Sudado

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El teatro no es (sólo) literatura, es mucho más que eso, es otra cosa (quizás). Parece una verdad de Perogrullo pero muchas veces hay que recordarlo, cuando se hace demasiado hincapié en lo que se dice más que en cómo se dice o se calla o cuando se acusa injustificadamente a tal o cual propuesta de padecer de alguna deficiencia argumental.  A todos nos gustan las buenas historias, está claro. Pero el teatro debe ir más allá (o más acá) porque primero está el cuerpo.

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No creo que sea casualidad. El título de la obra (que transcurre su cuarta temporada) remite a una comida peruana pero también a una manifestación corporal: cuerpos de obreros en plena actividad (la remodelación de un restaurant peruano) entran en relación (tensa, distante, desconfiada) con otro cuerpo, el  del hijo del patrón que llega a reemplazar a su padre recientemente fallecido.

Ese primer indicio (el del título) nos ubica, en tanto espectadores, en el aquí y ahora de la función, en la percepción inmediata del acontecimiento, algo que es netamente teatral. Estamos ahí, con los sentidos agudizados. La escena se nos revela de a poco, al comienzo son sólo voces, después (o casi simultáneamente) se suman los ruidos de herramientas y el polvo que resulta de su manipulación, y más tarde aparecen, al fin, los rostros de los dos albañiles por un pequeño rectángulo que logran hacer en una movediza pared de durlock.

A partir de ese momento, todo lo que suceda (o deje de suceder) tendrá que ver con esa dilación, con el suspenso, con deseos que no se manifiestan del todo y con no dichos que acechan. La tensión (se siente, no puede dejar de sentirse) será constante y en ella se moverán los tres actores que transitan una aparente situación cotidiana, modificada por una pérdida.

La ausencia del padre/patrón es en realidad una (omni)presencia que mediará los intercambios, los roces y los intentos de conciliación. Esta función conciliadora la cumple también Lalo (obrero, inmigrante peruano), que con humor, frescura y la cultura de su pueblo, apaciguará los conflictos que no terminan de pronunciarse. Lo que si se pronuncia, lo que se dice en cada diálogo tiene que ver con un lenguaje claro, de una transparencia que engaña y contradice la potencia casi pendenciera de las miradas, los puños cerrados y los movimientos desquiciados de los cuerpos.

Se parte de una anécdota mínima pero en sus sesenta minutos de duración, Sudado atraviesa temas más o menos universales como las relaciones laborales, la inmigración, los deseos profundos, la figura paterna, la envidia capital, el terror por la muerte. Entre palabras y silencios, entre luz y oscuridad, cada tema se va desplegando casi de improviso, tanto que puede pasar  desapercibido. Todo y nada sucede allí, como un recorte vivo y brutal de la cotidianidad.

A pesar de todo, tenemos la sensación de que nadie puede contar verdaderamente el argumento de Sudado. Todo lo que se diga caerá en saco roto porque algo esencial se perderá para siempre después de cada función. Por eso, lo único que usted podrá hacer al respecto es acercarse hasta Timbre4 para presenciar ese instante fugaz de preciosa teatralidad.

 

Ficha técnica:

Actores: Facundo Aquinos, Julián Cabrera, Facundo Livio Mejías Vestuario: Paola Delgado Diseño de luces: Adrián Grimozzi, Eduardo Pérez Winter Escenografía: Estefanía Bonessa y Paul Romero Diseño gráfico: Isa Crosta y Sonia Basch Productor asociado: Fabio Petrucci Producción: Paloma Lipovetzky Asistencia artística: Paul Romero Asistencia de dirección: Claudio Bonelli Autoría: Facundo Aquinos, Julián Cabrera, Belén Charpentier, Jorge Eiro, Facundo Livio Mejías y Paul Romero Asesoramiento Dramatúrgico: Ignacio Bartolone Dirección: Jorge Eiro Funciones: Sábados a las 21 y 23 hs. Teatro Timbre4, México 3554, CABA.