El cocinero, de Harry Kressing

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El amor entra por la cocina, decía mi abuela cada vez que pensaba en mi futuro ideal. Aún cuando dejé de creer en el matrimonio hace mucho tiempo ya, sigo confiando en esas palabras. El amor, la amistad, la confidencia, el compromiso, la alegría… entran por la cocina. Y El cocinero, la novela del estadounidense Harry Kressing, lo confirma. Todo puede conseguirse con un buen plato de comida, y me refiero a “todo”, hasta lo impensable.

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Conrad Venn es un personaje misterioso de casi dos metros de altura que llega al pueblo de Cobb. Es cocinero, y también un hombre capaz de persuadir a los más ricos y poderosos con sus ademanes culinarios y maneras –maquiavélicas y suspicaces- de resolver los problemas del pueblo. La historia de dos familias unidas y separadas por una herencia: el castillo Prominencia, se dará vuelta- de pies a cabeza- luego de la llegada de este enigmático chef.

Todo cambia en Cobb. Los gordos rebajan y los delgados engordan, los sanos enferman y los enfermos sanan… los amos serán los sirvientes y los sirvientes serán amos. Con astucia y delicada persuasión, Conrad Venn va demostrando poco a poco sus ambiciones, aunque se reserve sus verdaderas intenciones para el final.

Publicada por primera vez en 1968, The Cook  fue traducida por Laura Wittner y editada en español por La bestia equilátera. Amos y sirvientes, cacerías, grandes comilonas, intrigas, intercambio de productos e influencias, sabores y descubrimientos son los elementos que hacen de este libro de 254 páginas una historia magistral. Suspenso y sátira son sus dos grandes ingredientes.

No hay recetas en El cocinero, sin embargo rescato del texto esta preparación de cardenales rellenos para La noche del Cardenal, un día de cacería seguido por una abundante cena:

Cuando los pájaros son cazados inmediatamente se introducen en agua hirviendo, para luego desplumarlos. Se limpian y se sacan aparte los hígados y corazones que se mezclan con bayas para el relleno. “Los hombres nunca habían comido aves rellenas.” Posteriormente se envuelven en panceta  y se colocan en una fuente profunda con vino y caldo de carne para marinar. Al momento de comer, terminada la jornada de cacería, las fuentes van al horno para dorar.

Una imagen para deleitarse. A propósito de aves, cocina y magia, recordé esta escena de Cómo agua para chocolate

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Buena lectura!