La boca seca, Marcelo Carnero

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Literatura de alto vuelo y el hambre rasante, el signo y el cuerpo, el tacto de la carne y la inasible imagen poética. La boca seca (Mardulce 2014), primera novela de Marcelo Carnero, oscila de un extremo a otro sin ninguna solución visible, salvo una estrella roja, acaso un milagro, guiando los cuerpos devastados por esa máquina de triturar hombres, mujeres y niños, que resulta ser la sociedad retratada a lo largo de las 170 páginas de la novela. Mejor dicho: no retratada, sociedad más bien alucinada, producto de una imaginación desmesurada que anuda con notable talento lo atroz a lo sensible, la magia a la ciencia, el pasado colonial al futuro tecnológico.

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Y es que La boca seca es una novela distópica, que sitúa al lector en un tiempo impreciso entre la brutalidad feudal y el igualmente brutal progreso de la ciencia y la tecnología. Tecnologías de castigo, diría Foucault, técnicas de sumisión y control, economías destinadas a maximizar la eficacia en el uso de la fuerza vital de cada cuerpo. Las imágenes de esta novela parecieran recoger los ecos crudos de aquellos planteamientos foucaultianos, como si se tratara de una advertencia o incluso de esta realidad: la esclavitud no sólo es un recuerdo terrible del pasado.

En medio de un ambiente tan hostil como inexplicable ?cuyas causas nunca se entienden del todo? dos esclavos, la bruja Vivi y el negro Amador, emprenden una fuga con el fin de proteger a la negra Milagros, quien, aquejada de delirios febriles, es monitoreada muy de cerca por Correa, el terrateniente que los mantiene en cautiverio. Esta fuga es el desencadenante de la trama y el hilo dramático que atraviesa toda la novela, a lo largo de la cual irán apareciendo y desapareciendo personajes tan oscuros como fascinantes que de alguna manera revelan la situación de fondo. Revelan, digo, de alguna manera:

“?¿Qué clase de mierda es todo esto en lo que estamos metidos? ? preguntó Barredo rechazando la botella?. Quiero que me lo aclare ya.
El Mariscal dudó un segundo.
?Es mejor así, Inspector. Usted no tiene idea y le aseguro que no querrá tenerla”.

A lo largo de toda la novela hay un diálogo constante entre la prosa siempre ágil que mueve la anécdota y el pulso poético que crea esa atmosfera atroz y deslumbrante. Es como si el orden sintáctico de la prosa dejara siempre un hueco (una pregunta) en la trama; un hueco que es llenado por el aliento de la poesía, como si las acciones de los personajes de la novela se resolviera siempre en la imagen, en la metáfora. Nunca sabemos en qué clase de mierda estamos metidos, mejor dicho: sabemos en qué clase de mierda estamos metidos, pero nunca sabemos los porqués. La lógica causal de las acciones siempre queda rota en el trabajo del lenguaje que el autor despliega a lo largo de la novela. A ello quizás se debe la inquietante sensación de ambigüedad, de fragmento o irresolución que deja su lectura.

Bien mirado, se trata de un procedimiento, digamos, clásico, si se toma en cuenta aquel postulado teórico según el cual aquello que se cuenta no difiere en nada de la forma en cómo se cuenta. O, dicho de otro modo, la tesis según la cual no existe diferencia entre materia y forma. Y en el caso de La boca seca, la materia podrían ser las acciones y los personajes pero también podría ser el cuerpo, la carne sometida a los rigores brutales de un sistema tecno-colonial acaecido en un pasado todavía presente: el de los cuerpos esclavizados. Los cuerpos, digamos, sometidos a una forma, los cuerpos fragmentados en la retícula de un lenguaje claro, cortante. ¿Es el lenguaje también una técnica? Puede ser, pero también esto otro: el lenguaje hecho carne atrapado en el orden sintáctico causal, en el orden narrativo de la novela. Y la liberación de ese orden, la liberación de los esclavos, la fuga de la lógica, la falla en el sistema novelesco. Al fin y al cabo, lo más interesante de La boca seca son las contorciones, las poderosas imágenes que el autor logra en esa fuga de la trama que deja en el lector no una comprensión, sino el presentimiento informe de una clave, el borde de un sentido siempre a punto de hacerse presente. Quizás el hambre.

Ficha técnica

Marcelo Carnero, La boca seca, Mar dulce, 2014, 170 págs.