Julio Verne tenía razón: Hay un océano en el interior de la Tierra

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Es increible como la imaginación puede ser tan poderosa. Nos permite aventurarnos por parajes tan remotos que hasta pueden ser parte de una realidad que todavía no existe. Eso le pasaba bastante seguido a Julio Verne. No fue el único al que le pasó, sin ir más lejos, Mary Shelley en Frankenstein anticipó los problemas filosóficos de la inteligencia artificial. Pero evidentemente Verne fue pródigo en ello.

En su novela “Viaje al centro de la Tierra” narra como los expedicionarios encuentran, debajo de la superficie, muy profundo, un mar interior. Un océano con criaturas prehistóricas y olas. Similar al de la superficie y que los protagonistas deben cruzar en una balsa. La realidad no es tan así, tan de novela, pero efectivamente, aunque cueste creerlo, hay un océano encerrado bajo la tierra.

Esta enorme cantidad de agua (sugieren que es tres veces el tamaño de todos los océanos) tiene un efecto en la regulación de los mares que encontramos en la superficie. A su vez puede ser una prueba más de que el agua se originó en la propia Tierra y no provino de cometas y meteoritos, como sugiere una teoría. Lo extraño es que el líquido elemento está atrapado en una piedras, muy bonitas por cierto, llamadas ringwooditas. Estos diamantes se encuentran a 700 kilómetros “tierra adentro” (esta vez literal), un lugar que es inaccesible para los seres humanos. Pensemos, por poner un ejemplo, que el tan mentado “fracking” apenas llega a los 3 kilómetros de profundidad.

Los argumentos que empiezan a inclinar la balanza en favor de estas hipótesis incluyen escupidas de volcanes y sismógrafos. La ciencia funciona por evidencias, no hay verdades científicas, sino aportes empíricos que sustentan las hipótesis. Mientras no aparezcan contrapruebas, la teoría se sostiene, podemos decir que se fortalece.

Los volcanes tienen conexión directa con la profundidad de la tierra y alcanzan subsuelos imposibles para el ser humano (al menos en las condiciones actuales). Uno de ellos, ubicado en Brasil, arrojó, entre muchas otras cosas calientes, una ringwoodita que contenía agua dentro. Esto fue una clara prueba del tipo de cosas que descansan en el interior de nuestro planeta. Hasta ahora la ringwoodita sólo había aparecido en meteoritos o había sido construída en laboratorios, de allí la importancia del descubrimiento.

Por otra parte, investigadores de la geología, estudiaron las ondas sísmicas de una región del planeta, específicamente en los Estados Unidos. Midieron más de 500 terremotos con 2000 sismógrafos y detectaron que las ondas cambiaban de velocidad al pasar por la “zona de transición”, que divide las regiones interna y externa del manto terrestre. Se postuló entonces que la lentificación de las ondas podía deberse al agua atrapada en los diamantes. La idea a futuro es observar las ondas sísmicas del resto del planeta y ver el alcance real del agua encerrada. A su vez, se hicieron estudios en el laboratorio (que implicaron la creación de los diamantes, lo cual suena a ¡alquimia!) y los resultados fueron positivos, es decir no contradijeron la hipótesis. Es factible que las ondas se lentifiquen al encontrarse con las hidroringwooditas.

Estos datos apoyan la teoría de la creación del agua como un fenómeno endógeno, ocurrido durante el proceso de formación de nuestro planeta. Al parecer el agua contenida en esos diamantes fue exprimida por las tremendas presiones a las que fueron sometidas esas rocas en esa profundidad. Y de esa forma llegó a la superficie. Al mismo tiempo estas rocas pueden absorver parte del agua y funcionar como una suerte de almacén y por lo tanto regular el vital elemento, aquí mismo en la “planta baja”. Se calcula que si esa agua contenida en las ringwooditas estuviera en superficie, sólo asomarían las narices las montañas más altas del mundo, el resto estaríamos todos sumergidos.

Seguramente Julio Verne no lo imaginó de esta manera. Pero claramente intuyó que podía haber enormes cantidades de agua enterradas bien profundo en nuestro planeta. En cualquier caso la literatura y la ciencia vuelven a imbricarse, a alimentarse mutuamente. Sin ir más lejos nadie puede dudar de la belleza que transmite la metáfora de los diamantes que sudan y que al hacerlo regulan el agua de los océanos y por lo tanto, de la vida en la tierra.

Fuente: New Scientist