La pureza de Jenny Erpenbeck

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A Alejandra Laurencich

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Alejandra Laurencich había escrito en su muro de facebook una referencia a La pureza de las palabras de Jenny Erpenbeck. “Tremenda” dijo, y más de 50 comentarios acompañaron su fascinación. Hasta entonces Erpenbeck era una escritora de la que jamás había escuchado o leído. Y realmente fue una revelación, no sólo por su buena prosa, si no porque esta alemana, nacida en Berlín Oriental en 1967, escribe una historia que transcurre en un país que bien podría ser Argentina en época de dictadura. No se nombra a Argentina, pero dudo que existan muchos creyentes de la Difunta Correa en otras partes del mundo.

La historia es contada desde la voz infantil. Una niña que mira todo, repite todo y quiere conocer todo. Mientras su niñera le habla de la Difunta Correa y la fe, la pequeña va descubriendo como cambia una ciudad en la que se está instaurando “el orden”. Es su padre, idealizado, adorado, el encargado de mantener ese orden, donde hay disparos, explosiones, las personas desaparecen y otros seres visitan la imaginación. Nuestra niña crece y con ella su carga familiar y ese amor por un padre torturador.

El personaje me atrapó por dos razones: la manera como transmite el afecto por su padre y su capacidad de observación. La autora no escatima en detalles para describir el imaginario infantil. Repeticiones, pensamientos y dudas; así va armando el personaje. Hay horror y hay belleza en La pureza de las palabras. La inquietud va creciendo con cada página. Es una novela que no tiene capítulos, es un todo, no se detiene, así como no se detiene la lectura.

“… uno escribe para exponer preguntas que a uno le interesan o que uno mismo no se puede contestar. Finalmente es el intento de compartir estas preguntas con el lector. El lector no las contesta pero a través de la escritura uno puede tratar estas cosas. Esto es lo bonito del asunto”, dijo Jenny Erpenbeck, quien proviene de una familia de escritores.

En 1999 consiguió su éxito literario con Historia de la niña vieja. Para investigar la historia, a sus 27 años se metió en la secundaria de un instituto berlinés sin que sus compañeros de clase supieran quién era. El libro se tradujo a 12 idiomas. En el 2008 publicó Heimsuchung sobre el pasado alemán y los constantes cambios sociales e históricos. Aller Tage Abend (La última palabra) fue nominada para el Premio Alemán del Libro 2012.

Con traducción de María Graciela Tellechea, la editorial Edhasa publicó en español La pureza de las palabras, “una novela deslumbrante, un magistral ejercicio de estilo”.

“Esto es lo bonito del asunto”, dijo Erpenbeck. Después de leer esta novela, me quedo con esa palabra: bonito.

En esta columna de libros y cocina, ¿qué puedo recomendar para tanta belleza? Si un plato se disfruta como un libro. Si el acto de leer se compara con el de cocinar, en el sentido de crear, imaginar, soltar, creer… debe ser entonces un plato sutil el que acompañe esta nota. ¿Una ensalada, una crème brûlée, un postre? No. Cada quien que saboree esta lectura con el sabor que mejor le plazca. Yo, esperaré una recomendación de Alejandra.

Buena lectura!