Sandro y la cámara, un amor correspondido 

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En el Festival Internacional de Mar del Plata, que comienza mañana sábado, uno de los focos de revisión homenajea al máximo ídolo de la canción popular en Argentina. Esto escribió Raul Manrupe para el catalogo del Festival:

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“Las películas con cantor son más viejas que el cine sonoro: Enrico Caruso, Ignacio Corsini y Carlos Gardel aparecieron en films mudos antes de que el cine hablara y cantara.

Llevar una figura de la canción a la pantalla funcionó siempre como atractivo de boletería; entre todas ellas, Sandro tuvo la ventaja de ser el único con total conciencia del impacto físico que sabía causar. Alberto Castillo podía fanfarronear y poner cara de afligido, Lolita Torres oscilar entre la seriedad y la picardía, Donald cantar en una playa junto al mar. Eran ellos cantores de éxito intentando actuar, rodeados por actores de reparto veteranos. Sandro fue un intérprete cantante/actor cabal de sí mismo, con total control de su máscara y traje. Esto, asumido con cierta timidez en sus primeras películas, explotó en los años setenta, los de su éxito masivo. Teleonce mostraba a Tom Jones en el Luna Park secándose el sudor con pañuelos que le tiraban las chicas.

Sandro se abría la camisa varios botones más. Elvis engordaba, olvidándose de “The Pelvis”. Sandro se ponía pantalones de botamangas anchas superajustados. Y además hacía esquí acuático o kung fu, sin dobles. Y bailaba. El objetivo siempre fue seducir. Se valió de la cámara, desde los planos generales hasta los extreme close-ups desde los que provocó con plena conciencia de su atractivo, potenciado por la pantalla del cine, en la que un beso o una sonrisa miden metros. Del rol de Muchacho pobre que conquista a chica rica, pasó –tal vez por inquietud propia– a personajes antipáticos como en Siempre te amaré, exóticos en Embrujo de amor, o playboys de vuelta en El deseo de vivir. Después, con la madurez, la autorreferencia y parodia en la divertida Operación Rosa Rosa (que escribió) y la final Subí que te llevo, donde se burla de su “maniquí” en un doble papel. Cada aniversario de la muerte de Gardel, los cines de barrio pasaban sus films, rito que se extendió hasta fines de los años ochenta. Durante esas proyecciones y a pedido del “honorable”, luego de cada tango emblemático se rebobinaba el rollo para hacer un replay, y a veces más de uno. No nos consta que en las proyecciones de las películas de Sandro se haya hecho lo mismo. Pero tiene la misma esencia ver en pantalla grande, otra vez, “una de Sandro”. Una experiencia multisensorial en la que el ídolo y su magnetismo saldrán del fuero privado del video hogareño para brindarse a su público, interactuando. Un diálogo que pocos han podido mantener a través de tanto tiempo. 

Películas que integran este homenaje

Destino de un capricho (1972) Leo Fleider

El deseo de vivir (1973) Julio Saraceni

Embrujo de amor (1971) Leo Fleider

Muchacho (1970) Leo Fleider

Operación Rosa Rosa (1974) Leo Fleider

Siempre te amaré (1971) Leo Fleider

Subí que te llevo (1980) Rubén W. Cavallotti