Los límites del relativismo

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relativismoA raíz de la masacre de Charlie Hebdo, se generó un debate acerca del límite de la libertad de expresión y del alcance del relativismo. Entendemos, porque somos bienpensantes, que la condena contra el atentado es unánime y que el debate surge a raíz de dudas legítimas acerca del punto de vista del otro, de la caracterización que se hace de ese otro y también de la valorización que se propone. Es cierto y hay que decirlo, que no necesariamente nos parecieron graciosos los chistes que se publicaban. Que se pueden considerar ofensivos y carentes de humor. Pero nuestra premisa es que no hay ofensa que admita una represalia violenta.

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La libertad de expresión es un concepto moderno, surgido a finales del siglo XVII en Europa Occidental y como una reacción al oscurantismo medieval eclesiástico y al despotismo nada ilustrado de reyes y señores. Fue un componente central de la revolución burguesa que impondría el capitalismo y un avance sustancial en términos de conquista de derechos. La burguesía no contaba con la posibilidad de obtener legitimidad invocando a Dios, sólo podía apelar a la igualdad del género humano. El resultado es un sistema económico esencialmente injusto, pero que políticamente se basa en la igualdad y en la libertad; en términos comparativos con la propia historia de Europa, el sistema republicano es mucho más vivible que lo que era el sistema medieval.

Pero eso no quiere decir que sea el mejor mundo posible, todo lo contrario, sus miserias se muestran a diario. Un claro ejemplo lo tenemos con el tema, justamente, de la libertad de expresión. De un derecho con profundidad filosófica inalienable, pasamos a una cuestión de empresas. Hasta la aparición de internet, sólo publicaba quien tenía dinero. La tecnología, en este sentido, nos abre una nueva puerta en donde ese concepto se da por defecto. Casi que no tiene sentido discutirlo cuando es imparable lo que se publica en la web. Pese a ello, su raíz filosófica es una de las herencias más interesantes de la cultura occidental. Su límite, en un estado de derecho burgués, debe ser el marco de legalidad, es decir la comisión de un delito.

El relativismo, en antropología, surgió a comienzos del siglo XX, como una reacción a los paradigmas evolucionistas dominantes en el XIX. Estas teorías planteaban que la civilización de la Europa Central era el punto cúlmine de la humanidad, hacia donde deberían tender el resto de las culturas del mundo. Un fenómeno que en antropología se conoce con el nombre de “etnocentrismo”, particularmente en este caso “eurocentrismo” y que aún hoy afecta al continente. El relativismo desnudó el carácter cultural (y por lo tanto arbitrario) de las pautas sociales europeas, al contrastarlas con las de las sociedades etnográficas. La propia Europa Occidental se vio cuestionada, primero por los movimientos sociales que desencadenaron la Revolución Rusa y luego por la Primera Guerra Mundial que dejó en claro el grado de irracionalidad del sistema capitalista. Desde las posturas relativistas, hoy aceptadas masivamente en la academia, se sostiene que no tiene sentido juzgar a las culturas sin tomar en cuenta sus contextos, tanto materiales como simbólicos, y los procesos históricos. La idea de una evolución unlineal se derrumbó rápidamente; cada sociedad posee su propia trayectoria de acuerdo a sus intereses, a sus posibilidades y a sus relaciones con el medio ambiente y con otras sociedades.

Pero el relativismo tiene límites. No puede llevarse al extremo. No puede justificar lo inadmisible. Como dice Carlos Reynoso, el relativismo no supera la prueba política. No se puede justificar el nazismo porque era parte del Ethos y del Eidos de la Alemania de la década del ’30. Del mismo modo no puede justificarse la ablación del clítoris que se practica en algunos pueblos africanos porque hay un contexto que lo valida y aún mujeres que lo promueven. Ni debe relativizarse el sacrificio humano que realizaban algunos pueblos americanos precolombinos aún cuando se considerara un honor tener ese tipo de muertes.

Las culturas humanas no son perfectas. Ni la propia ni la ajena. Las culturas son entidades sociales esencialmente dinámicas, que cambian todo el tiempo. Incorporan conductas ajenas, deshechan otras y crean y resignifican algunas más. No hay culturas puras, sólo núcleos de identidad con una cierta estabilidad temporal. Un equilibrio inestable donde existen disputas internas, intereses opuestos y posibilidades de transformación diferenciadas. En el reconocimiento de ese cambio se funda el respeto por la identidad ajena. Es allí, en el contacto con las otras culturas, que la propia se desarrolla y se enriquece. Desgraciadamente los hechos y las reacciones no parecen entender ese camino y sostienen una represión interna y una estigmatización del otro, que sólo puede llevar a engendrar más odio.