Boyhood

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Experiencia única donde el paso del tiempo se convierte en el gran protagonista

La oferta de cine norteamericano en la actualidad se concentra mayoritariamente en productos poco diferenciados, muy a menudo secuelas con predominio de ciertos géneros tales como la animación, el terror y la comedia a menudo escatológica.

Por suerte cada tanto irrumpe un cine diferente como el de Woody Allen y su más reciente “Magia a la luz de la luna” o la que ahora nos ocupa, de difícil de clasificación si de género se trata.

Boyhood – Momentos de una vida” es el octavo largometraje de Richard Linklater, sobre un total de diecisiete, que se estrena localmente.  En sólo uno de los ocho films aquí estrenados (“Escuela de Rock”) no actúa Ethan Hawke, el actor fetiche del realizador, quien junto a Julie Delpy protagonizó la famosa trilogía de “Antes del amanecer”, “Antes del atardecer” y “Antes de la medianoche”.

El tiempo parece una idea fija del director, nacido en Houston en 1960, puesto que los tres “Antes…” fueron filmados con notable precisión cada nueve años (1995, 2004 y 2013) quien afirmó, junto a Hawke, durante el último Festival de Berlín que no descarta volver a hacerlo en 2022.

Pero en “Boyhood” esta obsesión temporal adquiere aún mayor relevancia al punto que durante trece años los actores fueron filmados por la cámara con cierta periodicidad (tres o cuatro días por año).  Se trató de un proyecto con alto riesgo ya que dos de los protagónicos fueron asignados a niños, de apenas cinco años al inicio, con cualidades actorales inciertas.

En el caso de Mason, Ellar Coltrane tal el nombre del actor, la elección se reveló totalmente acertada pero lo singular es que su personaje no necesitó de varios actores como es lo habitual en cine. La selección de Lorelei Linklater, en el rol de su hermana, es más fácil de comprender al ser la hija del realizador con lo que éste se aseguró un contacto continuo con la joven actriz.

Como padre de ambos la asignación a Ethan Hawke era “cantada” y en verdad su interpretación es sólida. Pero en el caso de la madre podría haberse imaginado que la opción recaería en Julie Delpy. No fue así y quien ocupa ese lugar es Patricia Arquette (“Escape salvaje”, “Carretera perdida”) poco vista en los últimos años y a quien Linklater rescata de cierto olvido y hace imaginar su nominación al Oscar y hasta alguna chance de ganarlo.

A ese impecable cuarteto de actores se agrega un libro cinematográfico lleno de aciertos y una trama que pese a sus casi tres horas de duración no decae en casi ningún momento.

A lo largo de doce años van desfilando eventos y personajes de la vida norteamericana (Bush, Irak, Obama, etc) así como cambios en la sociedad y la tecnología, las telecomunicaciones por ejemplo. No todo es brillante y de alguna manera se percibe que la mayor limitación con la que se enfrentó el director fue la imposibilidad de corregir y volver a filmar escenas de años anteriores.

El mayor peso protagónico, luego del central de  Mason, recayó en el personaje de la madre (Arquette). La elección equivocada de sus parejas es una constante que hacia el final reivindica parcialmente la figura del padre (Hawke) de sus hijos.

La historia concluye en un momento en que la niñez (boyhood) ha quedado atrás. Y hasta podría sospecharse, con los antecedentes de la trilogía, que Linklater continúa filmando a sus actores para algún día sorprendernos con un nuevo film (“Adulthood”?).

Mucho se ha citado a la serie de films de Truffaut siguiendo al personaje de Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud). La referencia es válida pero la gran diferencia es que aquí los espacios temporales en las filmaciones son más homogéneos y periódicos. En definitiva “Boyhood” es una experiencia única que mereció el premio al mejor director en la última Berlinale y que bien debió haberse llevado el Oso de Oro a la mejor película. Quizás se tome un desquite a la hora de los Oscars.