El muerto y ser feliz

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No hay manera de escapar del audaz ejercicio narrativo del español Javier Rebollo en El muerto y ser feliz, coproducción franco-española-argentina, que se estrena hoy en Buenos Aires. La audacia de la voz que narra no tiene que ver sólo con el recurso en sí, sino más bien con ese gesto que hace que toda la historia se sostenga desde la omnisciencia de una voz literaria, nunca dubitativa, descriptiva, anticipatoria que la imagen muestra de modo penetrante y sostenida.

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Esa voz femenina (pocas veces interrumpida por otra masculina) en over pone en presente aquello que la imagen ya está diciendo, o dirá o dijo.

El juego entre el corte del sonido y esa voz en ocasiones hace acordar a Y tu mamá también, no tanto tampoco por el recurso sino por ser un verdadero ejercicio sobre la idea de transposicion cultural, entre lo español y lo mexicano. Acá también parece haber una lectura sobre algo que es extraño, lejano, distanciado: un territorio interior que debe ser recorrido como esos mapas  “donde no figuran los caminos y donde los que figuran no están”. Ciudades, pueblos, gentes, costumbres malas y buenas: desde Rosario, Cordoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta. Un ojo extranjero que mira un país extraño al que se le conocen las mañas, los deseos, los caprichos. Santos hablando en “argentino” para coimear a un policía con una virgencita y un casette de Jorge Corona, “exitoso cómico porteño”.

Entre Buenos Aires y la selva salteña hay 2000 kilometros, más- menos. Cuantitativamente el camino que va a a recorrer Santos, un matón venido a menos, enfermo de tres tumores con los que carga, que va listando mentalmente (otra voz en over pero interna) una serie de nombres y apellidos buscando el primero que él asesinó. Como aparece en la entrevista, un listado probable resultado del trabajo en los servicios de Argentina. Como toda road movie, viaje del héroe, en el camino pasarán cosas, entre ellas una mujer, Erika que sube a su auto intempestivamente y que no se bajará más. Homenaje a Lucrecia Martel a través de esa familia de clase alta venida a menos que saldrá a matar unos perros por ser una mala cruza. La muerte, el dolor, la droga que calma el dolor, otra vez la muerte. La fotografía elige para eso tonalidades oxidadas, apocalípticas

Dedicada a la Cinemateca Uruguaya, capricho de cineasta, la película de Rebollo está cruzada por la presencia del hombre que hizo el ultimo encargo a Santos: el actor Jorge Jellinek (La vida útil) y que lo va a perseguir alucinatoriamente.

Buen titulo que resume lo que es El muerto y ser feliz: una película feliz sobre un hombre que busca morir felizmente en una tierra que le es extraña, pero propia, como la muerte.