Sección de vientos

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Nova recurrente

 

“Tengo un dios en la mano,

¡Es tan chiquito!

 

Parece caspa atada a un hilo.

y es patético cómo me pide, cómo me exige.

 

En la constelación de Ofiuco

(El Portador de la Serpiente)

hay dos estrellas:

una enana blanca,

se dice así,

es una estrella que ya no tiene combustible nuclear,

(está muerta digamos)

y una gigante roja,

otro tipo de estrella.

La enana blanca, la muerta

le va sacando hidrógeno a la gigante roja,

y cada veinte años 

se acumula suficiente 

para causar una explosión termonuclear.

 

Pero cada vez que le digo que no

y cada vez que me río

es tiempo que pasa.

 

El dios se alimenta de mis noes, de mis jaes,

y la explosión,

que debe ser dolorosa,

tiene un encanto que, no sé por qué, trato de negar.

 

El nuevo libro de Mikel Aboitiz es poesía con mucho para contar.

Su obra se lee de un tirón. Invita a seguir leyendo hasta el último verso, a querer saber qué más va a decir.

Mikel Aboitiz nació en California en 1987, hijo de madre filipina y padre uruguayo, fué al colegio en Buenos Aires, adonde regresó luego de haber estudiado Letras en Barcelona.

Nada más parecido a un ciudadano del mundo y nada más alejado de un híbrido. Sección de Vientos es cien por ciento poesía en tiempo presente. Leer para creer.

“El libro intenta explorar las distintas posibilidades de relacionarse con el mundo en clave estética” -nos cuenta Mikel-  “específicamente en una época como ésta, donde se toman por sentado ciertos preceptos que me parecen muy profundos o abrumadores. Por un lado comprendemos que el sujeto no es una figura estable, idéntico a sí mismo, sino una fuerza en constante cambio, donde confluyen todo tipo de discursos e interpretaciones previas. Todo lo que conocemos es una cadena de interpretaciones, sin realidades dadas, previas a los distintos lenguajes que manejamos, que son a su vez nuevos eslabones en la cadena interpretativa. Cada vez queda menos espacio para una idea cerrada de sujeto, o de mensaje, o de fenómeno, pero lo individual a la vez cobra más importancia en el sentido de que todos los procesos existen en función de algún tipo de observador o agente. El lenguaje científico interpreta el universo de modos muy inquietantes que yo vulgarizo en el libro porque no los entiendo completamente, al no conocer los lenguajes sobre los que se basan (en muchos casos, matemáticos). Pero me tomé esa libertad justamente porque la idea es valorar los distintos lenguajes relevantes desde su uso cotidiano y discursivo, y específicamente desde su uso estético. ¿De qué me sirve que alguien intente explicarme la entropía, o la mecánica cuántica? De mucho, lo poco que sé de la entropía me cambió la vida, pero no es entropía en el sentido científico lo que conozco, sino su introducción en la vida cotidiana y la imaginación. Algo parecido me pasa con el budismo zen. Por distintas vías me encuentro con la imposibilidad de tomar el universo por sentado. Es un proceso que me involucra, que existe gracias a mi interpretación, y que a la vez me excluye irremediablemente. El universo está, pero sólo es accesible a partir del fenómeno individual, es una red de fenómenos que dicen el universo, y cada fenómeno contiene entonces al universo. Obvio que no pretendo hacer filosofía, dicho así parece muy vulgar, pero uno escribe poesía porque siente un asombro abrumador por emociones de este tipo, me parece. Macedonio Fernández dice “¿qué hay más definitivo que un presente bien llenado? Una recepción plena es lo que quiere el Presente para hacerse Eternidad.”