Desencajados, Darío Sztajnszrajber y Lucrecia Pinto

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Un espectáculo nietzscheano y andrógino muestra cómo el arte y la filosofía pueden cantar juntos. El filósofo y conductor del programa Mentira la verdad fusiona sus ideas con la música. “Necesitamos otra metáfora de Dios para nuestros tiempos ?clama? un Dios que en vez de cerrar al mundo, lo abra”.

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Si pensamos en la historia del pensamiento y en la relación entre arte y filosofía, podemos observar que hasta Nietzsche, el arte quedaba subordinado a la filosofía. Desde Platón, que sugería que los poetas fueran supervisados por los filósofos hasta Hegel, quien esgrimía que, de las formas de expresión de la verdad, lo divino y lo absoluto, la filosofía es la superior (por sobre el arte y la religión). Nietzsche rompe con este esquema y crea la figura del filósofo artista. Heidegger, por su parte, sostiene que el arte es el lugar de manifestación por excelencia de la verdad ?una verdad redefinida como aquello que revela y oculta a la vez? y que el lenguaje es la casa del ser (refiriéndose al lenguaje del arte). Es en este contexto que podemos pensar la obra Desencajados, como el casamiento entre filosofía y arte, una feliz conjunción que alimenta el intelecto y el espíritu. Es el arte, ahora, el que traza el camino para la filosofía.

Según Gadamer, la experiencia artística supone un juego, una fiesta y un símbolo. La concepción simbólica del arte alude a la etimología de símbolo (symbolon), aquella tablilla de recuerdo, que se partía y de la cual tanto el anfitrión como el huésped conservaban cada cual su mitad para que el descendiente del huésped pudiera ser reconocido por el anfitrión. Esto también se vincula con el mito del andrógino narrado por Aristófanes en el Banquete de Platón. Este relato cuenta que éramos originalmente seres esféricos y que debido a nuestra soberbia Zeus nos partió en dos. Tanto la experiencia del amor como la experiencia del arte son instancias en las que las dos mitades se reúnen. Nos reconocemos en el otro y nos completamos, ya sea en el ser amado o en una obra de arte con la cual sentimos afinidad. Dice Gadamer en La actualidad de lo bello: “El símbolo, la experiencia de lo simbólico, quiere decir que este individual, este particular, se representa como un fragmento de Ser que promete complementar en un todo íntegro al que se corresponda con él; o, también, quiere decir que existe el otro fragmento, siempre buscado, que complementará en un todo nuestro propio fragmento vital”.

Esta idea sobrevuela Desencajados y se hace más evidente cuando Lucrecia Pinto interpreta la canción “Faltando un pedazo” (Djavan) y Darío la recita: “El corazón de quien ama vive faltando un pedazo”. Podríamos concebir esta obra como un ser andrógino: con su mitad de arte (Lucrecia) y su mitad de filosofía (Darío). Al mismo tiempo, nosotros como público, si la obra nos ha conmovido de algún modo, también pasamos a formar parte de ella, a conformarla, porque nos volvemos partícipes, intérpretes, cojugadores. La noción de juego gadameriana se torna también fundamental al escuchar las palabras de Darío cuando destaca el hacer algo porque sí y nos insta a desprendernos del valor utilitario de las cosas, hacer algo que no tenga un fin mercantil. “¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo porque sí no porque te convenía o lo necesitabas…sino porque sí?”, nos pregunta.

El otro es indispensable en Desencajados y aquí se podría volver a pensar en el mito del andrógino, en el reconocimiento de nuestra otra mitad pero también en lo extraño que al ser distinto de nosotros nos enriquece. Cuenta Darío la historia del filósofo francés Jean-Luc Nancy cuyo corazón propio lo estaba matando mientras que fue un corazón extraño el que le salvó la vida. “La madre embarazada no hace más que querer expulsar esa presencia extraña que la desestructura y la desencaja y es de esos ataques expulsivos que la vida nueva se nutre e irrumpe el otro…La otredad es esa vastedad imposible que se nos abre para que en la perplejidad sigamos preguntando”, propone Darío. Él nos invita a desprendernos, despojarnos, salirnos de nosotros mismos, extrañarnos, anonadarnos, perdernos. Eso es lo que hacemos frente a una obra de arte, donde podemos perdernos en la creación de un otro que nos revela mundos.

“Si no canto lo que siento, me voy a morir por dentro… Ya lo estoy queriendo, ya me estoy volviendo canción”, nos canta Lucrecia desde “¿Barro tal vez?” de Luis A. Spinetta. Así como el canto aparece como única posibilidad para evitar la muerte, el arte aparece como fuerza redentora y afirmadora de la vida en la filosofía de Nietzsche. “El arte es la única fuerza superior contraria a toda voluntad de negar la vida…El arte como redención del hombre del conocimiento… el arte tiene más valor que la verdad”, asesta el revolucionario pensador en La voluntad de dominio. El arte es justamente aquel que nos salva de perecer en manos de la verdad (los absolutos). Y eso es lo que hace esta obra, o nos regala una nueva verdad ya no absoluta sino creadora de sentidos, de la mano del arte.

La bellísima y cálida voz de Lucrecia Pinto y las inquisidoras, desafiantes palabras de Darío Sztajnszrajber (llenas de inteligencia, matizadas con humor) son la combinación perfecta para que salgamos del teatro sintiendo que nos hemos llevado algo valioso, algo que durará.

Darío insiste en que prefiere habitar el entre: entre el afuera y el adentro, entre el yo y el otro, Nietzsche se queda con el entre. El entre también podría pensarse como ese lugar donde se juntan lo apolíneo y lo dionisíaco. El orden, la racionalidad de los conceptos filosóficos y el caos, la desmesura, lo instintivo que se juega en la música. El punto de encuentro entre ambos mundos es lo que permite engendrar una obra como Desencajados. Es esa juntura, también la del amor, la del encuentro con el arte, la que nos hace salir de nuestro aislamiento, la que nos salva. Y es así que este filósofo que no encaja nos insta a “huir del peor de los encierros, huir de nosotros mismos”.

Próxima función: 5 de diciembre 21 h. Teatro ND Ateneo