Lo que dicen cuando callan, Alejandra Laurencich

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Si bien a simple vista no hay conexión entre ambos textos, Lo que dicen cuando callan tiene algo de “La canción desesperada” de Neruda, porque tras todos estos cuentos hay una voz que canta con desesperación; tras las palabras, se esconde un grito; tras la narración, un llanto; tras una voz medida, un aullido solitario y brutal.

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“De lo que no se puede hablar hay que callar”, propone Ludwig Wittgenstein en Tractatus Logico-Philosophicus. Lo que muestra la obra de arte lo hace por otra vía distinta de aquella del decir lógico, explicativo. Se podría pensar que la obra de arte calla, mientras expresa. En este sentido las mujeres de Laurencich dicen mientras callan. En realidad, más que decir, muestran y se nos muestran, no nos explican. Porque como afirma Ricardo Piglia en una entrevista, los relatos muestran lo que las teorías dicen; en un caso se argumenta con conceptos y en el otro, con narraciones.

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El libro deja ver que no hay un solo modelo de mujer: las mujeres que existen son infinitas y no hay una esencia que las defina. Algunas desafían el mundo a su alrededor; otras parecen aceptarlo. Pero en el fondo todas comparten un dolor, una angustia, la pérdida de la juventud, de la belleza, del ser amado. Los celos, las envidias, la constante competencia entre mujeres, las infidelidades, los deseos desmedidos, la obsesión por el cuerpo, el rol de la mujer ama de casa o de la mujer profesional, la búsqueda del amor y el erotismo, entre otros, son temas que podremos encontrar en estos textos.

La escritora pone en evidencia lo desprolijas que son las relaciones humanas: siempre algo se va de control, nunca nada sale como lo teníamos previsto y los finales de sus historias, muchas veces sorpresivos, son remates que nos impactan y nos dejan pensando. Una buena obra de arte a menudo nos perturba, no podemos decir si nos gusta o no inmediatamente, tenemos que dejar un tiempo para que actúe sobre nuestra conciencia y también sobre nuestro inconsciente. Al leer los relatos de esta antología, nos queda un sabor en la boca que se va asentando, una impronta que se hace más fuerte si tomamos un poco de distancia.

La teoría del iceberg de Hemingway se aplica a muchos de estos cuentos: el título Lo que dicen cuando callan remite precisamente a esta idea de que lo importante muchas veces está en lo que no vemos o no se dice. Aquello que pretendemos esconder pero que brota con la intensidad de un chorro de sangre. Da la sensación de que muchas mujeres protagonistas de los relatos quisieran callar más de lo que callan o callan pero sus acciones las delatan o sus pensamientos se disparan, imparables, hasta borrar toda marca de civilización, dejando al descubierto a mujeres salvajes, en carne viva, cuyos instintos las dominan a pesar de su voluntad.

Las mujeres de estas historias son sabias, no porque sepan cómo conducirse en la vida, sino porque han extraído sabiduría del dolor, como los personajes de una tragedia. Una tragedia que muestra la continua pugna entre racionalidad e instinto. Parecen comprender la complejidad, los claroscuros de la existencia humana, aún así luchan contra lo inevitable.

El deseo es un componente estructurante de muchos de los relatos: las mujeres de mediana edad deben competir por ser deseadas en un mundo donde siempre habrá una mujer con los pechos y la cola más firmes y con la piel más tersa, más elástica. Asumir que ya no se es más mujer para un hombre de veinte años es como estrellarse contra una pared.

Laurencich destruye con su pluma-martillo la imagen de la mujer Barbie que vemos en las publicidades, la que anda despreocupada porque usa tampones, la que deja su casa impecable sin trabajo con ayuda de un poderoso desengrasante, la mujer cuyo mayor problema es qué cocinará a la noche para sus hijos y su marido. Porque no hay hechos sino interpretaciones, podríamos pensar que solo hay interpretaciones de la mujer: la literatura con su poder fuertemente interpretativo brilla en estas páginas.

La presente edición de Alfaguara contiene los dos primeros libros de cuentos de la autora (Coronadas de gloria e Historias de mujeres oscuras) y suma uno nuevo, aquel que da título a este volumen. El paso del tiempo y su implacable huella es uno de los grandes temas de este nuevo libro. Un padre que cuidaba de su hija pequeña y que, como indica la ley de la vida, en su vejez debe ser cuidado por su hija ya adulta, aunque no resignada a aceptar la decrepitud y la enfermedad. El derrumbe de un cuerpo femenino, equiparable al derrumbe de una torre. Una mujer pendiente de la decadencia de su marido, pero ciega ante la propia. Una madre que ya no ocupa el lugar deseado en la vida de sus hijos. Todas estas heridas que el tiempo va dejando en nuestra piel son registradas de forma impecable por el ojo de Laurencich. Su humor destapa las más crudas realidades e indica que el arte puede ser quizás la única vía para superar el aspecto trágico de la existencia humana y para encontrarle un nombre a aquello que no puede ser nombrado por el lenguaje común.

“La memoria no era uno de sus fuertes en los últimos tiempos, más bien había declinado, como la altura de las tetas”, sentencia la autora en “Suerte o desgracia”. El humor alcanza momentos verdaderamente sublimes en varios de los textos como en “Un país que no es el tuyo”. La dificultad de luchar contra la tentación es desplazada de su dimensión religiosa hacia una más mundana: “Cómo luchar contra algo tan poderoso se habrá preguntado Eva frente a la manzana, Adán frente a Eva.[…] [ esa pregunta] Se la ha hecho ella por lo menos tres veces en ese último fin de semana frente a los sándwiches de miga”.

La voz de la maternidad también se hace oír en estos relatos: la madre de un recién nacido que proyecta su futuro, la de una hija adolescente, que teme hacer el ridículo ante la amiga de su hija, la de los hijos crecidos, aquellos que no escriben siquiera un mail. La madre que recibe la peor estocada de su hija cuando esta le dice que el cantante que tanto la fascina podría ser su hijo.

“Las obras de arte proporcionan un auténtico encuentro con uno mismo a aquellos que entran en su órbita”, leemos en La herencia de Europa, de Hans-Georg Gadamer. Por ello, quienes empaticen con los personajes que ha logrado dar a luz Laurencich podrán ver en estos retratos de mujeres una forma de autoconocimiento. Es en esta instancia de fusión de horizontes donde desaparece la diferencia entre lo propio y lo ajeno: el mundo propuesto por el artista y aquel que es captado por el receptor se funden. Cada mujer podrá ver cuál de los personajes de estas historias es su mejor espejo y así identificarse con la imagen reflejada o al menos mirar a estas mujeres a los ojos hasta conocer aquellos secretos diseminados en el mar del lenguaje que lectores atentos seguramente sabrán recoger y descifrar.

Ficha técnica

Laurencich, Alejandra, Lo que dicen cuando callan, Buenos Aires: Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2013, 288 págs.

Alejandra Laurencich (1963) es una destacada escritora argentina. Es autora de la novela Vete de mí y los libros de cuentos Coronadas de gloria e Historias de mujeres oscuras. Ha sido traducida a varios idiomas y ha recibido distinciones, como el Tercer Premio del Fondo Nacional de las Artes. Es fundadora y directora editorial de la revista La Balandra (otra narrativa). También es autora de El taller. Nociones sobre el oficio de escribir y coordina talleres de escritura.