Lucio V. Mansilla, una reivindicación literaria

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El nombre de Lucio V. Mansilla y de su libro más famoso “Una excursión a los indios ranqueles”, está asociado en mis recuerdos a misterios y tesoros. Cuando era niño, mi padre nos preparaba (con gran placer nuestro) una búsqueda del tesoro. Escondía pistas que señalaban un camino (un grafo en definitiva), donde al final había un premio, generalmente chocolates. Recuerdo un juego en particular, uno donde la pista estaba oculta dentro del libro de Mansilla. Doble tesoro, los chocolates y la promesa de un título raro, que resonaba en mi mente infantil.

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El texto y su autor quedaron latentes en la memoria. Ya pasados varios años, el hecho de estudiar antropología iluminó un aspecto nuevo de ese libro. En algún sentido “Una excursión a los indios ranqueles” es una de las primeras etnografías escritas en el país. Por tanto una lectura obligatoria para todos los antropólogos. Pero por h o por b, como se dice, no pude leerlo hasta unos cuantos años después. En algún momento me agarró una suerte de desesperación por encontrar el libro (esa abstinencia de lecturas) y en la biblioteca de mi mamá, donde se había hecho aquella búsqueda del tesoro, ya no lo encontré. Como un adicto salí entonces a comprarlo y gracias a la maravillosa Calle Corrientes (un lugar mágico para quien gusta de la lectura, ya que uno encuentra de todo), apareció una edición bastante nueva, de esta misma centuria. Claro que a la semana de estar leyéndolo, volví a encontrar el original en aquel anaquel mágico.

El libro es maravilloso. Es una auténtica road movie del siglo XIX. El formato es de cartas a un amigo, Santiago Arcos, con quien compartió viajes y experiencias por todo el mundo. Ese formato le permite introducir comentarios en confianza con su amigo, así como comparaciones con lugares que ambos conocieron. Pero lo que realmente llama la atención es la mirada sobre los pueblos originarios. Si bien él estuvo educado bajo el amparo del siglo XIX europeo, tal vez su condición interna (sobrino de Rosas en un mundo unitario) fue la que le permitió pispear en la otredad. Sus expresiones se encuentran muy alejadas del racismo imperante en la generación del ’80, a la que él mismo pertenecía. El texto nos revela la diversidad cultural tanto de la frontera como de “tierra adentro”. Y en un preludio del relativismo que dominaría al siglo XX (al menos dentro de la antropología), describe la complejidad de la sociedad ranquel y en la comparación con la sociedad porteña, no duda en criticar las costumbres urbanas.

Al tiempo de haber disfrutado de “Una excursión…”, me topé con otro libro de Mansilla. Era una compilación, denominada “Entre nos. Casueries de los jueves”. En ella Lucio Victorio recuerda anécdotas del tiempo y experiencias de viaje. No deja de ser un libro antropológico, aunque los pueblos indígenas no sean los protagonistas. Aquí despliega un arte narrativo claramente modernista. Lo leo en el futuro a Macedonio profetizado en esos trazos. Apelaciones constantes al lector, relatos con intriga y sin final, digresiones lúcidas que adquieren tanta importancia como el tema mismo, un sentido profundo y trascendente del absurdo, esas son algunas de las herramientas estilísticas que el autor utiliza y que lo alejan del siglo XIX y lo llevan directo y sin escalas al siglo XX.

La literatura del siglo XIX, al igual que la historia (como actividad académica) de ese siglo, está teñida de política. Sarmiento, Marmol y Echeverría ocupan el sitial principal. Tuvieron que admitirlo a Hernández, pese a su militancia federal, debido al tamaño simbólico del “Martín Fierro” (es imposible esconderlo bajo la alfombra institucional). La literaura de Mansilla muestra a sus colegas contemporáneos bajo la pátina de un, ya en aquellos tiempos, anacrónico y permido romanticismo. Pero no se trata de negar las virtudes literarias de los mencionados, sino de ponderarlos en relación con nuestro Héroe. La condena, en literatura, se disfraza de categoría. No se es un escritor completo, sino uno atado a un género. Allí radica la sentencia. Lucio V. Mansilla es encasillado como un cronista de su tiempo, una especie de notero del siglo XIX. Pero quien lo lea descubre inmediatamente la frescura de su estilo.

Es claro que siguió, al pie de la letra y con un notable entusiasmo, la máxima que celebrara Rimbaud y que diera comienzo 30 años antes, al siglo XX: “Hay que ser absolutamente modernos”.