, el que había manejado su padre. Dijo que había que abrir la puerta a los demonios del camión…”

 

 

En “Otras fotos de mamá” (andá a saber por qué, me viene un dejà vu de Cortázar y algunos cuentos de “Bestiario”, con el título nomás, no es una cuestión de estilo, o sí, qué sé yo), lo que te cuenta está en otro lado…Por ahí por eso son “otras fotos”. Porque el quid de la cuestión es siempre cómo te lo cuenta. De un modo tal que se hace imposible dejar de leer.

 

Y todo está atravesado, claro, por el hecho de que Félix es hijo de desaparecidos. Padre y madre. Pero el modo en que este autor resignifica estas pérdidas en todo lo que escribe es una novedad, al menos para mí como lectora. Otros signos, otros símbolos. Miren “Fumar bajo el agua” (por alguna razón el título me recuerda a “Nadar de pie” de la tipa Sandra Camino), que empieza:

“En marzo del ’76 desapareció papá. En agosto nací yo, el 23. Y en noviembre, dos días antes del nacimiento de mi prima Lola -con quien me casé a los 27-, desapareció mamá. Mi tío Hugo . padre de Lola- dice que en el ’78 yo, frente a una TV recién comprada, ya gritaba “tin-tin-tina”…”

 

Imaginate la cantidad de información que te zampó, de un saque, en los cuatro primeros renglones del cuento. Y no te dijo nada. O ya te lo dijo (casi) todo.

 

Bueno, tampoco es cuestión de “spoliear”, como dicen hoy, el libro de marrás. Son diez cuentos, y “2073”, el último, podría ser una nouvelle. Cualquier cosa, van y se lo compran.

 

Silvina Rodríguez tiene mucho más que contarnos desde su facebook en Tierra de Libros.