#29MDQFEST: Come to my voice

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Come to my voice, título poético si los hay para una película de cine, que puede ser pensado como un dispositivo visual para contar historias que en este caso hablan del acto de contar historias. Cine que habla del poder de las palabras, y palabras que despiertan pura imagen, en un juego de diálogos que tanto tendrían que ver, quizás, con una tradición humanista en la que estamos inmersxs.

Come to my voice es una película sobre la oralidad, sobre la necesidad de recuperar las palabras.

Organizada en una serie de relatos enmarcados que narran una historia simple pero trágica (la peripecia de una madre y abuela para rescatar a su hijo de una injusta prisión), su vocación poética es sencilla y se apoya en todos los elementos que puede tener una producción de cine: imágenes sí, voces, sonidos, músicas.

Dirigida por Huseyin Karabey (Estambul, 1970), compite por la sección Internacional del festival de cine de Mar del Plata.

Los tres bardos ciegos, arquetipos del contador de historias comunitario y antecedente de la literatura en occidente (Homero), encabezados por el anciano Dengbej ponen en valor esas otras voces posibles, las de las comunidades minoritarias (en ese caso kurdas), oprimidas y situadas, literaturas menores del pueblo mayoritario, frente al otro invasor que detenta la triple violencia: la corrupción, el poder militar, la imposición de un lenguaje y de una cultura. Ese legado del bardo, que es el de la memoria, el de la ceniza, es recogido por la joven niña que co-protagoniza la película, reforzando la idea (con el último plano moraleja de la fábula que atraviesa todo el relato) que la palabra debe ser el arma que las disuelva a todas, que llega siempre a través del pasado y es parte de su herencia, pero a su vez, como diría el poeta, sigue estando arma cargada de futuro. 

Paisajes naturales en planos largos y de contundente potencia fotográfica, planos cortos de rostros expresivos y arrojados a la soledad de la locura ajena, sus imágenes permiten recorrer un mundo de acuerdos rotos, donde la cohesión comunitaria es clave, en un cine que sigue sumando y ajustando las tuercas de ese giro político que da todo el arte en los últimos años, pero portando a su vez marcas poéticas, opacas y expresivas, que hacen de esta película un buen producto para pensar en todas nuestras historias.