Gente de bien, en el #29MDQFEST

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Integrando la sección en Competencia Latinoamericana, la ópera prima de Franco Lolli (Bogotá, 1983) tiene en su haber haber obtenido reconocimiento en la Semana de la Crítica de Cannes 2014.

Desde una historia muy pequeña, y con todos los tips del novelón tradicional, la anécdota se centra en un pequeño lapso de la vida de un niño de 10 años, Eric (interpretado por el joven Brayan Santamarià), quien se ve obligado a vivir con su padre (Carlos Fernando Perez) en condiciones precarias en la ciudad de Bogotá. En una situación en la que no hay demasiado viso de soluciones, termina los días previos a la Navidad con una cabeza de familia y sus hijos, docente universitaria de clase media alta para la que su papá trabaja haciendo changas de reparación de muebles.

Hay cierta literatura de clases que le da a esta historia vueltas de tuerca interesantes. Por un lado, la clase alta que dibuja Gente de bien no es la típica clase alta telenovelada y parasitaria terrateniente o petrolera, si no cierto sector medio que expresa una mirada inclusiva hacia la pobreza, de piedades y culpas, sin dudas, porque es de fuerte marca religiosa además. Por el otro, la clase baja tampoco es la que suele retratar cierto cine latinoameriacano de tinte social. Por algunos rasgos que la película plantea (ausencia de marcas de grupos originarios, una cultura de suburbio que omite el universo a lo “ciudad de Dios”, conversaciones que refieren a cierta bohemia), el padre de Eric es más bien un desplazado de su propia clase media que parece pelear un espacio sin demasiado entusiasmo.

Y lo interesante de la película quizás sea esto, justamente, que permite hipotetizar el surgimiento de miradas distintas intraclase social. El texto escrito para la sinopsis del film en el catálogo la ubica en una tradición cercana a Ladrones de bicicletas. Esto puede ser así, claro y es casi una obviedad, sobretodo por la construccion del dúo de personajes masculinos y la constante  del conflicto como armadora del relato.

Pero en la película hay algo más que la cuestión del conflicto y es cierto  juego de superficie que confronta el contexto, disolviendo el marco geográfico e histórico en un presente que se da por sabido y apenas se refiere. La ciudad de Bogotá está bastante bien escondida en este relato como para ser cualquier ciudad latinoamericana con sus puntos cardinales ricos, sus barrio nuevos cubriendo las laderas de las montañas, sus centros comerciales “no lugares” idénticos y su fincas de serie de televisión.

Y esta cuestión la vuelve también más íntima, más cotidiana y afectiva. El final de la película habla mucho de eso y reescribe la tradición del melodrama del contratiempo y el obstáculo como un lugar de pérdidas y angustias, pero sin posibilidad de moraleja, de juicio ni de catarsis.

Más del novísimo cine latinoamericano (la película es de 2014) que nos toca mirar, que seguiremos recomendando en esta 29 edición del Festival de Mar del Plata.